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22 dic 2015

Manos en la valla (#NaviBlogger)

Un descanso para comer de media hora, como todos los días desde que empecé a trabajar. Uno de mis compañeros viene conmigo, cruzando la acera al restaurante de enfrente. Nuestros pies aplastan las caídas hojas. Es otoño y llevo desde primavera sin abrazar a mi familia.
En el restaurante pedimos el menú de todos los días. Somos habituales y si el camarero nos pregunta qué queremos esta vez es por si alguno se siente innovador, aunque no suele pasar.
-¿Cómo crees que irá la cosa? – me pregunta, dando un trago a su refresco mientras mira la televisión a mi espalda, que habla del único tema candente desde hace meses.
-Espero que avancen al menos en lo de detectarlo – contesto, observando la pantalla a través del reflejo de sus gafas – Así al menos los sanos podríamos volver con nuestras familias.
Me clava la mirada y dice:
-No sabes si estás sano, ninguno lo sabemos.
-Pero esto no soluciona nada.
-Sólo tenemos que esperar.
-¿Pero hasta cuándo? ¿Hasta cuándo?
-No pienses en eso. Lo solucionarán.
El primer plato llega y comemos charlando del trabajo, también durante el segundo, y el postre. Ha sido raro, incómodo tocar el tema, casi nunca lo hacemos, casi nadie lo hace, por mucho que sea todo lo que ocupa nuestros pensamientos. Nadie quiere hablar de ello y es normal, pero a la vez todos queremos. Estas dudas nos consumen día a día junto a la desesperación de volver a ver a nuestras esposas, hijas, hermanas, madres… volverlas a ver frente a frente y abrazar a todas esas mujeres que han quedado al otro lado, con las mismas dudas y sentimientos que los nuestros. Quizás Nina ha tenido hoy una charla similar con una compañera suya.
La jornada termina y me despido hasta mañana de mi compañero. El bus que me lleva de vuelta a lo que ahora es mi casa, un edificio pegado a la valla que separa la zona de hombres de la zona de mujeres, está lleno de silencio. Los niños son los únicos que ríen y que mantienen cierta alegría, ausentes e ignorantes a lo que ocurre. Me recuerdan a Fanny, consiguen arrancarme una sonrisa. Cómo la echo de menos…
Según llego al edificio asignado, corro a mi cuarto. El quinceañero con el que comparto habitación está concentrado en sus deberes. Vivía con su madre y ahora está aquí tan solo como yo. Quizás por eso nos llevamos bien, aunque insiste en tratarme de usted.
-¿Cariño? – pregunta mi mujer cuando se conecta la llamada. Su rostro pixelado aparece en la pantalla, la conexión no es muy buena. Mi cámara por fin se conecta y, al verme, ella dice – Ahí estás.
-Aquí estoy.
-¿Cómo ha ido hoy el día? – pregunta, de alguna manera queriendo mantener la tradición de contarnos la jornada el uno al otro, pero no me apetece. Mis días son idénticos y lo único que los anima son estos instantes.
-Como siempre. ¿El tuyo qué tal? Cuéntamelo todo.
-Como siempre – contesta, sin embargo. Sé que le pasa lo mismo que a mí – Te echo mucho de menos.
-Y yo a ti, Nina.
-Fanny está llena de dudas. Cree que no volveremos a jugar los tres al Cluedo – suspira – Es su manera de decirme que cree que no volverás nunca a casa.
-Y yo también lo pienso a veces.
-Vamos, vamos… - me sonríe – Todo se solucionará, siempre se soluciona.
-Tienen que encontrar la cura… estoy bastante seguro que a estas alturas estamos todos contagiados
de nuestras respectivas cepas.
-No pienses así.
-Pero piénsalo, Nina. No sabemos quién porta el virus, sólo que la cepa del sexo opuesto nos matará,
y nos juntan con los de nuestro propio sexo porque, incluso si nos contagiamos, estaremos bien -. Baja la vista, transformándose su boca en una curva que apunta a su barbilla – Lo siento.
-No, yo también lo he pensado -. Vuelve a mirarme y añade, esforzándose por sonreír – Pero todo irá bien, ya verás, aunque tarden. Volveremos a estar los tres juntos y sanos.
-Eres la persona más optimista que conozco, y no sabes cómo lo necesito – digo, acariciando su rostro en la pantalla – Cómo te necesito.
-Y tú eres un dramas – contesta, sacándome una risa corta – Oye, tengo que ir a recoger a Fanny al cole. Hablamos pronto.
-Cuídate, preciosa.
Sonríe como sólo ella puede. Esa sonrisa socarrona tan suya que me trae tantos recuerdos y me hace sentirla aquí, a mi lado.
-Y tú, guaperas – contesta, y corta la llamada.
