10 jul. 2016

Un día duro

La noche había caído en Fabletown y llenaba también la oficina cuando él entró, tras todo un día dando vueltas, solucionando problemas, dejando otros a medias, llamando para informar a Snow. Esperaba encontrar el lugar vacío, rellenar el correspondiente papeleo informando de sus andadas, y volver a casa fumando para encontrar algo de merecido descanso. Sin embargo, según había dado unos pasos, se percató de la luz de una lamparita que iluminaba lo justo para que alguien se dejara los ojos leyendo, alguien que no podría ser otra que Snow.
Se acercó a su escritorio a paso lento, aunque ella le oyó venir. Eso no hizo que apartara la vista de los papeles, conocía sus pasos tras tanto tiempo, conocía cómo sonaba el peso de un cuerpo que contenía más de lo que aparentaba y se sostenía en unos pies humanos.
-¿Un día duro? - le preguntó él entonces. Snow levantó la cabeza un instante y sus miradas chocaron - Te has quitado los zapatos.
-Sí, sí -. Suspiró - Hace apenas un rato. Me molestaban.
Sin embargo, era extraño. Snow siempre guardaba toda la compostura, toda, incluso cuando se enfadaba. Lo había visto muchas veces: días enteros yendo de un sitio a otro cargando carpetas entre los brazos, hablando con gente que había esperado horas de cola, ocupándose de la tediosa burocracia... y no se le ocurría siquiera quejarse del dolor que debían producirle los tacones cortos, no se le soltaba un sólo cabello del moño bajo que llevaba, se molestaba en colocarse la ropa y mantenerse siempre arreglada. Pocos días Bigby la había visto como hoy, descalza, mal sentada en la silla.
Quizás hacía tiempo. Quizás la primera vez que la vio. Pero incluso entonces, cuando la encontró apenas en harapos y ella puso en sus fauces los grilletes que la atrapaban, Snow mantuvo la compostura, sin temerle, sin llorar ni gritar como hacían todos - como a veces todavía hacían, una reputación que tardaría tiempo en cambiar.
Pero la conocía, sabía que era raro pero no imposible, tras tantos encuentros azarosos a lo largo de los siglos y ahora encuentros diarios, como con el resto de criaturas de Fabletown, aquellos a los que ambos intentaban proteger y cuidar. Por eso caminó hasta su lado en el escritorio, se apoyó en el mismo y se encendió un cigarrillo.
-¿También un día duro? - le preguntó entonces ella. Era lo que Bigby esperaba. Si sus zapatos estuviesen encajados en sus pies, ese cigarrillo se habría quedado en su cajetilla. Hoy era distinto.
-No más que de costumbre - le contestó.
-¿Y qué te ha pasado en la cara?
Snow le miraba bien esta vez, nada de un vistazo rápido. Le observaba mientras él tenía la vista perdida en los edificios al otro lado de la cristalera, por los que entraba la luz de la luna y la de algún cartel de neón. No apartó la vista del moratón que había en la mejilla de Bigby hasta que él contestó, en un tono un tanto triste, que había sido el típico altercado de siempre cuando él aparecía.
-Algún día dejarán de temerte - dijo entonces -. Dejarán de ponerse nerviosos. Te verán como yo lo hago.
-Pero tú nunca me has temido, por eso puedes verme... como soy ahora.
Y era verdad. Ella siempre había visto al que tenía ahora a su derecha, un ser dolorido y dolido que intentaba hacer las cosas como mejor podía, y que durante un tiempo, simplemente, estuvo ciego por el odio, el dolor e hizo cosas que no debería y, a día de hoy, no podía parar de lamentar. Pedía perdón cada vez que alguien sacaba a relucir su pasado. Agachaba la cabeza y su grandeza se convertía en humildad. Buscaba la redención ahora, remendar todo lo que hizo mal. Ella lo sabía.
Snow dejó los papeles sobre la mesa y puso su mano sobre la de Bigby, que agarraba el borde del escritorio, los músculos del brazo velludo tensos, dejando entrever apenas una fracción de la fuerza que contenían.
-Todos hemos llegado hasta aquí, todos conocemos nuestras historias, pero todos sabemos que hemos cambiado, que aquello es sólo lo que un día fuimos - le dijo, en tono suave. Él miraba fijamente su mano - Si sigues siendo quien eres hoy, algún día podrán verte sólo como tal.
-Espero que tengas razón, Snow - contestó Bigby, haciendo un pequeño movimiento de muñeca.
