19 ago. 2016

Tormenta solar

Detesto el poso eléctrico que ha quedado entre mi cuerpo y el suyo, pero jamás al contrario. También detesto amarlo y alimentarlo cuando veo la forma marcada de su cadera bajo esa ropa que tanto significa, que en mi cráneo aparezca la desnudez ya explorada, pero que todavía siento como virgen, rebosante de enigmas entre los que desaparecer.
Es el universo y soy un astronauta que a veces flota a la deriva, otras se queda en Tierra, algunas está en su estación espacial, a veces es un mero científico que busca explicaciones y entonces me vuelvo aquel que la creó, en su negrura de pronto hay tan poco misterio como en su palidez o esos brillos estrellados en sus clavículas bajo la luz del sol, calle arriba, una crema hidratante maravillosa, o lo que sea.
El amanecer entra por las ventanas, frío y verdoso. Los ojos secos abiertos porque esa electricidad emite el zumbido de la mosca moribunda en el baño, ésa que se acerca a la luz y le arden las patas, pero no hay ventanas en el baño, ni comida, ni el grifo se abre, las paredes y objetos son incomprensibles bajo el ojo compuesto que se copa de la luz de una bombilla en el techo. 
El ambiente es tenue, esa forma incluso tosca donde se une el hueso ilíaco con el fémur, de lado en la cama, miro y no lo sabe. Mis ojos compuestos se ciegan y secan, y aun así, no puedo hacer más.
El astronauta se acerca al Sol.
Y retrocede.
Le da la espalda a lo único que parece brillar en la negrura, cierro los ojos, el zumbido cesa aunque siento la electricidad gravitatoria. Luego se difumina. Siempre hay rendijas bajo las puertas, otras fuerzas en el universo, una ciencia indescifrable a la que agarrarme y un recipiente donde sangro los pensamientos inútiles, en ocasiones las sanguijuelas a punto de estallar, que se restriegan contra el cristal del tarro según las arrojo al río de lo sano y lo correcto, el río de voces sabias, el río de la Verdad.
Entonces abro los ojos y es de día. Las llamas del sol están lejos y la electricidad es algo que le dejo a Tesla. Ya no zumba nada ni soy un astronauta. Las aguas han arrastrado, lejos, el tarro. Es apenas un punto en el horizonte de su cauce, para verlo hay que achinar los ojos. Me descubro y le digo a quien quiero que le quiero. Así le resumo que me hace sentir una galaxia que colisiona con otra en un caos de explosiones, generando nuevas formas en una danza eufórica y eterna.
A la tarde se marcha y encerramos nuestros cuerpos entre los brazos. La tristeza me inunda, pero el tarro ya ni existe, y puedo decir otro te quiero sin miedo, sin cegarme. Mientras sube al autobús, la observo: resulta, una vez más, que es terrestre.

2 comentarios:

  1. Te odio. Te odio, tía. Estoy a nada de echarme a llorar, joder.
    Creo que sé por dónde van los tiros y si necesitas hablar, ya sabes dónde estoy.
    Ah, una última cosa... Escribes magia. Tienes magia en las manos y tinta en las venas.
    Un beso,
    C.

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    Respuestas
    1. Sé que me odias, pero también sé que me quires, que te gusta lo que lees y que te deje a nada de echarte a llorar, JUJUJUJUJU.
      Por otra parte, no te preocupes, puedo llamar al tarro tarro o puedo llamarlo entrada de blog. Simplemente expreso una parte de todo lo que siento y adiós, no me perturba nada.
      Respecto a lo último... muchas gracias ^^ Es todo un halago ser una chica mágica de tinta.
      También gracias por comentar y leer, guapa. Eres estupenda.
      ¡Un abrazo!

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