Aparto el portátil y me tumbo en la cama hasta que el quinceañero me pide ayuda con los deberes. Matemáticas, como siempre, lo único que se le atasca. Estar con él me recuerda cómo es ser padre. Ojalá en unos años esté en casa de nuevo, pero con Fanny. Ojalá sea ella la que me llame porque una integral se le atraviesa.
La tarde pasa tranquila. A pesar de que el portátil está encendido, no recibo ninguna llamada. Supongo que mientras mi tarde es simple, la de mis chicas debe estar llenísima de cosas por hacer, como casi todas sus tardes. No pasa nada, me alegra que sigan adelante con sus actividades y tengan un día a día normal, similar al que teníamos. Ya hablaré con Fanny mañana.
Pronto cae la noche. Ceno y vuelvo a la habitación sin prisa alguna. Miro a la pared cuando me decido a dormirme. El chaval se pasa todas las noches unas cuantas horas pegado a su teléfono móvil y la luz que desprende me resulta molesta, aunque no más que la amplitud de esta cama individual. Antes me incordiaba cuando Nina invadía mi lado, ahora sólo quiero que lo haga de nuevo.
Me arrebujo bajo las sábanas. Yo nunca había dormido así de encogido.
-Señor, señor – dice entonces alguien, agitándome.
Abro los ojos, notándolos pegajosos. La oscuridad es total.
-¿Qué pasa? – pregunto, girándome. Vislumbro un gesto preocupado en el rostro del quinceañero – Ey, chico, ¿estás bien? ¿Qué hora es?
-Son las cuatro, señor, y estoy bien.
-¿Entonces qué ocurre? ¿Por qué me despiertas?
-Porque… - responde mientras me incorporo – No puedo explicárselo. Lo siento.
Se levanta, dejándome confuso, y enciende la luz sin avisar. El fogonazo me ciega un instante, forzándome a achinar los ojos para ver cómo el chaval se acerca a la puerta del cuarto, toma aire y la abre.
Mi corazón se detiene. Fanny está ahí, respirando con dificultad y enfundada en su abrigo, las perneras del pijama que llegan hasta el suelo, los pies metidos en unas deportivas, la capucha puesta dejando escapar su pelo largo. Le encanta llevar el pelo largo.
Salgo inmediatamente de la cama, preso de tanto miedo que quiero cogerla en brazos y sacarla de este ambiente infesto para ella, pero no puedo. Cualquier contacto podría, podría…
Sus ojos grandes se clavan en los míos mientras me arrodillo frente a ella, casi dejándome caer. Es lo más bonito que he visto nunca y necesito gritarle que se vaya de aquí. No me importa cómo ha llegado, no me importa que sea la mayor travesura que ha hecho en su vida, sólo quiero que esté sana y salva, pero aunque la cabeza me mande sacarla de aquí, el resto de mi cuerpo y mis órganos me piden que se quede.
-Papá – dice – Papá te echo de menos.
-Tienes que… tienes que… - comienzo a decir, pero un pinchazo en la garganta corta mis palabras.
-Papá todo está bien. Nadie me va a pillar, pero me tengo que ir casi ya.
-No me digas eso.
-Lo siento. Quería verte.
-Está bien, amor, está bien.
-Voy a ser médico, papá. Si nada se ha solucionado cuando sea mayor, seré médico y podrás volver a casa – dice, sonriendo ampliamente, dejándome ver esos dientes todavía con puntas, todavía creciendo – Te lo prometo.
Asiento con la cabeza, sonriente. La luz del cuarto ilumina su mofletes, pero es ella la que más resplandece por aquí. Es quizás lo único que resplandece de verdad.
-Me tengo que ir.
-Vale.
Mira al quinceañero, que está de pie a mi espalda, y le da las gracias. Después se gira, despidiéndose de ambos agitando esa mano tan tierna, y apenas da unos cuantos pasos antes de volver a mirarme:
-Sé que no puedo, papi, pero… ¿puedo darte un abrazo?
Los chillidos de mi cerebro mandan señales a mi garganta de contestar con una negativa, pero soy incapaz. Soy incapaz. Me rindo a la tristeza de estar solo y la alegría de ver a mi pequeña y asiento con la cabeza. Corretea hacia mí, contenta, feliz como es ella. Abro los brazos, me aprieta con sus crecientes fuerzas, estrecho su cuerpo contra mí. Las lágrimas se escapan por mis ojos y mojan su abrigo.
Lloro lleno de terror por lo que pueda pasarle, lleno de tristeza porque tiene que irse, lleno de alegría porque está aquí. Lloro queriéndola con cada centímetro de lo que soy, con cada una de mis respiraciones y cada uno de mis poros, que se erizan ahora mismo al sentir su piel cándida. Lloro entre los brazos de mi niña como ella ha llorando tantas veces entre los míos.
Lloro en representación de todos los hombres del mundo separados de todas las mujeres a las que quieren y ella me abraza serena siendo todas ellas. 