Snow pensó que quería que apartase la mano, e intentó hacerlo, pero pronto vio sus dedos entrelazados con los de Bigby. La diferencia era abismal: los de ella, de piel blanca como la nieve y uñas al juego con sus labios - rojos como la sangre -, finos, alargados, apenas llegaban más allá de los nudillos de Bigby, de aquella mano de palma ancha y dedos fuertes, morena, llena de un vello más fino que aquel que poblaba sus brazos.
-Bigby, no deberíamos...
-Ya lo sé - contestó él. Pero no podía soltarla ahora, ni ella a él. No podían.
-Es sólo... ya sabes, incluso Beauty y Beast siguen juntos, y sabes cómo se llevan.
Se preguntó entonces Bigby que hasta qué punto todos los de su naturaleza habían dejado el pasado atrás, hasta dónde llegaban los límites entre lo que un día fueron y hoy eran. Por eso no podía terminar de creer lo que Snow le había dicho antes, y la prueba era el moratón que lucía en la mejilla.
Apartó la mano de la de ella, que durante un segundo pensó que el momento había acabado y que tardarían siglos en tener otro, pero entonces él subió la mano a su rostro. La acarició con cuidado, con una ternura que nadie sospecharía que podría tener. Pensó en la delicadeza que tenía al escribir, por ejemplo, al dejar cosas pesadas en el suelo, que incluso con sus fauces y rompiendo cadenas había sido cuidadoso y, a día de hoy, sus manos blancas no lucían siquiera una cicatriz de aquel momento.
Y él la miraba. Miraba su pelo negro como el ébano constreñido en el moño, los ojos azules fijos en los suyos, la boca entreabierta a la que siempre miraba cuando ella no se daba cuenta, cuando hablaba con otra persona frente a él. El pobre lobo feroz se rompía por dentro cada día por tantas cosas, tantas...
Snow se levantó entonces y se acercó a Bigby, tomándole el rostro desde el mentón - la barba incipiente le pinchó en los dedos pero no importaba. Hizo como que le examinaba el moratón, girando su rostro, pero ya era tarde y lo sabía. Trató de contenerse, pero pronto se descubrió a si misma bajando las yemas del pómulo a la mandíbula y de ahí al cuello, al hombro. Luego descubrió los ojos marrones de Bigby fijos en ella, en cada movimiento, y pronto notó su mano en su muñeca, una caricia que recorrió su brazo por encima de aquella formal chaqueta blanca hasta su hombro, y entonces, bajó hasta su cintura en un recorrido que llevaba ansiando demasiado. Tuvo que contener un suspiro cerrando un instante los ojos, y cuando los abrió de nuevo, las miradas de ambos lo dijeron todo. No había vuelta atrás y aquello no serviría para nada, sólo para aumentar algo que estallaría más tarde, que siempre acababa por estallar. Pero, ¿cómo iban a evitarlo? Eran quienes eran, sentían lo que sentían.
Snow levantó la otra mano hasta el otro hombro de Bigby, ascendió hasta su mandíbula y se olvidó de su compostura. Le besó allí mismo, y notar el calor de sus labios acalló durante apenas un instante los gritos de lo que su cuerpo pedía. Luego gritaron más fuerte.
Bigby la tomó por la cintura, entonces, atrayéndola hacia sí. Estos eran los únicos momentos, tras intervalos de años de espera, en los que podía expresar una mínima parte de lo que Snow significaba para él. La tomaba entre sus brazos con firmeza, y ella respondía. Se aferraban el uno al otro, no podían hacer nada más.
Y se besaban, se besaban casi devorándose el uno al otro, dejando brotar todo lo que contenían. Snow era siempre la que más mordía, la que dejaba los labios de Bigby hinchados. Era su manzana envenenada y tomaría hasta el último bocado.
Entonces él la levantó del suelo. Snow apenas había enroscado las piernas alrededor de su cadera cuando ya notó que la dejaba sobre el escritorio. No le importó si los papeles se arrugaban, sólo sentía el sabor a tabaco en la boca de Bigby, que mecía la lengua con la suya y no tardó en ladear la cabeza y bajarla a su cuello. Ella se aferró a su cuerpo, sus uñas arañando la espalda por encima de la camisa, más todavía cuando notó cómo la mordía, cuidadoso, pero con deseo.
