22 dic. 2015

Manos en la valla (#NaviBlogger)

Un descanso para comer de media hora, como todos los días desde que empecé a trabajar. Uno de mis compañeros viene conmigo, cruzando la acera al restaurante de enfrente. Nuestros pies aplastan las caídas hojas. Es otoño y llevo desde primavera sin abrazar a mi familia.
En el restaurante pedimos el menú de todos los días. Somos habituales y si el camarero nos pregunta qué queremos esta vez es por si alguno se siente innovador, aunque no suele pasar.
-¿Cómo crees que irá la cosa? – me pregunta, dando un trago a su refresco mientras mira la televisión a mi espalda, que habla del único tema candente desde hace meses.
-Espero que avancen al menos en lo de detectarlo – contesto, observando la pantalla a través del reflejo de sus gafas – Así al menos los sanos podríamos volver con nuestras familias.
Me clava la mirada y dice:
-No sabes si estás sano, ninguno lo sabemos.
-Pero esto no soluciona nada.
-Sólo tenemos que esperar.
-¿Pero hasta cuándo? ¿Hasta cuándo?
-No pienses en eso. Lo solucionarán.
El primer plato llega y comemos charlando del trabajo, también durante el segundo, y el postre. Ha sido raro, incómodo tocar el tema, casi nunca lo hacemos, casi nadie lo hace, por mucho que sea todo lo que ocupa nuestros pensamientos. Nadie quiere hablar de ello y es normal, pero a la vez todos queremos. Estas dudas nos consumen día a día junto a la desesperación de volver a ver a nuestras esposas, hijas, hermanas, madres… volverlas a ver frente a frente y abrazar a todas esas mujeres que han quedado al otro lado, con las mismas dudas y sentimientos que los nuestros. Quizás Nina ha tenido hoy una charla similar con una compañera suya.
La jornada termina y me despido hasta mañana de mi compañero. El bus que me lleva de vuelta a lo que ahora es mi casa, un edificio pegado a la valla que separa la zona de hombres de la zona de mujeres, está lleno de silencio. Los niños son los únicos que ríen y que mantienen cierta alegría, ausentes e ignorantes a lo que ocurre. Me recuerdan a Fanny, consiguen arrancarme una sonrisa. Cómo la echo de menos…
Según llego al edificio asignado, corro a mi cuarto. El quinceañero con el que comparto habitación está concentrado en sus deberes. Vivía con su madre y ahora está aquí tan solo como yo. Quizás por eso nos llevamos bien, aunque insiste en tratarme de usted.
-¿Cariño? – pregunta mi mujer cuando se conecta la llamada. Su rostro pixelado aparece en la pantalla, la conexión no es muy buena. Mi cámara por fin se conecta y, al verme, ella dice – Ahí estás.
-Aquí estoy.
-¿Cómo ha ido hoy el día? – pregunta, de alguna manera queriendo mantener la tradición de contarnos la jornada el uno al otro, pero no me apetece. Mis días son idénticos y lo único que los anima son estos instantes.
-Como siempre. ¿El tuyo qué tal? Cuéntamelo todo.
-Como siempre – contesta, sin embargo. Sé que le pasa lo mismo que a mí – Te echo mucho de menos.
-Y yo a ti, Nina.
-Fanny está llena de dudas. Cree que no volveremos a jugar los tres al Cluedo – suspira – Es su manera de decirme que cree que no volverás nunca a casa.
-Y yo también lo pienso a veces.
-Vamos, vamos… - me sonríe – Todo se solucionará, siempre se soluciona.
-Tienen que encontrar la cura… estoy bastante seguro que a estas alturas estamos todos contagiados
de nuestras respectivas cepas.
-No pienses así.
-Pero piénsalo, Nina. No sabemos quién porta el virus, sólo que la cepa del sexo opuesto nos matará,
y nos juntan con los de nuestro propio sexo porque, incluso si nos contagiamos, estaremos bien -. Baja la vista, transformándose su boca en una curva que apunta a su barbilla – Lo siento.
-No, yo también lo he pensado -. Vuelve a mirarme y añade, esforzándose por sonreír – Pero todo irá bien, ya verás, aunque tarden. Volveremos a estar los tres juntos y sanos.
-Eres la persona más optimista que conozco, y no sabes cómo lo necesito – digo, acariciando su rostro en la pantalla – Cómo te necesito.
-Y tú eres un dramas – contesta, sacándome una risa corta – Oye, tengo que ir a recoger a Fanny al cole. Hablamos pronto.
-Cuídate, preciosa.
Sonríe como sólo ella puede. Esa sonrisa socarrona tan suya que me trae tantos recuerdos y me hace sentirla aquí, a mi lado.
-Y tú, guaperas – contesta, y corta la llamada.