***

Este relato forma parte del segundo proyecto navideño de @ReivinBlogger, NaviBlogger. El tema era "El regalo perfecto" y en esta lista de participantes podéis encontrar más relatos con esta temática si os ha gustado ^^
Muchas gracias a todos los que leáis y comentéis. Sois gente estupenda.
¡Un abrazo y espero que os haya gustado este relato!

2 nov 2015

Un perro en el túnel (#ViajesLiterarios)

El niño se movía nervioso, echando miradas rápidas a la anciana que había a su lado. Ambos en pie, ambos en la puerta del Hospital de Todos los Bienvenidos. Ella mantenía la mirada fija en el horizonte. Parecía una estatua. Él era incapaz de quedarse quieto.
Una reportera se acercó a ellos, entusiasmada. A su lado, un tipo sosteniendo una cámara en el hombro. La mujer comenzó a acribillar con preguntas a la anciana, similares a las de cuatro años atrás.
-¿Y por qué la eligieron a usted entre todos los miembros de su familia?
-Porque soy vieja. Gane o pierda, la probabilidad de que mi familia vuelva a ser seleccionada decaerá, y mejor que me vaya yo a que se vaya otro. Yo estoy preparada.
-¿Cómo se tomó que su familia la eligiera?
-Lo decidí yo.
-¿Y qué pasa con este adorable chiquitín? – la reportera se sentó en cuclillas frente al niño. Sus tobillos crujieron pero él no lo oyó – No es normal que los niños sean seleccionados.
El chico levantó la vista. Los labios curvados hacia abajo, los ojos llenos de lágrimas. La sonrisa de la reportera se truncó durante un instante, aunque nadie lo notó en sus casas, en los píxeles de sus televisiones.
-¿Por qué te eligieron a ti? – preguntó, animada. El pequeño tomó aire antes de responder:
-Porque corro muy rápido.
-¿Cómo de rápido?
-Como un perro.
-¿Y tus papás?
-Ellos no pueden. Mi hermana nació hace unos días. Papá trabaja, mamá está muy cansada – le tembló la voz un instante.
-Bueno, si corres tan rápido como un perro, no tendrás problemas.
La reportera se levantó y habló poco más de un minuto a la cámara, de pie entre los dos corredores, algo adelantada. Su tono alegre no cambió en ningún momento, contrastando con la seriedad de los rostros a su espalda. El niño lo oyó según se alejaba a un lado, donde una masa ingente de personas se había reunido sólo para verles entrar al túnel, correr por las calles de La Catedral. El comienzo se acercaba y a cada segundo, a cada nuevo movimiento inquieto del niño, la anciana parecía más de piedra.
El pistoletazo sonó de golpe, asustándolos a ambos. El chico echó a correr entre los vítores ensordecedores del gentío, dejando atrás a la anciana, pero no lo hizo tan rápido como un perro. Era un niño, pero sabía que en velocidad tenía ventaja y pensó que no era necesario cansarse. Mamá se lo había dicho.
El túnel lo absorbió en su abrazo oscuro minutos después. Dentro no había nadie, pero siguió corriendo. No habría parado hasta llegar a la meta de no ser porque no funcionaba así. Cuando llevaba unos cinco minutos, paró. Sus ojos apenas se habían acostumbrado a la oscuridad, los gritos de la gente quedaban lejanos y sonaban como cánticos, su corazón latía con fuerza, no sólo por la carrera.