Comenzó a bajar por su clavícula y su escote, desabrochó deprisa la chaqueta mientras ella hacía lo mismo con la camisa. No le dio tiempo a quitársela, sin embargo, porque él se arrodilló en el suelo y levantó su falda, subiendo las manos por los muslos en una caricia lenta, suave, mientras besaba una rodilla. Tras las manos fueron los labios, la ropa bajo la falda no tardó en desaparecer, y de pronto entre sus piernas la caricia de una lengua. El primer gemido surgió entonces y llenó la oficina y los oídos de Bigby, que disfrutaba de todo aquello casi tanto como Snow. Deslizaba la lengua como a ella le gustaba, buscando oír más sus gemidos y notar sus piernas temblar, haciendo que ella sintiera un placer caliente que comenzó sólo entre sus piernas, pero acabó llegando con cada leve roce a cualquier otro lugar de su cuerpo, erizando su piel, sacando gemidos incontenibles de sus garganta, provocando espasmos pequeños en sus caderas y sus rodillas. Su cuerpo reaccionaba y pedía más, siempre más, y Bigby lo notaba, respondía, adaptaba sus movimientos y ritmo, aguantaba la postura erguida sobre sus rodillas aunque doliera. Compensaba sólo por darle aquello a Snow, que hundía los dedos en su pelo y agarraba, que gimoteaba incapaz de más, y que pronto liberó todo el placer contenido.
Se levantó para observarla disfrutar, vio cómo su gesto había cambiado, que oleadas de placer recorrían su piel y las piernas temblaban mientras la espalda se arqueaba sobre la madera de la mesa. Se inclinó sobre ella, apoyándose en la misma, y esperó a que todo pasara. Snow lo miró cómo sólo hacía en esas ocasiones y se lanzó a su boca de nuevo. Terminó de quitarle la camisa, luego bajó al cinturón, mientras Bigby también la desnudaba, aunque le dejó puesta la falda.
Apartó sus labios para acariciar con los mismos el cuello, el escote, los pechos...mientras acercaba la cadera de Snow al borde de la mesa, y suspiró cuando se notó dentro de ella. Estaba tan húmeda, tan apretada, que no pudo hacer más que moverse, apoyándose con los antebrazos en la mesa. Ella arañaba sin fuerza su espalda, aunque aquello acabó pronto: Bigby se irguió, se empezó a mover con más velocidad, y aquel leve cambio consiguió que Snow lo sintiera todo, absolutamente todo, dentro ella. En aquella postura recibía el placer justo donde más le gustaba, algún lugar en su interior que la llevaba a un placer intenso, fuerte. El mismo que sentía él en aquel instante. Un placer que llenaba sus poros y que sólo les hacía perderse en él, que les pedía más, y más, que los arrastraba consigo hasta un clímax que, para Snow, llegó antes. Sintió que algo detonaba en su vientre, el placer se volvieron descargas que provocaron algunos espasmos, y Bigby lo notó, notó que Snow se estrechaba y, aunque quiso contenerse, su cuerpo le arrastró a lo contrario. Le llevó a moverse de nuevo, a aprovechar aquel instante, se sintió inundado en el placer y lo liberó todo dentro de Snow, apoyándose en la mesa, dejando brotar algún gruñido, algún gemido.
Se quedaron quietos después, recuperándose sin mirarse. Él vio luego cómo ella se erguía y se agarraba a él, pasando un brazo por sus hombros y apoyándose con el otro en la mesa. Se besaron y Bigby volvió a moverse, esta vez más despacio, en un vaivén suave. Ella le notaba entero, cada uno de sus movimientos, disfrutaba con ello y del beso y de aquel cuerpo fuerte que ayudaba al suyo, ya cansado, a mantenerse erguido. La mantenía pegada a él desde las lumbares. Siempre era cuidadoso con Snow, era ella precisamente la más violenta de los dos en aquellos instantes, pero notar tanto mimo en su piel conseguía cambiar la excitación por algo más, algo más que llegaba tarde, llegaba ahora mientras apoyaban una frente sobre la otra y suspiraban y gemían suave, sosteniéndose el uno al otro.
El veneno había hecho su efecto en Snow, pero ella seguía queriendo más de su manzana, y el incomprendido lobo feroz, pese a su fuerza, se sentía entonces pequeño y frágil.




***

Aclaración breve y estupenda: los personajes de este relato pertenecen al juego The wolf among us, que es estupendo, me enamora con su historia, sus personajes, su estilo. He terminado ese juego con una OTP fuerte que son estos dos, Bigby y Snow, y para mi alegría son canon en los comics. La vida a veces es magnífica.
Muchas gracias a todo aquel que lo haya leído ^^

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