Aparto el portátil y me tumbo en la cama hasta que el quinceañero me pide ayuda con los deberes. Matemáticas, como siempre, lo único que se le atasca. Estar con él me recuerda cómo es ser padre. Ojalá en unos años esté en casa de nuevo, pero con Fanny. Ojalá sea ella la que me llame porque una integral se le atraviesa.
La tarde pasa tranquila. A pesar de que el portátil está encendido, no recibo ninguna llamada. Supongo que mientras mi tarde es simple, la de mis chicas debe estar llenísima de cosas por hacer, como casi todas sus tardes. No pasa nada, me alegra que sigan adelante con sus actividades y tengan un día a día normal, similar al que teníamos. Ya hablaré con Fanny mañana.
Pronto cae la noche. Ceno y vuelvo a la habitación sin prisa alguna. Miro a la pared cuando me decido a dormirme. El chaval se pasa todas las noches unas cuantas horas pegado a su teléfono móvil y la luz que desprende me resulta molesta, aunque no más que la amplitud de esta cama individual. Antes me incordiaba cuando Nina invadía mi lado, ahora sólo quiero que lo haga de nuevo.
Me arrebujo bajo las sábanas. Yo nunca había dormido así de encogido.
-Señor, señor – dice entonces alguien, agitándome.
Abro los ojos, notándolos pegajosos. La oscuridad es total.
-¿Qué pasa? – pregunto, girándome. Vislumbro un gesto preocupado en el rostro del quinceañero – Ey, chico, ¿estás bien? ¿Qué hora es?
-Son las cuatro, señor, y estoy bien.
-¿Entonces qué ocurre? ¿Por qué me despiertas?
-Porque… - responde mientras me incorporo – No puedo explicárselo. Lo siento.
Se levanta, dejándome confuso, y enciende la luz sin avisar. El fogonazo me ciega un instante, forzándome a achinar los ojos para ver cómo el chaval se acerca a la puerta del cuarto, toma aire y la abre.
Mi corazón se detiene. Fanny está ahí, respirando con dificultad y enfundada en su abrigo, las perneras del pijama que llegan hasta el suelo, los pies metidos en unas deportivas, la capucha puesta dejando escapar su pelo largo. Le encanta llevar el pelo largo.
Salgo inmediatamente de la cama, preso de tanto miedo que quiero cogerla en brazos y sacarla de este ambiente infesto para ella, pero no puedo. Cualquier contacto podría, podría…
Sus ojos grandes se clavan en los míos mientras me arrodillo frente a ella, casi dejándome caer. Es lo más bonito que he visto nunca y necesito gritarle que se vaya de aquí. No me importa cómo ha llegado, no me importa que sea la mayor travesura que ha hecho en su vida, sólo quiero que esté sana y salva, pero aunque la cabeza me mande sacarla de aquí, el resto de mi cuerpo y mis órganos me piden que se quede.
-Papá – dice – Papá te echo de menos.
-Tienes que… tienes que… - comienzo a decir, pero un pinchazo en la garganta corta mis palabras.
-Papá todo está bien. Nadie me va a pillar, pero me tengo que ir casi ya.
-No me digas eso.
-Lo siento. Quería verte.
-Está bien, amor, está bien.
-Voy a ser médico, papá. Si nada se ha solucionado cuando sea mayor, seré médico y podrás volver a casa – dice, sonriendo ampliamente, dejándome ver esos dientes todavía con puntas, todavía creciendo – Te lo prometo.
Asiento con la cabeza, sonriente. La luz del cuarto ilumina su mofletes, pero es ella la que más resplandece por aquí. Es quizás lo único que resplandece de verdad.
-Me tengo que ir.
-Vale.
Mira al quinceañero, que está de pie a mi espalda, y le da las gracias. Después se gira, despidiéndose de ambos agitando esa mano tan tierna, y apenas da unos cuantos pasos antes de volver a mirarme:
-Sé que no puedo, papi, pero… ¿puedo darte un abrazo?
Los chillidos de mi cerebro mandan señales a mi garganta de contestar con una negativa, pero soy incapaz. Soy incapaz. Me rindo a la tristeza de estar solo y la alegría de ver a mi pequeña y asiento con la cabeza. Corretea hacia mí, contenta, feliz como es ella. Abro los brazos, me aprieta con sus crecientes fuerzas, estrecho su cuerpo contra mí. Las lágrimas se escapan por mis ojos y mojan su abrigo.
Lloro lleno de terror por lo que pueda pasarle, lleno de tristeza porque tiene que irse, lleno de alegría porque está aquí. Lloro queriéndola con cada centímetro de lo que soy, con cada una de mis respiraciones y cada uno de mis poros, que se erizan ahora mismo al sentir su piel cándida. Lloro entre los brazos de mi niña como ella ha llorando tantas veces entre los míos.
Lloro en representación de todos los hombres del mundo separados de todas las mujeres a las que quieren y ella me abraza serena siendo todas ellas. 