Respiraba por la boca. Se acordaba de su madre. Quiso llamarla, pero se calló y comenzó a palpar el suelo con las manos. Las lágrimas desapareciendo en la oscuridad, los dedos ensuciándose. Sangró el índice un rato después, al cortarse con algo. El niño apenas se quejó. Se llevó el dedo a la boca. Sabía mal.
Agarró, sin embargo, aquello con lo que se había cortado. Lo palpó cuidadoso. Era un cuchillo. Ahora sólo quedaba salir del túnel y esperar a la anciana. Era lo que le había dicho papá. “Coge un cuchillo, hijo, o lo que encuentres. Corre hasta el otro lado del túnel, espera allí, y haz lo que tienes que hacer”.
-Lo siento, hijo. Es lo que tengo que hacer.
Las palabras de la anciana pillaron por sorpresa al chico, el golpe que le propinó después en la espalda también, su propio grito le sobresaltó. No la había oído llegar. Su corazón palpitaba demasiado fuerte y sonaba en sus oídos, junto con su respiración, sus sollozos, su ropa rozando contra el suelo. Y la anciana había sido tan lenta, tan precavida…
Le empujó al suelo de una patada en la espalda. Ambos se quejaron. Apenas veían, se guiaban por sonidos e intuición, por el instinto de supervivencia.
El niño llamó a su madre en un sollozo. No podía verla, pero la anciana estaba sobre él, un pie a cada lado de su cuerpo inmaduro, con una piedra enorme levantada en sus brazos temblorosos. La iba a dejar caer sobre la cabeza del chico, pero no pudo, no pudo. Claro que no pudo.
La colocó con cuidado sobre su cuerpo, sin embargo. La respiración se volvió ahogada.
-Lo siento – dijo. Sonaba sincera – Lo siento de veras. Pero es tú o yo, pequeño, tu familia o la mía. Ellos lo necesitan. Somos muchos en casa, ¿sabes? Necesitan que gane. No puedo matarte, perdón – sus pasos comenzaron a alejarse – Perdón. Es cruel matarte, pero es cruel dejarte aquí.
-Pesa… - se quejó el chico – No puedo respirar bien… Mamá…
-Perdóname. Perdóname.
La voz de la anciana sonaba más débil a cada paso arrastrado. El niño al principio se revolvió, luchando, pero el miedo podía con él. Había tenido miedo desde que su familia fue elegida al azar. Supo que la decisión sería mandarle correr a él. Varios días de silencios y noches con pesadillas. Pesadillas de todos, pesadillas suyas. Estaba cansado y triste y quería a su madre. Quería ser su hermana. Quería agarrar la mano de su padre.
Levantó las manos a la cara, limpiándose las lágrimas. En aquella oscuridad, las imágenes de su familia llenaban sus ojos, los recuerdos, pero algo en él todavía le pedía correr como un perro, algo natural que le hacía pensar en lo antinatural del momento.
