29 sept. 2013

Destrucción como forma de construcción

La canción que ha inspirado esta entrada es When I'm gone, de Eminem. Os dejo aquí el videoclip oficial. La música empieza, aproximadamente, en el minuto 1:00.
(La letra, por cierto, encoge el corazón)
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¿Antes, preguntas? 
Recuerdo cómo era antes. Recuerdo la rabia, la frustración, el tiempo escapando entre mis dedos, los llantos incontrolados sin motivo claro, el morir día a día. Recuerdo llorar en público. Encogerme en clase, hacerme una bola en el suelo, de pronto sin importarme nada más. En un cambio de clase. Un profesor llegando, mis compañeros intentando consolarme. Y sentirme, a pesar de esto, sola.
Recuerdo querer destruir. Querer golpear las paredes con fuerza hasta hacerme sangrar. Planear asesinatos perfectos, planear mi propia muerte, pensar en mi propio funeral y en la muerte. 
¿Y luego? 
Luego sonreír de medio lado y llevarme las manos a la cabeza. Sola en mi cuarto, tres de la madrugada, libro de Historia frente a mí en la cama, y yo pensando en esas cosas. Loca será la palabra que cualquiera utilizaría. Yo, tan literaria, prefiero perturbada.
¿Qué más?
También recuerdo tener pesadillas casi a diario. Levantarme cansada, no querer moverme, no querer mostrar mi rostro al mundo una vez más, querer dormir para siempre, tener que sonreír. Ser fuerte para que los demás no tuvieran que preocuparse por mí. Ayudarles con sus problemas mientras los míos me carcomían por dentro, lentamente, cada mísero segundo.
El alivio llegaba por las tardes. Internet absorbía casi siempre todo lo malo. Me hacía dejar de pensar. También llegaba los fines de semana, cuando quedaba con amigos. Ellos conseguían, también casi siempre, que mis demonios se callaran.
Pero en realidad, dentro de mí, estaba en una habitación de terror. Una habitación llena de momentos pasados, de pequeñas cosas que acumuladas formaron mis demonios. Ellos me mantenían allí dentro, me hacían observar esos momentos, e intervenían en mis pensamientos. Me manipulaban. Pero eran demonios creados por mi propia mente, y eso muchas veces me llevaba por el camino a la perdición, incapaz de entender como yo misma podía estar dañándome tanto. Y pasaba los días encogida, abrazándome las rodillas y llorando, dentro de esa habitación.
¿Qué pasó entonces?
Un día empecé a levantarme. Fue gracias a él. Toda su alegría, sus sonrisas, sus puntos de vista tan diferentes al mío me dieron la suficiente fuerza como para ponerme en pie, aunque me temblaran las rodillas y sintiera las piernas dormidas.
Y cuando estallé, cuando sentí que ya no podía ir más abajo, que por fin me había chocado contra el suelo, fue un rayo de luz que surgió en forma de grito dentro de esa habitación, y que luego se redujo a una pequeña llama en mis manos. La llama de la esperanza.
¿Qué hice?
Comencé a recorrer el cuarto, repasando cada uno de los momentos que tantas veces había visto, luchando contra mis demonios, apaciguándolos con una llama que día a día era más intensa, más grande, y se extendía por mi cuerpo. Comprendiendo a esos demonios, de dónde venían, pude entenderme a mí misma. 
Tardé meses en conseguirlo, pero atravesé el cuarto, y abrí la puerta. Para ese momento, toda yo era fuego, un fuego que se extinguió en cuanto miré el exterior. Un mundo que estaba esperando por mí, donde todos los demás estaban. Mis compañeros de clase, mi familia, mis amigos, él. Todos estaban allí, y entendí por qué eran tan felices. Entendí su alegría al verme salir. Les entendí, simplemente.
¿Y la habitación?
En principio, cerré su puerta tras de mí con cadenas y candados. No quería volver. Exploré ese mundo y me nutrí de él, mientras mis demonios hacían lo mismo a mi espalda. Cada vez me molestaban menos, y llegaron a desaparecer con la paciencia suficiente, o incluso a transformarse en ángeles. O simplemente en demonios buenos.
Cierto día volví al cuarto. El cuarto de mi mente, el cuarto en medio del nuevo mundo. Quité sus cadenas, sus candados, y abrí la puerta. Tiré sus paredes, y esparcí los momentos que había dentro a donde tenían que estar. Los ordené cronológicamente junto con los demás, junto con los buenos, poniendo un orden que tras tanto caos era más que necesario.
La habitación ya no es más que unos pocos ladrillos que estarán ahí para el resto de mis días. Unos ladrillos que me recordarán por lo que pasé, y que conseguí salir. Unos ladrillos que enseñan la lección de que, al igual que se pueden construir habitaciones de horror, se pueden construir otras cosas.
Por ejemplo, mi futuro.

2 comentarios:

  1. Guau *-* Está genial, Misora. Hiperextramegaarchirecontra genial. Y más con eso de la habitación y todo *O*
    -Pao

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    Respuestas
    1. Aish :P Muchas gracias ^^ La verdad es que haber pasado por algo así me ha enseñado muchas cosas y también es una fuente de inspiración xD Algo bueno tenía que tener, al fin y al cabo.
      Lo de la habitación... es la mejor metáfora o comparación para explicarlo. Y una aquí se lo ha tenido que explicar a varias personas xD
      En fin, queeee... me alegro de que te haya gustado ^^
      Muchas gracias por leer y comentar, Pao :3
      ¡Un besaaaazo! >O<

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