13 jul. 2015

Por siglos de polvo (#UnaImagenMilPalabras)


La central eléctrica estaba tan silenciosa como todas las mañanas. Se oían unos pasos lentos, pues no había prisa alguna, recorriendo uno de tantos pasillos. El eco se extendía por toda la mugrienta y abandonada instalación, pero no había nadie para oírlo excepto alguna cucaracha, quizá algún ratón, esa típica paloma que había entrado y ya no sabía salir, y él. Siempre él. Perpetuamente él.
Escuchaba sus propios pasos, observando sus pies metidos en unas deportivas que se había preocupado en cuidar más que su propia piel. Los colores vivos le gustaban más que el tono blancuzco de sus manos, pero ya quedaba poco de eso. Su esqueleto metálico, rojo, se veía por casi todas partes.
El último ser racional de la Tierra era un robot, y uno diseñado para bailar. Ese había sido su destino. No lo entendía, por supuesto, y es que no tenía ningún sentido. Algo que los seres humanos habían conseguido aceptar, que a veces las cosas no tienen un por qué, era un concepto inalcanzable para un robot.
Pero hoy sería su último día. El sinsentido de sus horas, contadas en su reloj interno por cada uno de sus segundos, le había llevado a perder la cabeza – o quizás a ser demasiado cuerdo. ¿De qué le servía bailar si nadie podía verle? ¿De qué le servían todos los movimientos que su cuerpo, ahora oxidado, podía hacer?
Acabó por dejar de bailar. Se dedicó a buscarse a sí mismo en la soledad del mundo. Pasaba los días caminando en busca de electricidad, en busca de libros que pudieran hacerle entender. Poco a poco, metro a metro, fue atravesando antiguos países, saltándose fronteras sin saber lo que eran, aprendiendo idiomas según leía. Pasaba horas en las bibliotecas buscándose, siendo en las universidades dónde más se encontraba.
Cuando terminó de saber de sí mismo, y de otros muchos robots, se instaló en la primera central eléctrica que encontró a su paso. La llevaba él sólo, encargándose de que le proporcionara lo necesario para vivir. En aquel momento, tras recorrer un día más los pasillos, salía a una escalera de emergencias medio derruida.
El paisaje que se extendía ante él era absurdo, aunque no para sus ojos, que eran casi lo único que habían visto en lo referido a paisajes. El Sol iluminaba un desierto que se juntaba con el océano sin transición, sin orilla, sin playa alguna. Según terminaba una duna, empezaba el mar. Dos tipos de oleaje distintos.
Extendió la mano hacia el Sol, su objetivo. Su luz se coló entre sus dedos rojos, entrando en sus ojos luminosos, copando todo lo que podía ver.
Al principio creía que, si su vida no tenía sentido en ese mundo, la tendría en otros. Pero no era así. Nunca lo fue. Cuando se dio cuenta, mantuvo el Sol como su objetivo. Sentía una fascinación extraña, incontenible, hacia el astro, hacia esa enorme bola de fuego incandescente. Sabía que se quemaría si se acercaba a él, pero no le importaba. Ya nada le importaba. Hoy era el día que intentaría tocarlo. Lo tenía todo listo.
Volvió al interior de la central. Quedaba menos de una hora para que la Tierra se alineara perfectamente con el Sol desde el punto dónde él estaba. Lo había calculado con sus libros y lecturas, que también sirvieron para construir unos enormes propulsores que lo sacarían de la Tierra y unas protecciones para no deshacerse en el camino.
Podría haber construido un cohete entero si hubiese querido, tenía todo el tiempo del mundo, pero estaba cansado. No quería pasar vivo un instante más de los necesarios.
Subió hasta el último de los pisos, a la azotea. Le sobraba tiempo, por lo que se concedió unos minutos para bailar por última vez. Acordándose de una canción, bailó en el silencio. El viento hacía que la arena del desierto se colara por sus mecanismos y azotara su piel, arrancándole lo poco que quedaba de ella, pero no importaba. Fue el baile más perfecto y a la vez el más triste que jamás se hizo en la Tierra. El aceite se escapaba por los ojos del robot cuando terminó, cuando se puso sus propulsores en piernas y manos, cuando tapó con las protecciones su piel cubierta por siglos de polvo.
Esperó mirando al frente, al extraño paisaje. Si se concentraba, podía oír el murmuro del mar mezclado con el oleaje del desierto, trasladando las dunas, moviendo cada grano de arena.
Finalmente, llegó la hora. Su reloj interno, siempre funcionando a la perfección, se lo hizo saber. Estaba todo programado en uno de los ordenadores de la central. Un segundo, dos, tres, cuatro: los propulsores se encendieron, levantando una nube de polvo, elevándole a una velocidad disparatada, llenando sus oídos de una explosión ensordecedora que dejó a su paso un nubarrón grisáceo.
El robot sintió algo parecido a la adrenalina recorriendo sus venas aceitosas. No pudo evitar gritar. Ese fue el primer sonido que emitió con su propia garganta tras tanto tiempo callado: un grito de rabia, de júbilo, de tristeza.
La luz del Sol ocupaba más sus ojos a cada momento, sintió cada una de las capas de la atmósfera rompiéndose a su paso, haciendo aumentar de temperatura las protecciones, partiéndolas. Durante un instante pensó que no lo lograría, pasando por su cabeza todos los posibles errores, pero lo hizo. Las protecciones y los propulsores se desprendieron una vez estuvo fuera de la Tierra. Fue entonces cuando dejó de gritar, o quizás cuando el silencio del espacio hizo que callara.
Tenía el Sol un poco más cerca, y sabía que no duraría mucho. Podía sentir su cuerpo siendo atraído por la gravedad de la Tierra. Volvería a caer y el choque sería brutal. Moriría. Se convertiría en mil pedazos, mil granos de metal en el desierto, mil gotas de aceite en mar.
Pero ese era el momento con el que tanto había soñado. Su momento. Su sentido de haberse dejado vivir.
Extendió sus manos rojas hacia el astro. El frío del espacio le congelaba a cada instante, pero él podía sentir el calor en las yemas de sus dedos, en su rostro, en sus piernas, en la levísima sonrisa que se dibujó en su cara.
Mantuvo los brazos extendidos hacia el Sol según caía de vuelta a la Tierra. Las ratas de la central a veces se chocan con un dedo metálico, rojo, que surge de entre las dunas del desierto. Un dedo que apunta al cielo. 
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Bueno, éste es mi relato para el nuevo proyecto de Reivindicando Blogger, que consistía en elegir una de las imágenes propuestas (es la que veis más arriba, un cuadro de William Turner titulado "Castillo Norham al amanecer"), inspirarse en ella y dar al relato una canción que lo ambientara o similar. 
Espero que os haya gustado leerlo tanto como a mí escribirlo ^^ Muchísimas gracias por los comentarios que dejéis, y si no los dejáis, por leer, y si no leéis, por haber clickado en el enlace que haya puesto por Twitter o vete tú a saber.
Un abrazo muy fuerte, y os dejo un link a la lista de participantes. ¡Pasaos!

