28 jul. 2013

Depresión

Hay mucha gente, muchas personas, que dicen que les encantaría volver a su más tierna infancia: no tener preocupaciones, jugar, divertirse, sin responsabilidades, siendo felices.
Yo jamás, y digo jamás, volvería a mi infancia. Ya no sólo porque una serie de trágicos sucesos de un mundo cruel, me atrevería a decir más adulto, ocurrieran por aquél entonces y llenaran una mente infantil con preocupaciones no propias de su edad, haciendo que madurara demasiado deprisa y provocando otros acontecimientos tales como la marginación y la agresión verbal en el colegio durante un curso y medio; si no porque yo por aquél entonces no fui feliz. Es más, desde hace unos meses ronda en mi cabeza la pregunta de si alguna vez he sido feliz - hasta actualmente, que sé que lo soy.
Me giro hacia atrás, observando mi pasado, observándome a mí misma, y no me recuerdo feliz. Recuerdo momentos de mucha alegría o felicidad, pero ¿felicidad en sí?, ¿felicidad de la que siento ahora, hoy en día? No. De esa no hay. No sé si es porque no era consciente de mi propia felicidad o si es porque realmente nunca lo fui. Apostaría que es por la segunda.
Pero mi pregunta mayor, la más grande, no fue cuándo comencé a ser feliz o si alguna vez lo fui, porque en realidad sé la respuesta a esas preguntas. Mi mayor pregunta es cuándo ella, cuando la depresión, entró en mi vida.
No fue de un día para otro. No me acosté un día siendo una persona totalmente normal y al siguiente me desperté siendo una persona deprimida. Mi conclusión es que ella comenzó a surgir en algún momento inexacto, en alguno de esos días de mi preadolescencia o quizá incluso mi niñez en los que me sentí incomprendida y a la vez en los que no comprendía nada. El núcleo, el origen, estuvo ahí. Y quedó ahí.
Quedó ahí hasta que los problemas y las preguntas propias de la adolescencia comenzaron a llegar. Quedó ahí hasta el verano de, creo mis trece o catorce años, cuando empecé a enfrentar a mis familiares día tras día, luchando por algo que quería conseguir, y el peso de las discusiones, los enfrentamientos ya no solo míos, si no de mis padres, recuerdos del pasado, sensaciones, preguntas, una sensibilidad que cubría con una fachada que no era la mía, y más cosas se fueron acumulando sobre mis hombros.
Día a día luchaba contra todo esto. Día a día mi mundo se iba volviendo más gris, más rojo, más negro. O mejor dicho, mi percepción del mundo. Pasé esas tres etapas: gris, con la que vino una sensación de monotonía, de aburrimiento, de pérdida de tiempo, de ganas de hacer nada; roja, tan intensa, tan iracunda, tan de apretar los puños, de gritar palabras, de odiar tantísimo que fui capaz de sentir el odio recorriendo mis venas; y negra, en la que se mezclaron las dos anteriores, en la que las sensaciones de soledad, de tristeza, de monotonía, de ira, de querer desaparecer, de incomprensión, de estar muerta se juntaron hasta tal punto que una mañana, de pronto, estallé.
Desperté, como tantísimas otras mañanas, sin la capacidad de enfrentarme al mundo. Pero aún así me levanté, aunque inmediatamente mis ojos se inundaron en lágrimas. Fui a la cocina, dispuesta a desayunar, y sin que pudiera evitarlo, sin que pudiera retenerlo como había hecho en tantas otras ocasiones, rompí a llorar. Las lágrimas brotaban de mis ojos, pero parecían salir de un ennegrecido e infecto cuerpo que ya no podía soportar más todo lo que ocurría. La garganta me dolió como nunca antes me había dolido, y no pude parar de llorar en toda la mañana. 
Mi madre trató de consolarme, pues debía asistir a clase, pero no pudo. Desayuné sin hambre, a duras penas, sintiéndome más hundida que nunca, entre sollozos, y dejando por fin que todos los malos pensamientos corrieran por mi mente y todas las lágrimas que quería llorar salieran de mí.
Recuerdo ir esa mañana en el autobús, con mi madre, al médico. Recuerdo intentar mantener la dignidad, pero ser incapaz de retener mi llanto. Recuerdo narrarle cosas a una doctora y que su diagnóstico fue depresión. Recuerdo que esa palabra impactó en mí de una manera que ninguna palabra antes lo había hecho.
Depresión. Todo lo que sentía resumido en una simple palabra. Era horrible a la par que maravilloso. Por fin sabía lo que me pasaba, pero sentía que no podía compactarse en una palabra. Pero era así: podía hacerse. Podía quedar así de compacto y reducido.
Y al ser así, una luz pareció encenderse en medio de toda la oscuridad que había mi alrededor. Una diminuta luz que desde ese momento, y con tesón y ayuda, conseguí hacer cada día más grande, hasta que un día, en una sala, frente a una mujer, hablando de mi vida, emitió un fogonazo.
Me hizo ver tantísimas cosas de golpe, cosas con demasiado sentido pero muy difíciles de asumir. Cosas que me asustaron pero al mismo tiempo supe que eran reales. Y las acepté y comencé a combatir contra ellas. Esas cosas, llamémoslas mis demonios, por algún motivo comenzaron a rendirse ante mí. Desde entonces algunos han desaparecido, aunque sigan en el pasado pues yo antes los tenía conmigo, y otros siguen ahí pero no me molestan, he aprendido a convivir con ellos e incluso a sacarles provecho.
Desde que la negrura desapareció y el mundo volvió a llenarse de colores para mí, soy feliz.
Desde que ella no está todos los días a mi lado, soy feliz.
Desde que no tengo insomnio, ni pesadillas que se repiten, ni preguntas sobre mí o sobre mi pasado sin respuesta, soy feliz.
Desde que acepto a los demás tal y como son sin esperar cambiarles, soy feliz.
Desde que no he vuelto a pensar en el suicidio (y aquí hago hincapié, porque recuerdo planearlo y recuerdo que me parecía, incluso, una buena idea para dejar de sufrir, pero también recuerdo reír amargamente y pensar que estaba loca de verdad), soy feliz.
Simplemente, desde que puedo ver el mundo con una visión más plena, desde que la depresión no cubre mi vida, soy feliz.
Y voy a seguir siéndolo. Lo seré hasta el fin de mis días, porque ahora sé que la felicidad es algo que depende totalmente de mí.


