12 sept. 2013

Artefactos - Para el entrenamiento.

Recibo un puñetazo en la mejilla y retrocedo un par de pasos, situando los puños frente a mi rostro, para después sentir un rodillazo en la cadera que consigue tumbarme. Caigo bien, como me han enseñado a caer, y cuando estoy a punto de levantarme recibo una patada en el cuello, seguida de un pisotón en el pecho que me deja sin aire que respirar.
Se me nubla la vista y sé que me voy a desmayar, cuando una bofetada en la mejilla que no ha sido golpeada me devuelve a la realidad.
Enfoco la vista para ver, frente a mí, al chico con el que me andaba peleando. Me mira con desaprobación, pero también como se mira a un compañero, con cierta complicidad. Me tiende la mano, una mano de piel verdosa y dura, con marcas rectangulares de tonos más oscuros. Me incorporo y le doy yo la mía amarillenta, observando el contraste de colores y de formas.
Tira de mí, ayudándome a levantarme, mientras me dice:
- Tienes que mejorar, Yleendra.
Desvío la mirada y frunzo el ceño. Lo sé. Sé que tengo que mejorar. No es que sea de los peores, pero tampoco estoy a la altura de las circunstancias.
Landhul, el chico verdoso, me toma la cara entre sus dedos, agarrándome la mandíbula, y examina mi rostro al tiempo que me obliga a mirar a sus orbes naranjas.
- Sé que eres de las más jóvenes del grupo, y además te ha tocado enfrentarte hoy a mí, que te supero con mucho en experiencia y fuerza. Pero tienes que ser capaz de, al menos, esquivarme, o no podrás sobrevivir - me dice, mientras analiza mi rostro, pues entiendo que está empezando a hincharse por los golpes - Estás bien. Sigamos. 
Se aleja de mí unos cuantos pasos mientras yo hago respiraciones y me preparo para el siguiente asalto. Suponiendo que fuera un combate real, estaría muerta.
Aprieto los puños frente a mi rostro, sintiendo que las afiladas garras de mis dos dedos se hunden en las ranuras que hay en la piel de mis palmas, y frunzo el ceño, fijando mi mirada en Landhul, quien tras chascarse los huesos del cuello toma posición de ataque.
Esta vez voy a, al menos, derribarle.
Cuento hasta tres en mi mente y corro hacia él. Una, dos, tres y cuatro zancadas. Mi mano derecha baja a mi cadera, desviando su atención durante menos de un segundo a ese área, queriendo que piense que intento asestarle el golpe con ésta. 
Veo que mueve muy levemente el pie derecho para parar mi golpe con su lado izquierdo y mantenerse en pie. Ese leve movimiento consigue que la separación entre sus piernas aumente y entonces yo me deslizo por el suelo y paso entre éstas. Una vez estoy a su espalda no le doy tiempo a terminar de girarse y le agarro de la camiseta, hundiendo los dedos también en la piel que se encuentra tras esta, y tiro hacia abajo mientras me levanto.
Para mi sorpresa, él me araña en la frente, pero no pierdo la concentración y le doy un buen rodillazo en la cabeza. Me aparto después en un rápido movimiento, sintiendo la sangre deslizarse por mi rostro, y le golpeo en el estómago, terminando de tirarle al suelo.
Estoy a punto de darle una fuerte patada en el costado cuando su mano me agarra el tobillo, seguida de la otra. Retuerce mi pierna y consigue que mi cuerpo ceda, haciendo que gire y pierda el equilibrio. Al tener los dos pies en el aire, caigo, pero paro el golpe con las palmas de las manos. 
Aplasta mi pierna contra el suelo y sé que se está levantando, pero aprovecho mi elasticidad para girarme y darle una patada que va a parar a su hombro. Consigo que se tambalee, pero no que suelte mi pierna, y a pesar de que me cuesta y me duele, mantengo la complicada postura y sigo dándole patadas con la pierna libre, intentándole dar en la cabeza, cosa que consigo en ocasiones.
Finalmente logro que afloje un poco y me libero, cambiando la postura. Me levanto todo lo rápido que puedo y me acerco a él, que comienza a incorporarse, pero le doy un puñetazo en la parte baja de la espalda, y luego le agarro del cuello de la camiseta, del cual tiro, y le pongo las manos alrededor de la cabeza.
Levanta una mano, dándome a entender que esta ronda la he ganado yo.
- Eso ha estado mucho mejor - dice, levantándose con mi ayuda - Pero no lo suficiente. De veinte combates, has ganado tres. Tienes mucho que mejorar.
Asiento una vez y él me dedica una leve sonrisa.
Me alejo unos cuantos pasos repasando las clases en mi cabeza. Los movimientos, las técnicas, los puntos clave, la fuerza que debo ejecutar. Mis garras, siempre se me olvidan mis garras. Tengo que aprender a utilizarlas, como él ha hecho ahora y en casi todos los combates que hemos tenido hoy. Yo apenas le he hendido las mías, y lo hacía sin intención de hacerlo.
Combatimos durante una hora más hasta que la alarma marca la finalización del tiempo de entrenamiento. Consigo ganarle dos veces más, y él a mí otras diez. 
Después llega el momento que me hace sentir, quizás, más incómoda. La enfermería.
Espero fuera, junto con otros muchos más, tranquilamente. Todos hablan y ríen. Yo no soy una excepción. Me siento con el resto de novatos y hablamos de lo pésimos que somos en realidad, y de cómo han sido para nosotros los entrenamientos de hoy, de cuántas horas empleamos en nuestro tiempo libre para entrenar por nuestra cuenta, de la comida que nos sirven. De todo un poco, hasta que oigo mi nombre. 
Me levanto y veo a la doctora, con su piel lila, que me sonríe amablemente y me invita a pasar a su consulta.
- Relájate - me dice una vez estoy dentro.
- Es fácil decirlo - comento mientras me siento en una silla.
- A ver, Yleendra, llevas aquí medio año. Entiendo que las primeras veces puede resultar incómodo, pero actualmente, deberías estar más que acostumbrada - dice, sentándose frente a mí.