***

Este relato forma parte del segundo proyecto navideño de @ReivinBlogger, NaviBlogger. El tema era "El regalo perfecto" y en esta lista de participantes podéis encontrar más relatos con esta temática si os ha gustado ^^
Muchas gracias a todos los que leáis y comentéis. Sois gente estupenda.
¡Un abrazo y espero que os haya gustado este relato!

11 comentarios:

  1. Te odio. Te odio muchísimo. Esto... Me ha roto, Juls. Estoy llorando como una idiota, con el corazón encogido. Yo... Mierda, cómo puedes hacerme sentir tantas cosas con unas cuantas palabras. Te odio, en serio.
    Gracias por escribir tan maravillosamente, de esta forma tan cruda y al mismo tiempo tan dulce, tan tuya. Gracias, gracias, gracias.

    ResponderEliminar
  2. Nunca fallas, Julia. Qué maravilla de relato. Qué maravillosa forma de retratar lo humano. cada día lo haces mejor, compañera. Se nota que te apasiona y te lo tomas en serio. Mi más sincera enhorabuena.

    Besos.

    Alberto V.

    ResponderEliminar
  3. Tengo un mar de lágrimas atorado en la garganta. Julia, deja de jugar con nuestras entrañas. Fantástico, como siempre. ¿Qué decirte? Eres única para las distopías y las catástrofes, las entrañas y la crudeza, y de todo eso has sacado una ternura imposible para rompernos a todos en mil pedazos. Mi más sincera enhorabuena, estaré esperando mi indemnización.

    Gracias por escribir, por participar en esto y por dejar que te conozca un poco más a cada relato. Espero que esto sea siempre un poco más y nunca un poco menos.

    Un frío beso festivo,

    Emily

    ResponderEliminar
  4. Casi al final del relato he tenido que dejar de leer e irme a hacer otra cosa. Me estaba comiendo un dolor muy fuerte por dentro y ay. Es una maravilla, Julia, es una joya, me aventuro a decir que lo mejor de lo que te he podido leer hasta ahora. Quiero abrazar a Fanny.

    ¡Un beso y feliz Navidad!
    Paco M.

    ResponderEliminar
  5. Es la primera vez que te leo y ya me he enganchado. Qué imaginativo, inventarte una cosa así para hablar de un tema tan universal. Me ha gustado sobre todo la manera en que retratas la inocencia y la ternura infantiles, que le dan ese toque tan emotivo al final. Muy bonito, sí señorita. Seguiré leyéndote. Un abrazo.

    ResponderEliminar
  6. Voy a coger un tarro mientras leo y estoy segura que al terminar los relatos tendré lágrimas acumuladas en él hasta arriba. Me ha encantado, así de simple y ha sido muy cruel. Estaría genial que pensases en sacar alguna historia de aquí por que yo tengo curiosidad por saber más de la historia. Me ha gustado mucho cómo escribes, es muy natural y sumerges al lector en la historia ^^
    Un fuerte abrazo,
    María

    ResponderEliminar
  7. Me has destrozado con ese final, Juls, no me lo esperaba para nada. Ya casi la veía desapareciendo al girar la esquina, con el abriguito y la estela de sus cabellos; y de pronto choca la imagen de los dos abrazados y llorando.

    Me ha gustado mucho como lo has descrito. En apenas media tarde, con un estilo sencillo y familiar. Con pequeños detalles del día a día monótono y con esa pequeña sorpresa al despertar.

    Un abrazo muy fuerte,

    Yami no-Oji.

    ResponderEliminar
  8. Julia, me has hecho llorar de lo lindo.
    Qué cosa tan bonita, triste, tierna, maravillosa y única has creado.
    Eres famosa por tus relatos desgarradores, llenos de acción, y sangre y más sangre... Y me vienes con estas. Yo me esperaba algo duro, algo wow y esto HA SIDO INCREÍBLE pero me ha pillado de sorpresa.
    QUÉ MAGNÍFICA ERES.

    Un beso enorme,
    Ara.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Posdata: Este relato te puede dar juego a algo más grande. Sí, me he quedado con incógnitas. Quiero más.

      Eliminar
    2. Posdata: Este relato te puede dar juego a algo más grande. Sí, me he quedado con incógnitas. Quiero más.

      Eliminar
  9. Julia, me has hecho llorar de lo lindo.
    Qué cosa tan bonita, triste, tierna, maravillosa y única has creado.
    Eres famosa por tus relatos desgarradores, llenos de acción, y sangre y más sangre... Y me vienes con estas. Yo me esperaba algo duro, algo wow y esto HA SIDO INCREÍBLE pero me ha pillado de sorpresa.
    QUÉ MAGNÍFICA ERES.

    Un beso enorme,
    Ara.

    ResponderEliminar

¡Eh! ¡Ten cuidado conmigo! ¡Tengo una pierna! ¡Y puedo atacarte con ella en caso de no ser respetuoso en tu comentario! Así que vete con ojo...