22 may. 2013

Ella.

Ella reía estrepitosamente, enseñando los dientes, sin temor a abrir la boca pues sabía que su sonrisa era preciosa. Cuando las carcajadas, agudas y acuosas, salían de su garganta, su rostro se iluminaba, sus ojos se achinaban al subir sus mejillas, y sus pecas parecían destacar más de lo normal.

Ahora ella no ríe. Ahora se limita a sonreír de medio lado, a posar. Sus ojos, antes tan llenos de vida, ahora parecen estar inundados por una madurez demasiado acelerada. Sus pecas son cubiertas con maquillaje, como si se avergonzara de ellas. Sus labios pintados y repasados en sus bordes la hacen parecer mayor de lo que es. Sus cejas depiladas como si siempre estuviera enfadada aumentan también la edad de su apariencia. Su gesto se ha tornado serio.
Se ve en todo esto una falta de cariño real, una perdición en sí misma que provoca que camine a ciegas por el sendero de la vida, un refugio en elementos naturales que la hacen evadirse.

Pero ella no era sólo bella por fuera. Su interior solía ser resplandeciente, tanto que deslumbraba. Incluso a mí, acostumbrada a tantísima luz, conseguía deslumbrarme. Y la envidiaba por esto. Envidiaba sus habilidades, su manera de dibujar, su inteligencia, su seguridad... ella era capaz de hacerlo todo. Nada se escapaba a su intelecto y la capacidad de sus manos, la capacidad de hacerlo todo bien.

Ahora ella, además de haber perdido parte de su belleza exterior, ha perdido mucha interior. Su inteligencia parece haber mermado con el paso del tiempo, con la mala vida; y todas sus habilidades, al no ser trabajadas, han quedado estancadas.

Ahora la yo, la envidiosa, he conseguido el que era mi propósito: superarla en notas, en dibujo, en inteligencia. De aquella envidia que provocó tanta competitividad en mí surgió alguien mejor en todos los aspectos, pero ella se hundió mientras yo avanzaba. Ahora ya no queda envidia en mí, sino pena, y rabia hacia lo que sucedió, hacia lo que no supe hacer, hacia lo que ella se fue haciendo a sí misma.

Éramos niñas por aquél entonces. Nos creíamos tan mayores y no lo éramos. Creíamos que podíamos solucionar los más grandes problemas y no podíamos. Por eso no supe actuar bien. Por eso rechacé sus cambios rotundamente, por eso dejé de verla en los recreos, dejé de quedar con ella, dejé de saber de ella.

Pero aquello no evitó que viera su evolución. Al fin y al cabo ella había sido mi mejor amiga varios años. Al fin y al cabo éramos del mismo curso, aunque distinta clase. Fui viendo cómo crecía y cambiaba cada vez a peor, cómo se echaba a perder.

Lo último que supe de ella antes de que se cambiara de centro escolar es que desfalleció en la mesa de clase. Se desmayó porque había llegado ebria al colegio, a las ocho de la mañana.

Ahora la observo en fotografías de redes sociales, y me pregunto si estará mejor que antes. Me pregunto si habrá repetido algún curso, si se habrá graduado, si se da cuenta de lo que ha hecho, si es feliz, si se acuerda de mí como yo me acuerdo de ella, si le gustaría volver atrás y elegir un rumbo distinto.

Me pregunto si volverá a dibujar, quizás, algún día.



4 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Muchas gracias :3 Tanto por decir que es bonito como por haberlo leído y comentado.
      ¡Un beso!

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  2. Guau, qué preciosamente triste *-*
    -Pao

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    1. Sí, es triste cuando cosas así pasan. Muy triste.
      Pero a partir de cosas tristes se pueden hacer cosas muy bellas.
      Muchas gracias por tu comentario, Pao, y por leer.
      ¡Un besote!

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