5 jun. 2018

Radiografía


No os equivoquéis conmigo: soy más feliz de lo que aparento cuando hablo sin tapujos de mi depresión, y me hundo entre las horas vacías aunque haga reír con cada broma sobre arrojarme a las vías - a veces, se me ocurre, me pienso, veo mi piel esparcida y rota en las vías, quiero que la gente grite y cien bocas en la estación se abren con sorpresa en plena hora punta cuando salto, como mucho diez brazos se estiran hacia mí para agarrarme, pero es tarde, tan tarde, yo que no sé golpear los muros habré saltado por última vez con la intención de no volver a sentir estos moratones que nadie ve, estas quemaduras en mis órganos y ojalá abrasarme con el alcohol en las noches de fiesta que mi cuerpo joven necesita, las noches de fiesta en las que ella corre hacia mí y recuerdo todas las veces que ha corrido hacia mí, todas las chicas que he besado aunque sólo de ella quedó el tacto, y la abrazo y me agito y bailamos aunque nunca he sabido bailar, y ojalá, decía, ojalá abrasarme los intestinos con alcohol y que el mareo no me importara, pero soy incapaz, lo siento, siempre incapaz de salir de mí misma, siempre conviviendo conmigo misma, mis sesos aplastándose contra el hueso frontal para resquebrajarlo y esparcirse desde mi frente y por fin salir de este esqueleto que jamás podrá contenerme pero me contiene, porque yo soy la hija salvaje de Walt Whitman y por tanto soy inmensa y contengo multitudes, y los sesos brotan de mi frente entre estas cejas que he aprendido a amar, brota la sangre, el hueso abierto, mientras en mi rostro se dibuja el éxtasis de Santa Teresa.

Pero no os equivoquéis conmigo: no quiero morir. Por primera vez, no quiero morir. En este pulso constante que en ocasiones pierdo pero siempre retomo he conseguido aguantar lo suficiente con mis brazos delgados para agotar a mi contrincante, y no lo venzo, creedme, no lo venzo, pero hay un equilibrio más perfecto entre su fuerza en la mía, su fuerza que me insiste en lo de arrojarme a la vía y la mía que se mantiene en el andén e incluso tiene miedo, mis constantes paranoias, de que algún loco me empuje. Hay muchas cosas que hacer ahora que la vida está llena de brisas que acarician la piel, demasiadas personas con la que hablar y a las que tocar y sobre las que apoyar un rato la cabeza - recuerdo, entonces, aquella vez en un autocar cuando la química era irresistible y se acababan las clases y pasamos de hablar a mantenernos en silencio, mi cabeza en aquel hombro y sus dedos entrelazados con los míos y no deberíamos, pero podíamos, y pasamos así la última hora que nos vimos pese a jurarnos que seguiríamos hablando en verano, que no acabaría ahí, aunque acabó ahí. Espinitas clavadas, las llaman, en este esternón que parece ya el tallo de una rosa, obviamente, siempre las rosas. Bajo mi piel brotan las flores que he cultivado rompiendo el espejo de la falsedad, agarrando el pedazo afilado de las ganas de vivir, pese a todo, ganas de vivir, abriéndome los músculos para escarbar hasta dar con los tallos y los pétalos y sacarlos, tirar de ellos entre gritos y lágrimas - la psicóloga sólo me ha abrazado dos veces - hasta volverme la versión de mí que puedo ver entre las grietas de mi nuevo espejo, donde he encajado el pedazo ensangrentado, los coágulos oscuros mejor pegamento que cualquiera que podáis comprar jamás por irresistibles ofertas, sabré yo, que me he vuelto a despedazar para darles esos coágulos a gente más rota de lo que jamás estaré yo.

Y no os equivoquéis conmigo: no fue por santidad o altruismo, esta Santa Teresa es la más egoísta que jamás conoceréis. Hundo mis uñas que no arañan entre mis pechos y estiro la piel hasta romperla y me lleno de heridas las manos al pasarlas cerca de mi esternón espinado para sacar este corazón de diamante que pretende ser de cristal, o quizás sea al revés, y se lo ofrezco a la gente para que me amen, dios, amadme por favor, haré todo por vosotros para que me améis, amad a esta muchacha que teme y teme y teme y abrazad este cuerpo perfecto por fuera, sentid entre vuestros brazos el calor abrasivo que surge de mi pecho y mi estómago y a la vez el frío de mis manos, dejad que el mar salado de mis lágrimas os empape y se cuele por vuestros poros y llorad conmigo cuando entendáis que lo hago sin querer, que este altruismo del que gozáis no es más que mis ganas de amar y ser amada, que soy una enamorada del amor, de todos los tipos de amor, que podréis sentir la forma ancha de estas caderas fértiles pese a todo y a la vez apoyar la cabeza en mi pecho como un niño que necesita consuelo. Madre, amiga, amante, no importa. Lo que necesitéis, de verdad, eso digo, mientras sé que no podré ser nunca la exactitud de lo que todo el mundo necesita porque mi forma es la que es, soy la que soy, y nadie más.

