10 mar. 2013

[Día 500] De cinco y treinta y dos a cinco y cuarenta de la tarde.

Mi corazón palpita a velocidades jamás alcanzadas y consigue que esté acalorada a pesar del frío del viento de la calle. Me apoyo en una pared de un edificio sin temor a lo que puedan pensar los demás de mí. Cierro los ojos y poso una mano sobre mi pecho, sintiendo cada latido. Empiezo a respirar siguiendo un ritmo para tratar de calmarme. Paso un minuto así más o menos, hasta que me encuentro un poco mejor.
Miro el reloj de mi móvil. Son las cinco y treinta y tres.
Quedan siete minutos.
Sigo caminando hacia mi destino, que está a menos de tres minutos de donde estoy.
Hace quinientos días caminé por esta misma calle tras volver de casa de una amiga que me había invitado a comer al salir del colegio, y que durante estas repeticiones también lo ha hecho. Mas yo siempre, o casi siempre, he rechazado su invitación por el simple hecho de que no me gustaba volver a repetir el momento que vendrá a las cinco y cuarenta. En general no me gustaba volver a repetir ningún momento, pero el de las cinco y cuarenta... ese simplemente me atemorizaba, y me sigue atemorizando.
Sigo adelante, caminando, notando cómo el tiempo pasa y cómo mis pasos se ralentizan inconscientemente según llego a mi destino. El temor comienza a invadir mis piernas, que tiemblan cada vez más a cada paso que doy.
Cierro las manos en puños, apretando el teléfono móvil en la derecha, y bajo la cabeza. Me dedico a mirar zapatos de colegiala al caminar hasta que llego al lugar al que tengo que llegar.
Tengo una parada de autobús a mi derecha por la que pasan hasta tres líneas de autobús diferentes, y bajo ella están las mismas personas que hace quinientos días: un hombre que lleva a su hija de la mano, una anciana con un carrito de la compra y una chica joven con una bandolera.
Delante de mí, un semáforo en verde para peatones y un paso de cebra desgastado con el tiempo.
Vuelvo a mirar la hora. Faltan dos minutos para mi destino.
Miro al final de la calle, y veo lo que se avecina. Está allí, al fondo, amenazante. Trago saliva, y se me llenan los ojos de lágrimas. Pestañeo un par de veces y de mi ojo izquierdo sale una gota de caliente agua que baja por mi mejilla.
Vuelvo a llevarme la mano al corazón, tratando de calmarme de nuevo, pero late con tanta fuerza que me resulta imposible. Mi respiración, mis nervios... todo se descontrola. Ni si quiera consigo pensar con claridad.
Simplemente quiero que pase, que termine de pasar. Quiero que lleguen las cinco y cuarenta, y luego que sea lo que Dios quiera. No me importa si se vuelve a repetir todo o si el mundo sigue hacia delante. De verdad que no me importa. Ahora mismo sólo quiero que lleguen las cinco y cuarenta.
Alzo la vista, borrosa entre lágrimas, y veo que mi destino se ha puesto en movimiento. Que se acerca con más rapidez de la que puedo apreciar, así que me empiezo a preparar.
Cierro los ojos, tomo una gran bocanada de aire y luego la expulso. Vuelvo a abrirlos y el destino está más cerca aún. A unos pocos metros de mí.
En mi reloj del móvil, al que hecho un último vistazo, todavía son las cinco y treinta y nueve.
Frunzo el ceño, decidida, mientras una última lágrima decide deslizarse por mi mejilla; y miro mi destino casi a mi lado.
Nadie espera lo que va a pasar. El semáforo está en rojo para los peatones, la anciana de la parada saca la mano para indicarle al conductor del autobús que se pare para cuando llegue a la parada, y el conductor conduce sin preocuparse demasiado.
No sabe lo que voy a hacer.
Nadie lo sabe.
Cuando está a menos de un metro de mí, cuando ya sería imposible frenar para salvarme, corro hacia el paso de cebra. Mis pensamientos son un lío. Recuerdo durante un instante cuando, hace quinientos días, esquivé de milagro el autobús al volver de casa de la que me había invitado a comer. Recuerdo algunas escenas de mi infancia. Recuerdo a mi padre llevándome a nadar a zonas alejadas de la orilla de la playa. Recuerdo tantas cosas... también recuerdo a Fran, hoy. Recuerdo su sonrisa, sus labios, sus manos. Me pregunto si cumplirá su promesa. Y todo esto lo pienso en menos de dos segundos.
Mi último pensamiento, antes de que me arrolle el autobús, va dirigido a mi hermano mayor. Le dije que no me haría daño, y le mentí. Me da tiempo a dedicarle un "Lo siento" desde mi mente. Un "Lo siento" que jamás oirá.