Apenas unos segundos después estaba quitándose la piedra de encima. Sin dudas, con esfuerzo. Metía los dedos tiernos entre su camiseta y la piedra y empujaba. Pesaba mucho, era más grande de lo que creía en principio, presionando todo su tórax y parte del abdomen. Lo intentaba igual, aguantando el aire con esfuerzo, soltándolo instantes después. La piedra tardó un rato largo en caer a un lado.
El niño se levantó, tosiendo de fatiga. El miedo se había convertido en adrenalina y le hizo echar a correr sin dudas, el cuchillo en la mano cortando el aire al mismo tiempo que lo hacía él. No sabía cuánto tiempo había pasado desde que la anciana se había marchado, pero no importaba. Era veloz como nadie. La alcanzaría. No podía haber ganado aún.
Corrió un metro tras otro sin parar, tan deprisa que sentía que iba a caerse. Trastabillaba en ocasiones, se le doblaba un tobillo en otras, pero su cuerpo no tocó el suelo. Sus piernas le llevaron hasta la salida del túnel. La anciana caminaba tranquila hasta la meta: su cuerpo mugriento por el túnel rompiendo con el paisaje anaranjado, proyectando una sombra alargada que casi se mezclaba con la oscuridad que rodeaba al niño.
Cuando le vieron surgir, emanar del túnel a esa velocidad impensable, el público estalló en gritos de sorpresa. La anciana giró la cabeza para otearle por encima del hombro y aceleró el paso. Inútil.
El chico la alcanzó deprisa. Se abalanzó sobre su espalda con un bramido y, sin dudas, le abrió el cuello con el cuchillo tal y como papá le había dicho que hiciera.
Saltó después y una tranquilidad extraña le inundó. Caminó sin prisa hasta la línea de meta dejando un rastro de sangre ajena que goteaba de sus propias manos. Esas manos pequeñas, inocentes, de dedos blandos y líneas apenas marcadas. Esas manos que antes temblaban nerviosas y ahora se mantenían serenas.
Dejó caer el cuchillo al suelo. Los berridos de la gente le impedían pensar con claridad, pero descubrió terror dentro de sí. No por lo que había hecho, si no por lo que iba a pasar. Mamá y papá y su hermana serían felices. Incluso él sería feliz. La probabilidad de que les volviera a tocar bajaría y nunca jamás ninguno tendría que pisar ese túnel tan horrible, tan oscuro… pero ya no era lo mismo.
Cuando llegó a la meta, otra reportera se acercó a él, que no apartaba los ojos del suelo, pensativo.
-¡Menudo giro de acontecimientos! – dijo, poniéndole la mano en el hombro. No se inmutó – Cuando todo estaba perdido, o ganado, depende de cómo lo miremos, la situación ha dado uno de los giros más inesperados vistos en esta carrera – miró al niño – Has llegado a Plain City, pequeñín. Felicidades. Dime, ¿qué ha pasado en el túnel?
-No pudo matarme. Me dejó atrapado, pero me solté y corrí.
-¿Corriste como un perro? –. El chico asintió - ¿Y no tenías miedo? –. Volvió a asentir - ¿Qué te hizo aunar fuerzas? ¿Tu familia, quizás? ¿Tu hermanita?
El niño levantó la vista a la cámara.
-No. Simplemente, comprendí. Lo comprendí todo.
Los ojos del niño se vieron en todas las pantallas de todas las televisiones de todo el país. Resultaron ser distintos a los que habían visto horas antes.  