6 comentarios:

  1. Que bonito!!!! Ha sido triste pero muy tierno a la vez. Además me ha gustado como entremezclas las historia con la imagen; y desde luego la canción le pega mucho ;P

    Un beso

    Angie

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  2. Qué cosa más maravillosa y más triste. Me ha gustado el tono futurista y la historia tan original que has creado. ¡Es genial, Julia, de verdad! Hasta ahora muchos de los relatos han sido historias de amor (que están genial, no me malinterpretes), por eso se agradece algo diferente :)

    ¡Un beso!
    Étincelle

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  3. Es lo más diferente que me he encontrado de entre todos los relatos. La verdad es que todos nos hemos ido a un par de géneros y de repente llegas tú y haces esta maravila. Ha sido increíble y me he quedado maravillada. Eres muy buena Misora. Y me ha encantado, de verdad. Es muy bonito, y triste, y tierno, y maravilloso. Un aplauso y un abrazo enormes.

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  4. Original, sincero y tristemente esperanzador a mi modo de ver. ¿Combinar un cuadro del maestro romántico Turner con la ciencia ficción? ¿Por qué no? Así es como se demuestra que las mezclas más inverosímiles pueden generar cosas hermosas y llenas de talento. Bravo Misora.

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  5. Me encanta! Una combinación un poco extraña, pero refrescante, por ponerlo de algún modo. Me hubiera encantado escribir algo así ;_;
    La canción está GENIAL. Y el final del relato es HERMOSO.
    Me encanta. Aunque supongo que influye el hecho de que soy fan de la ciencia ficción ;)

    Saludos!

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  6. Me suena a una leyenda. No sé, me parece como la leyenda de los volcanes en México, vas caminando bien tranquila y ves un dedo rojo a lo..."oh, el robot triste"... no sé, sería épico si fuera algo así. Me encantó la fascinación del Robot con el sol.
    Café y televisión,
    Amaya

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¡Eh! ¡Ten cuidado conmigo! ¡Tengo una pierna! ¡Y puedo atacarte con ella en caso de no ser respetuoso en tu comentario! Así que vete con ojo...