28 jun. 2016

Las aventuras de Trashy Girl - Generación perdida



Aquella vez todos aparecimos preparados para dejarnos la juventud en una noche de trotar por la ciudad. Bebíamos botellines de cerveza mientras nuestros pasos se dirigían a un pub donde beberíamos chupitos con nombres que nos harían reír. La chica de bucles castaños con el bolso de marca cara prometió decir aquella frase que era ya un chiste privado, entre tantos: "A mí me das un Orgasmo, por favor". 
Después de los chupitos, los Orgasmos, alguien se compró una pulsera que de verdad brillaba en la oscuridad, acabamos en aquel constante segundo sitio justo a quince minutos de que terminara la hora feliz. Teníamos copas en la mano que no sabíamos ni donde dejar mientras nuestros cuerpos se meneaban al ritmo de una música que vibraba en los tobillos y ponía a prueba nuestros tímpanos. Durante unas horas, los corazones rotos no existían, ni el peso de la responsabilidad, ni importaba el dinero, ni las consecuencias, ni si parecíamos tan terribles como éramos. No importaba nada un carajo. Trashy Girl no pensaba en sus azoteas, la chica rubia dejaba el bolso descuidado, al chico homosexual se le quitaba el miedo y miraba a otros hombres con descaro, y yo apartaba a un lado la frivolidad, o el romanticismo, o el cinismo, o el posmodernismo, o todas las palabras con las que siempre intento, inútil, definirme. 
De bar en bar, de disco en disco, agitábamos los brazos, saltábamos, reíamos, bebíamos, cuidábamos de que no quedara nieve bajo la nariz del compañero y nos pasábamos el porro de unos a otros mientras llegábamos a un nuevo local, con el alcohol agitándose en nuestro interior a cada paso, como si pudiera llenar el estómago, el hambre que nos hacía rugir, nuestras venas, todos los huecos de un cuerpo consumido.
Éramos una panda de histriónicos que corría y gritaba a horas inhumanas, que dejaba un rastro de mugre joven según caminaba arrastrando los pies, que vomitaba en esquinas demasiado iluminadas y goteaba una sangre por la que perdíamos años de vida.
Odiosos, éramos odiosos. Éramos esos que la gente desprecia, esos que manchan la ciudad y la sociedad y la humanidad, hijos de una época marchita, una generación perdida que, consciente, se negaba a serlo, e inconsciente, sabía que lo era. En esas noches nos desinhibíamos de todo y aceptábamos lo que éramos. Aceptábamos que los mapas no eran para nosotros, "Google Earth puedes irte a la mierda", que el tiempo estaba perdido y los caminos del Señor son inexistentes, que perdíamos hasta la razón en desmayos que acababan en hospitales y que daba igual, daba exactamente igual. ¿Cómo íbamos a importarle a alguien si no nos importábamos nosotros mismos?
Salíamos del último lugar al amanecer, llegábamos tambaleándonos a cualquier sitio donde necesitaran demasiado el dinero de unos indeseables. Tomábamos café ardiendo y tragábamos cualquier cosa sin masticar demasiado, "¿Alguno tiene aspirinas por un casual?". Las risas se habían esfumado, las gargantas doloridas casi se aliviaban con los tragos de café, los ojos irritados pesaban tanto como el cuerpo, que quería dejarse caer en cualquier lugar y recuperarse, todavía esperanzado en que algún día lucharíamos como él por nuestras propias vidas.
Luego nos despedíamos con la mano y arrastrábamos la piel por las aceras hasta nuestras camas. Al principio Trashy Girl volvía con otra gente, o directamente sola. Luego empezó a venir conmigo. Apoyaba su cabeza mareada en mi hombro, yo la mía en su pelo enredado. Esperábamos así el metro, donde manteníamos la postura para perderla cuando entrábamos en casa. Nos desnudábamos dejando la ropa tirada en un camino que terminaba en el callejón sin salida del dormitorio, y eso si teníamos fuerzas para desnudarnos. Luego nos acurrucábamos en la cama y caíamos demasiado pronto en un sueño similar a un coma. 
Cuando Trashy Girl desapareció, las nuevas noches se fueron con ella. Era su grupo de perdidos, no el mío. A día de hoy sé que yo no terminaba de encajar, como en nada, y que el eje de aquellas noches turbias era Trashy Girl. Probé con otra gente y no era lo mismo: era mejor. Nada de desmayos o vómitos. Caminatas sanas, ambientes seguros, risas que llenaban y sentir una pertenencia, o al menos que la perdición ha dejado de existir, durante un rato.
Volvía, también, a casa con otra gente. Gente que me dejaba apoyar la cabeza en su hombro. Gente que mantenía los ojos abiertos mientras yo podía cerrarlos. Gente que no eran huracanes que me arrancaban la vida a tiras, sino brisas de verano que la devolvían a mis músculos en carne viva.

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