- El problema es que, al contrario que muchos de los que están aquí, yo no me siento sexualmente atraída por ti - digo, esbozando una pequeña sonrisa.
Ella se ríe y luego responde:
- No mientas -. Coloca sus manos en mis hombros y pregunta - ¿Preparada?
Asiento con la cabeza y trago saliva. Lo que se avecina consigue que mi corazón se acelere, que sienta emoción a la vez que miedo, porque sé que aunque la sensación inicial es agradable, luego todo cambia. Aunque hay a quien le encanta. A mí, particularmente, me disgusta.
El rostro de la doctora, junto con sus labios morados, se acerca al mío hasta que nuestras bocas se unen. Irremediablemente, por cuestiones meramente hormonales, mi cuerpo me pide que vaya más allá de un simple beso. Pero retengo mis impulsos. Para algo soy racional.
Entonces, tras un suave roce de lenguas, es cuando viene lo peor. Noto algo que baja por mi esófago, algo fino y viscoso, y que acaba por pegarse a una de sus paredes. Mi impulso es alejarme, pero aprieto los puños y mantengo mi postura, hasta que un extraño calor avanza desde mi interior hasta las zonas heridas. Noto que las sana. 
Tras un rato, nos separamos, y aquello que había entrado sale sin provocarme ganas de vomitar. Respiro agitadamente y sé que estoy sonrojada. No me gusta reconocerlo, pero es excitante. Y sé que es por un tema de especie y hormonas, no por otra cosa. 
La doctora me revisa un poco, limpia la sangre que se ha secado y me dice que repose unas horas. Después se despide de mí y salgo de consulta.
Por esto odio ir a la enfermería. La doctora tiene algo propio de nuestra especie, algo que tan sólo un dos por ciento de todos nosotros posee. Le permite curar prácticamente cualquier herida o enfermedad, pero para ello tiene que hacer lo que me ha hecho a mí.
Por supuesto, hemos evolucionado para que nos guste, para que nos atraiga y queramos más y no sea del todo desagradable. Como las relaciones sexuales. Si no fuera así, nadie tendría hijos, y nadie se dejaría sanar de esa manera.
Y sinceramente, me molesta que me guste, porque es algo muy extraño. Pero es así, no lo puedo evitar. 
Voy a la zona de residencia caminando, subiendo las escaleras, tranquilamente, calmando mi cuerpo. Una vez allí, tras dejar que un lector identifique mi pupila, entro en mi cuarto. Allí está mi compañera, una chica humana de piel morena, marrón, ojos castaños y pelo negro. La encuentro quitándose el vello de las piernas con una banda de cera.
Me alegro de no tener que hacer eso. Me alegro de que nuestra especie apenas tenga vello, excepto en la cabeza.
- Hola, Joana - saludo, mientras miro su cuerpo lleno de magulladoras, moratones y heridas a medio sanar.
En realidad casi que me alegro de que exista ese dos por ciento en nuestra especie. Los humanos tardan días, o semanas, en curarse de un golpe. Nosotros, apenas unos minutos.
- Buenas, Ylee - saluda, sonriendo ampliamente.
- ¿Otra vez... depilándote? - pregunto, sentándome en mi cama.
- Sí, estos cabritos no aguantan ni una semana bajo mi piel - levanta la vista y dice - Como te envidio, de verdad. Quizá lo único que no me gusta de tu especie son las manos, los pies y la frente. Por lo demás, os envidio.
- No somos mejores que vosotros - digo mientras me quito los pantalones, los cuales tengo que remendar.
- No, sois mucho mejores - responde, tirando de la banda de cera.
- Mira que os gusta a los humanos subestimaros - comento, sonriendo de medio lado, y luego me levanto.
Me quito la camiseta, quedándome únicamente en ropa interior, y paso al baño de nuestro cuarto, donde me dedico a ducharme.
Echo mi pelo ondulado y fuerte hacia atrás, humedeciéndolo, al tiempo que pienso en todo lo que está ocurriendo.
Nuestro planea, Gündhol, se moría. Nuestra especie, los Güns, a pesar de intentar con todos sus medios ayudarle, había conseguido por generaciones anteriores ir matándolo lentamente. Llegó un momento en el que se pronosticó que no podríamos seguir viviendo. Nos quedaban cincuenta años para irnos o para morir. Se invirtió todo en investigación y así se avanzó en tecnología espacial, hasta que encontramos un planeta donde podríamos habitar y al que podríamos llegar.
El problema es que estaba habitado. 
Igualmente, se mandaron una serie de emisarios que hablaron con las gentes de ese planeta. Estuvieron varios meses allí, comunicándose, hasta que los habitantes accedieron a acogernos. Tampoco éramos demasiados y ellos habían aprendido a cuidar de su planeta, la Tierra, así que no era un problema.
Fomentaron nuestra aceptación entre los suyos, al igual que nosotros la suya entre los nuestros; y aunque había muchos que nos aceptaban, había otros muchos que nos rechazaban. También  por nuestra parte hubo rechazo hacia ellos.
No tardó en aparecer la violencia y, con el paso del tiempo, estalló una guerra a escala mundial. Así, los habitantes de este planeta nos dividimos en tres grupos: Fortaleza Humana, que lucha a favor de únicamente la especie humana, el grupo mayoritario; Federación de Güns, a favor únicamente de nuestra especie, el grupo minoritario; y Amalgama, donde yo estoy, que une las fuerzas de ambas especies y busca la finalización del conflicto.
Nuestro grupo, en particular, trata de ayudar a todos. No nos importa en qué grupo estén. Les ayudamos. Hablamos con unos y otros, protegemos civiles, y básicamente hacemos lo que podemos para que muera la menor gente posible.
Nos dividimos en Doctores, Protectores y Representantes. Yo pertenezco a los Protectores. Me entreno para ser uno de ellos, aunque en realidad, me entreno ante todo para ser un Artefacto, una subdivisión de lo más peligrosa.