·Epílogo·
Una familia vestida de negro. La madre subida en unos afilados tacones, pañuelo en mano, apoyada en su marido. Su hijo, un tipo de aspecto desaliñado incluso para un funeral, al lado de ellos, con cabeza gacha y mirada triste hacia una tumba.
Acaban de enterrar a su hermana menor. 
Al otro lado de la lápida, un chico de cabellos cortos, no demasiado alto, con un papel enrollado en la mano y un teléfono móvil en la otra.
Ambos miran a la tumba, ambos se preguntan cosas.
El hermano se pregunta por qué su hermana se hizo daño. Se pregunta si ese sería el plan que ella nombró. Morir para avanzar el tiempo. Ni si quiera tiene certeza de que el tiempo estuviese parado. No consigue comprender bien lo que ha ocurrido, y nota su corazón siendo presionado, como si alguien lo estuviese apretando en un puño.
El otro chico decide apartar la mirada de la lápida, en la que se lee el nombre de Carol, con su fecha de nacimiento y de muerte, hace apenas unos días. Levanta su teléfono móvil y mira de nuevo el mensaje que tantas veces ha leído. Son dos simples palabras: "Lo siento". Se pregunta también si sería cierto lo de la repetición del tiempo, y si Carol en aquél momento le pidió disculpas por lo que iba a hacer.
Tras eso, mete el teléfono en el bolsillo de su pantalón de traje, y mira el papel que tiene en la otra mano. Aquella fatídica tarde, al despertar y descubrir que Carol no estaba con él, la buscó. Vio su nota, sonrió y comenzó a retratarla, copiando una de las tres fotografías de la cámara. Pasó toda la tarde encerrado en su cuarto hasta que consiguió una imagen muy parecida a la de ella. Llegó incluso a colorearla, quedando un retrato precioso que ahora sostiene en su mano. Él cumplió su promesa.
Se acerca a la arena aún removida y se agacha, sin importarle demasiado que su traje negro se pueda manchar. Acaricia la lápida con suma pena mientras de sus ojos brotan lágrimas, y apoya el papel en esta, dejándolo abierto.
Después se levanta y se da la vuelta, metiendo las manos en los bolsillos. Comienza a alejarse del lugar.
El hermano observa cómo el chaval se va, y luego toma el dibujo entre sus manos. Observa a su hermana hecha con lápices de colores, y durante un segundo no sabe qué hacer. 
Después, se arremanga todo lo que puede, se tira al suelo y comienza a escarbar en la tierra que cubre el ataúd de su hermana. Su madre empieza a gritarle que qué hace, y su padre intenta apartarle del lugar. Piensan que es un arrebato de locura, de negación de la muerte. Pero él sigue escarbando, manchándose, hasta crear un agujero más o menos profundo. Ahí introduce el papel, y luego lo tapa.
Tras eso, los tres se van a casa.
Justo antes de salir del cementerio, el hermano siente algo en la mano. Una brisa extraña, caliente y suave. Se gira un segundo, mirando atrás. Le parece ver una onda en el aire que desaparece un segundo después. 
- Carol - dice, para luego darse la vuelta y caminar junto a sus padres.
Después de eso, no queda más que la continuidad del tiempo, el paso de los días, y el silencio en un cuarto de adolescente ahora desocupado, el silencio en un pupitre en el que ya no se sienta nadie, el silencio tras una figura de un fundador, el silencio en una azotea. El silencio en una lápida.
............
No me digáis que he sido mala. Dije que sería una historia cruda, y lo ha sido.
En fin, ya ha terminado Día 500. Espero que os haya gustado, que no hayáis llorado mucho y todo eso. 
En caso de que este final os haya dado mucha pena, ahora estáis aquí. Relajaos, poneos música alegre y leed unos cuantos chistes.
En fin, muchas gracias a todos por haber leído y comentado esta historia. Sobre todo gracias a Cgm, Pao D'Cid y Dolores Enima Neag ^^
Os prometo que la próxima historia que suba será menos trágica xD
Ale, un besote :3

5 comentarios:

  1. ¡Pero si ya le dije que no intentase matarse ni, mucho menos, consiguéndolo!
    Estoy llorando, y mucho, muchísimo. Si Oyes que hay una inundación, es culpa tuya, por escribir demasiado bien, ¡culpa tuya!

    Un besazo

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    1. El destino de Carol estaba decidido, así que... no había otra opción.
      De momento no he oído nada de una inundación, así que supongo que tu llanto terminó pronto ;)
      Y como ya dije, no sé si tomarme a bien o mal tus lágrimas. Por un lado me da pena que llores, por otro, me halaga porque he conseguido emocionarte con mi historia xD Me quedo con el halago y punto xD
      En fin, me alegro de que te haya gustado ^^
      Un beso, y muchas gracias por seguir la historia y comentar :3

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  2. OH POR DIOS. OH POR DIOS SANTO OH POR DIOS SANTO ¡¡¡NOOOOO!!! DDDDDDD:
    Debí habérmelo esperado ._.
    Pero no me lo esperé, y eso es lo assfdafafssfwsrsffad! *n*
    Por más que me hubiera encantado que Carol tuviera un final chachi piruli, no le veo que haya sido posible.
    ME ENCANTÓ. A PESAR DE QUE SEA REMATADAMENTE TRISTE.
    -Pao

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    1. Debiste, debiste... porque el palo que has recibido al leerlo debe haber sido grande y gordo xDDD
      A mí también me habría gustado darle un final más alegre al relato, pero no había posibilidad de final feliz u_u No para Carol.
      Eeeen fin, me alegro de que te gustara a pesar de la tristeza del asunto ^^
      Muuuuuchas gracias por leer y comentar :D
      ¡Un besote!

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  3. me ha encantaaadoooo!!madre mia que final tan triste:((no me lo esperabaa...que penaaaaa!!aunque haya sido muy tragico, la historia me ha gustado mucho:D sigue asi!!bss:)

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¡Eh! ¡Ten cuidado conmigo! ¡Tengo una pierna! ¡Y puedo atacarte con ella en caso de no ser respetuoso en tu comentario! Así que vete con ojo...