***

Esta historia pertenece a una serie de relatos de uno de los proyectos de Reivindicando Blogger, en este caso, #ViajesLiterarios. Para completar el recorrido, aquí está The Crazy Writer, el blog donde está publicado el relato del siguiente participante, que empieza en el lugar donde éste termina; y para leer la historia que lleva al Hospital de Todos los Bienvenidos, sólo tienes que ir al blog Huellas en la Neblina.
Dejo aquí también un enlace a la lista de participantes.
Una vez más, muchísimas gracias a todos los que leáis este relato ^^ Espero que os haya gustado y vuestros comentarios. ¡Un abrazo!

1 sept 2015

Memoria - Primeros días - (#ProyectoParaDos)

12 de noviembre
               
                Cae el Sol una vez más y como las criaturas nocturnas comienza mi desvelo. Las noches son interminables en esta casa. El silencio, que tanto necesitaba antes, ahora se vuelve un potenciador de las palabras que surgen en mi mente, preguntándome cuántos misterios esconde este lugar.

He descubierto que la zoología es importante aquí: durante el día me descubro como un ave de presa buscando comida, solo que mi alimento son las respuestas que trato de encontrar. Cuando la Luna domina el cielo, brotan de mi cuerpo nuevas plumas que uso para mojar en tinta y describir a lo que me he dedicado durante el día, qué nuevas presas he logrado cazar. Soy así una lechuza sobre el hombro de Palas Atenea, recordando la batalla diurna y plasmándola, inmortal, en hojas de papel.

Es invierno, aquí igual que en el resto del país, y se nota en el frío que encoge mi alma. Me siento tan desnudo como los árboles del jardín delantero, al que suelo salir para respirar, intentando aclarar los pensamientos tan confusos que se generan aquí dentro. Recuerdo las manos de Catherine tejiendo durante las tardes: cómo creaba armonía y utilidad a partir de un ovillo, y pienso que, si supiera coser, quizás podría poner orden a lo que corre por mi mente y conectarlo. Sería tan fácil como ir desenvolviendo el hilo de los acontecimientos y, mediante un patrón lógico, crear algo que me hiciera comprender. ¿Qué se oculta en los pasillos? ¿Quién los mantiene limpios y ordenados? ¿Qué mano escribió las letras que me llevaron hasta aquí?

Aunque no he visto a nadie desde que llegué, a veces me parece oír pasos en otros pisos, suspiros en el corredor. No sé si se trata de paranoia, pero aunque lo sea, está claro que no estoy solo. Alguien deja comida siempre a las mismas horas en el comedor principal, alguien ordena mi cuarto cuando no estoy, alguien se ocupa de que esta casa no se desmorone. ¿Dónde se esconde esa gente? Por muchas vueltas que dé, jamás encuentro a nadie. ¿Acaso me evitan? Y si lo hacen, ¿por qué me invitaron? O quizá soy víctima de un juego macabro. Es posible que esta casa la habiten presencias extrañas, o incluso espíritus que se divierten a mi costa. No sé si me estoy volviendo loco.

Por muchas veces que recuerde mi vida hasta hoy, no encuentro nada que me lleve a pensar que merezco esto. Aunque hay un episodio que, tal vez, explique mi estancia aquí: fueron muchas las operaciones que he dirigido en quirófano como cirujano y cada una de ellas con resultados diversos. La muerte es algo que va adherido a mi profesión como una segunda piel y más de una vez he tenido que enfrentarme a ella. Pero en el caso de una de mis pacientes fue diferente. Era una niña de diez años, con los ojos más vivos que he visto nunca, y aun así no pude salvarla. Todos mis intentos de mantenerla con vida después de su accidente fueron en vano. Sus padres confiaron ciegamente en mí y yo les fallé. Aunque no veo a esa gente capaz de hacerme esto, además que no gozaban de un estatus tan elevado. No puedo imaginarles manteniendo un hogar como este, pero ¿es acaso un hogar? La actividad es mínima y parece enfocarse en mí, como si nadie más necesitara cuidados, como si hubieran esperado a mi llegada para poner en marcha el complejo mecanismo de asistencia.

Hoy he cenado de pie. Daba vueltas alrededor de la mesa alargada, masticando despacio cada pedazo de carne que cortaba, de un sabor exquisito como todo lo que sirven, pensando en qué escribiría esta noche. Quizá este es el único momento en que pienso con claridad, justo antes de que el agotamiento que supone pensar constantemente en el enigma de este lugar me arrastre hacia la cama.

He decidido, durante un instante de plena lucidez, que si no encuentro a nadie en los próximos días, me marcharé. He caminado antes hasta el portón del jardín y lo he abierto con la intención de salir. He observado largo rato el exterior, pero finalmente no crucé el umbral. Es demasiada la curiosidad que siento por este sitio, quizá la misma curiosidad científica que me impulsó a estudiar medicina hace años.