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Bueno, pues aquí está lo nuevo que se me ha ocurrido. No tengo mucho pensado en realidad, pero tengo claro que serán una serie de entradas, en plan relato largo, llamadas Artefactos. Es decir, una historia corta. 
Me habría gustado poner una imagen mejor, pero no la encontré. El edificio que hay más cerca del objetivo, es decir, el de la izquierda; representa más o menos el centro en el que se encuentra Yleendra.
En fin, espero que os haya gustado ^^
Iré subiendo capítulos según me vaya apeteciendo xD Espero que al menos uno por semana. Todos llevarán en el título la palabra "Artefactos", que para algo lo he titulado así.
Ah, y os dejo aquí la canción que me inspiró la idea:

(Que sí, que yo muy rockera y todo lo que queráis, pero también me a la música electrónica... y la ambiental... y muchos tipos de música xD)
Pues eso. Que espero que os haya gustado :D
¡Espero vuestros comentarios! :3
Un besoooote.

8 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Me alegro de que te haya... sorprendido xD Me lo tomaré como que te ha gustado, también ;)
      Muchas gracias por leer y comentar :DDD
      ¡Un besote!

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  2. WAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAW. *.* Que épico. Y mira que tanta fantasía para una historia corta... hasta te inventaste un planeta xD Te quedó épico.
    -Pao

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    1. Bueno, siempre puedo recopilar todos los relatos que escriba y publicarlos en un libro de relatos, al estilo de Ray Bradbury o Isaac Asimov. Claro, que los míos no creo que sean ni la mitad de buenos que los suyos xD Los suyos son demasiado épicos, así te lo digo. Pero igualmente, puedo hacerlo xD Por eso escribo relatos xD
      En fin ^^ Me alegro de que te haya gustado :D
      ¡Un besazo, Pao!
      Y muchas gracias por comentar y leer :DDD

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  3. Leido.. La verdad me lo esperaba de ti.. Es muy tuyo inventarte nombres raros y planetas y cosas de esas que en una mente como la mía no entran... Pero aun así me ha gustado mucho.
    Keep going, muchacha :)

    -Angela M

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    1. ¡Muchas gracias! ^^ Seguiré adelante, como tú dices. Estoy luchando por mi sueño y voy conseguir que se haga realidad.
      De algún modo, es una buena noticia que te lo esperaras. Tener un estilo que te identifique, una marca personal, es algo bueno. O eso creo yo.
      Y bueno, no entran porque no has abierto tu mente a la ciencia-ficción. Dale una oportunidad. Es un mundo (o mejor dicho, millones de mundos) que descubrir ;)
      De nuevo, muchas gracias por tu comentario y por leer ^^
      ¡Un abrazo!

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  4. Respuestas
    1. Pues me alegro mucho :DDDD
      Y también me alegro de que leas y comentes ^^ ¡Muchas gracias!
      ¡Un besillo!

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¡Eh! ¡Ten cuidado conmigo! ¡Tengo una pierna! ¡Y puedo atacarte con ella en caso de no ser respetuoso en tu comentario! Así que vete con ojo...