PD: Esa imagen, en su momento, cuando la vi por primera vez y estaba comenzando a luchar contra la depresión, consiguió emocionarme. Me pareció una manera muy acertada de dibujarla.



Ganadores de los concursos
Primer concurso: Let's be freaks, por Pao D'Cid.
Segundo concursoLabios de Tinta, por Road Kamelot.
Tercer concursoDiario idiota de una fugitiva de pega, por Abby Gall Kelevra.

3 comentarios:

  1. Le tengo miedo a tu patada, así que seré educado: Esto es una mierdJAJAJAJAJA que no que no, que es broma mujer;) Venga, allá va mi crítica:
    Haces algo que yo no he hecho nunca: hablar de mí mismo. De mis puros sentimientos. A la hora de escribir, yo suelo camuflar lo que siento en una historia, para no asustar a la gente, mi interior es muy dramático.
    Yo también he tenido una depresión, y te entiendo. Creo que lo has expresado muy bien.
    Y yo... no sé que más decirte. Eso sí, invita a seguir leyendo:)
    En resumen, podría haberte hecho una crítica destructiva con mala leche pero he sido un buen chico:3 ;P
    Sigue así, un saludo
    Alejandro Berraquero

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  2. Dios mío, qué... guau. Nunca he estado realmente deprimida-al menos no por mucho tiempo-, así que no sé muy bien cómo se siente. Y bueno, me encantó cómo lo expresaste y todo. Me alegra que ahora seas feliz :DDD (Y que no te hallas suicidado. Si lo hubieras hecho, ¡ah! El mundo quedaría privado de una de las escritoras más épicas del mundo D:)
    -Pao
    Pd: Me dan ganas de pasarle este relato a una bloggera que conozco, siento que la ayudaría bastante.

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    Respuestas
    1. Pásale esto a quien quieras si crees que podría servir de ayuda. La verdad es que a mí esto me habría dado esperanzas si lo hubiera leído en su momento. Me habría hecho sentir un poco mejor.
      Ahora mismo lo leo y digo: "Madre mía, menos mal que ya pasó todo", porque estar deprimido es algo que no le deseo ni al más cruel de los humanos, en serio xD
      En fin, Pao, muchísimas gracias por tu comentario y por leer ^^ Eres genialosa :D
      ¡Un besote!

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