Una última vez os pido que no os equivoquéis conmigo: pese a todo, siempre pese a todo, soy aquella que corre bajo las tormentas de verano sin esperar que un rayo termine de por matarla, soy la que en los sueños lúcidos decide volar por encima de todo, soy la que os sacará sonrisas porque sabe cómo sacárselas a sí misma, la que encontraréis venciendo una y otra vez el miedo pese a todo, siempre pese a todo. Soy una mujer de otoño que observa con lástima cómo caen las hojas pero sabe disfrutar de los tonos cálidos y de llevar una chaqueta encima del vestido de verano, una mujer de otoño que sabe que las épocas cálidas volverán, y mantengo el buen ánimo durante el invierno pese a todo, siempre pese a todo. Todo lo que está roto en mí - qué coño fue aquel beso, por qué tuviste que dármelo, por qué me dejaste sola en aquella fiesta, y de niña era asquerosa para tanta gente pero supongo que no para ti, ¿verdad?, para ti no. Ojalá te hubiera resultado asquerosa, sería más fácil hablar de eso, la soledad me ha acompañado desde que nací, la muerte siempre a mi lado porque no quise llorar y casi me ahogo, niña de mirada fija y hundida en sus dibujos, niña mancillada -, todo lo que está roto en mí - y tú a quien ahora amo porque he podido desaprenderte por qué tuviste que arrastrarme como un mueble, sé que no había otra opción pero me sentí un objeto durante mucho tiempo, lloraba sola en las noches y por las mañanas te sonreía, excepto aquella mañana, ¿recuerdas? Sobre todo lloré cuando vi mi carta en la basura, y entiendo que no quisieras quedártela, pero joder, joder, me costó muchísimo, no la tires por favor guárdala en una caja oscura que jamás volverás a abrir pero no la tires, aún me entran ganas de llorar cuando recuerdo que la tiraste -, todo lo que está roto en mí se ha llenado de pétalos y enredaderas, de tallos y fruto, he crecido para convertirme en árbol naciente y estiro los dedos hacia el cielo como si pudiera tocar el universo, y me arrodillo sobre estos asfaltos y se me manchan los dedos al tocarlos pero siento bajo ellos el palpitar la tierra, y truena la tormenta de verano y la ropa se empapa y sonrío, sí, sonrío pese a todo, siempre pese a todo. 

1 jun. 2018

Por qué odio el invierno


A mí también me aplasta el verano contra el sofá:
el calor se tumba, pesado, sobre mí, y cuando salgo a la calle también el sol decide fundirme la piel a base de abrazarse a mí aunque lo rechace.
Claro que luchar contra el termómetro se vuelve imposible, que los helados y la ropa ligera se quedan escasos, que las piscinas nunca fueron de mi agrado y el mar, ah, el mar amado, me provoca tal respeto que sólo con verlo de cerca me encojo.
Pero Dios, cuando llega septiembre, cuando veo el atardecer cayendo cada vez más pronto, arrancándome la luz aunque la garre, impasible ante mi petición de cinco minutos más, por favor, sólo cinco minutos más.
Cuando salgo en pantalón corto y llego a casa con las piernas frías, y a la noche otra vez acudo a las chaquetas, y ya no me vale con dejarme caer sobre la cama sino que tengo que abrirme paso entre las sábanas.
Cuando eso pasa, siento el invierno echándome de las calles hacia casa. Me imagino tiritando bajo las mantas al acostarme, demasiado caliente al despertar, el pasillo hacia la cocina un glaciar que rechaza mi piel tibia que se pone primero roja y luego azul en la calle, roja de nuevo en el metro, las uñas moradas en clase.
El invierno de manta y peli, de familia a la que no sé mirar a los ojos, de no querer salir de casa, de lugares abarrotados, de ropa sobre ropa y nunca es suficiente porque el frío aún se cuela hacia dentro, hacia dentro.
Pero no os confundáis: no soy una mujer de verano. Nací en otoño, camino a.
Es sólo que en el tedio estival, con sus días estirados a lo ancho como cualquiera sobre el sofá, puedo olvidarme de esos árboles pelados del invierno que tanto hablan sobre mí.

24 may. 2017

Rendidos


Que alguien grite que ya está,
que nos rendimos.
Alguno de nosotros, ahora,
bien alto: nos rendimos.

Que no basta con nuestra piel
contra la pared, tiras de dermis
ahí, en la acera, en las vallas,
en un paso de cebra.

Que no es suficiente la ira
ni la risa para cubrirla,
ni el hastío que quiebra
estas espaldas desesperadas.

Que está bien, no valemos,
nunca lo haremos,
no hay luz si nacimos
para soplar las velas.

Que haremos lo que podamos
con ese peso de los santos.
La historia es cíclica
y nos ha tocado ser Atlas.

Que nos arrojamos al suelo
a veneraros si hace falta,
somos el asfalto cuyos baches
son vértebras que sobresalen.

Que la oscuridad de una habitación
en la más cerrada de las noches
es la que verá el astronauta
al que ahora decís que no valdrá nada.

Que está bien, no lo entendemos,
no hemos sufrido, somos blandos,
y como un mártir se arroja otro más
por la ventana al no ver puertas.

Que si alguna llora en una esquina
por cualquier cosa tachada de tontería
es su culpa y sólo suya,
nada tiene que ver la odiosa lengua.

Que hemos aceptado que el humo
nos llenara hasta la pupila,
y no podemos sino refugiarnos
en el resplandor de una pantalla.

Que da igual, da exactamente lo mismo,
si ante la promesa de que al partirla
abrazaríamos al que responde al otro lado,
lanzaríamos el puño dispuestos a sangrar.

Que vivimos llenos de sanguijuelas,
que caminamos como ánimas
desde que al dar los primeros pasos
nos decís que no tan rápido.


Que está bien, de verdad,
es una promesa: nos hemos rendido,
alguien lo grita desde el vacío
y  ni con esas os entra hasta el tímpano.