2 jul. 2016

Las aventuras de Trashy Girl - Conducir es todo lo que hacemos


Mis manos estaban en volante y Trashy Girl tenía las suyas sobre su regazo. Su ventanilla estaba completamente abierta, la música se escapaba y el viento revolvía su pelo. No podía verlo, pero sí oírlo. Ante mí se extendía una carretera al atardecer del primer mes de verano. Íbamos a la playa, a una fiesta. Sus amigos estarían allí, quizás alguno mío también, prometían cócteles y música en directo con un DJ del que nadie había oído hablar, pero que a todos valía.
Oí entonces que se descalzaba y subía las piernas al asiento, abrazándolas después, y su ánimo contagioso se extendió por el coche como si no pudiera escapar como la música. No tardé en sentirme triste, tampoco en oír su primer sollozo. Quise preguntarle qué ocurría, pero ella se adelantó: "¿Sabes esa frase que dice que es mejor arrepentirse de algo que has hecho en lugar de arrepentirse por no hacerlo?", esa que pensaba que era una tontería, "Pues a veces creo que no podría ser más cierta".
Se giró hacia mí y dos surcos de lágrimas marcaban ya la piel de sus mejillas. Apenas podía echarle vistazos rápidos, quizás esta imagen de ella no sea más que algo imaginado y romántico, pero recuerdo aquellos surcos, el pelo revuelto, de un tono rojizo desgastado en esos días, una herida en su rodilla que no debía doler ni la mitad que el recuerdo que parecía proyectarse dentro de sus ojos, esos que más tarde rascaría hasta conseguir que el maquillaje se mezclase con las lágrimas alrededor de sus párpados. "Aquel día también fui en coche, también atardecía, también lloraba, pero no iba a una fiesta".
Aquel día, Trashy Girl también fue en coche, también atardecía, y las lágrimas también empapaban su rostro, pero no se dirigía a ninguna fiesta. Tenía la cabeza apoyada en el hombro de un conductor de su edad, alguien que aceptaba sus lágrimas mojando su camiseta, alguien que apretaba el volante del coche robado a su propio padre y miraba a la carretera sin saber exactamente dónde acabaría.
Huían, a saber de qué, Trashy Girl no quiso decírmelo. Huían quizás de sus padres, quizás del "novio formal" que ella mencionó más tarde, quizás de sus propias vidas, del último problema, de la última consecuencia del último problema, o quizás de ellos mismos. Simplemente eran dos chavales subidos en una máquina, alejándose, huyendo, dándole la espalda a algo superior a la fuerza creciente en sus cuerpos todavía por madurar. Todavía no eran suficiente. Todavía era pronto para ellos.
Estuvieron horas metidos en aquel coche hasta llegar a un lugar apartado, ya era de noche y las luces largas no iluminaban tanto como les habría gustado. Sabían que estaban en un lugar elevado, salieron y vieron las luces parpadeantes de su ciudad, apoyándose en el capó. Trashy Girl se arrebujaba dentro de una sudadera estilo béisbol, la piel de los brazos del chico se erizaba ante las ráfagas de viento. Estuvieron un tiempo callados, mirando al horizonte para no mirarse ellos, y a saber qué pasaba por sus cabezas. Probablemente tendrían miedo y por eso no tardaron demasiado en entrar al coche de nuevo, parte trasera, y apagar las luces.
"Pensábamos que duraría poco, pero al día siguiente nos pusimos en marcha de nuevo". Y así un día tras otro, alejándose, alejándose. Gastándose un dinero que caía en sus manos con cuentagotas, gastándose las energías, hasta que llegó una quinta o sexta noche. Para entonces ya acostumbraban a dormir abrazados en los asientos traseros después de charlar un rato. Entrelazaban las manos y las piernas, apoyaban una frente sobre la otra, y el aliento ajeno en los labios propios les llenaba de una calma extraña. A veces las puntas de sus narices se rozaban y ladeaban la cabeza, buscando, buscando, jamás encontrando. "Si nos pillaban, lo harían así, así y no de otra manera". Aunque aquella noche fue distinta.
No podían dormirse. El cansancio acumulado en sus cuerpos les pedía que lo hicieran, pero no podían, simplemente, porque no querían. Se miraban a los ojos en una oscuridad que los protegía contra todo, también contra sí mismos. Decían cualquier cosa para continuar una conversación que había perdido el sentido horas atrás, pero no podían callarse o se verían obligados a enfrentar lo que pasó por la mañana, mientras desayunaban los restos de una pizza: un beso rápido salido de la nada en el cuello de Trashy Girl que consiguió romper todo lo que se habían negado, que resquebrajó los muros de cemento de una presa que ahora dejaba caer su agua por las grietas y salía por sus bocas y sus ojos y sus heridas y los oídos y aun así inundaba sus cráneos y su cerebro sólo podía pensar en el agua, el beso, el agua, la huida, el agua, el coche, el agua y el agua.
No hicieron nada al respecto. El coche quedó inundado según la conversación tapaba a golpe de palabras protectoras aquellas grietas en el embalse, por eso luego salieron y dejaron las puertas abiertas. Me pregunto si el lugar donde estuvieron sigue inundado o si, como ellos, consiguió tragarse todo aquello.
Le pregunté a Trashy Girl si llegó a decirle algo, si llegó a besarle, si cuando volvieron al día siguiente por decisión propia toda aquella huida había merecido la pena. Estábamos saliendo del coche en ese momento, cogiendo lo mínimo para que no nos molestase durante la fiesta, y su respuesta fue el mismo silencio eterno que sellaron en aquel viaje a ninguna parte. 

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