Ahora tengo claro, sin embargo, que no encontraré las respuestas solo, que éste es un misterio que se escapa a mi lógica. Necesito respuestas salidas de la boca de otro ser humano, o al menos la confirmación de que esto no es nada sobrenatural, de que, efectivamente, son otras personas las que hacen y deshacen a mis espaldas. Si no encuentro a nadie, si los responsables de toda esta locura no aparecen, me iré para no volver. Regresaré a la tranquilidad de los brazos de Catherine y trataré de olvidar toda esta pesadilla sin sentido.




15 de noviembre
               
Definitivamente, me voy, dado que sigo tan solo como al principio. Mi maleta me espera cerrada a los pies de la cama. Cuando termine las líneas que resumen el día de hoy, volveré a casa con Catherine. Estoy hastiado de recorrer los pisos y no hallar más que lo mismo que el día anterior. Este diario no me acompañará, no quiero recuerdos de este extraño episodio. Que se lo queden los fantasmas de este lugar, que hagan con él lo que quieran, a mí esta locura ya no me importa. No tiene sentido y no debo buscárselo. Hay cosas que jamás podremos explicar, creo que lo mejor es aceptarlo por mucho que la curiosidad nos

Acabo de deshacer la maleta. Por fin mis dudas empiezan a aclararse. Ya tengo un hilo del que tirar, un hilo en forma de mujer. Escribiré ahora el episodio que me ha obligado a interrumpir mi narración tan abruptamente, para no olvidar ni el más mínimo detalle:


Un golpe al otro lado de mi puerta me ha sobresaltado, seguido por unos pasos ligeros alejándose por el pasillo. Antes también había oído movimientos y suspiros, pero no tan cercanos. Enseguida he sabido que debía averiguar el origen de tal estrépito, esa era la oportunidad que esperaba. No he tardado más que unos segundos en salir de mi habitación, pero han sido suficientes para ver una sombra girando en la esquina, al fondo del corredor, huyendo quizás. Con una vela como único instrumento para guiarme, seguí aquella figura misteriosa dispuesto a llegar a donde fuera que me condujeran sus pasos. Las alfombras ahogaban el sonido de nuestras pisadas, la luz rojiza alargaba siniestramente las sombras de los cuadros y las esculturas. Avanzaba a través de un bosque de obras de arte que me miraban amenazantes.

Nunca perdí de vista aquella silueta. La seguí cuando subió las escaleras de mármol, cada vez más seguro de que se trataba de una mujer. Los pasillos nos tragaban a ambos y nos escupían en salas que no había visto antes, pero que mantenían la estética del resto de la casa. Los techos, abovedados y afilados como espinas, ofrecían la posición perfecta a las figuras pintadas en ellos para observar nuestra carrera. Ellas conocían el misterio y ahora estaba a punto de acompañarlas en su sabiduría.

La figura se perdió de pronto entre la oscuridad, tratando de esconderse, pero cometió el error de hacer ruido al cerrar una puerta. Me guié por ese sonido hasta un pasillo estrecho similar al que sirve de acceso a mi habitación. Abrí cada puerta con rapidez, echando vistazos que duraban apenas segundos a cada dormitorio vacío, hasta que en uno encontré mi premio: una mujer miraba fijamente en mi dirección. En su mano derecha un candelabro la convertía en una amalgama de sombras y luces, y hacía sus rasgos inhóspitos, tétricos, envolviéndola en un aura rojiza y titilante. Su mirada parecía angustiada, y se sobresaltó cuando cerré la puerta a mi espalda.

-¿Quién es usted? - Le he preguntado. Como respuesta, un silencio entrecortado por su respiración agitada. No he podido contenerme, he expulsado todas las preguntas que llevaba tiempo almacenando - ¿Por qué estoy aquí? ¿Hay más gente como usted? ¿Quién mantiene todo esto? ¿Durante cuánto tiempo piensan seguir con este juego?

Las palabras salían atropelladamente, se me atragantaban y las vomitaba. Estaba tan ansioso por obtener todas las respuestas que ni siquiera dejaba tiempo para que la mujer me las diera. Al igual que un buitre picotea rabioso el cuerpo sin vida de otro animal para saciar su hambre, yo era guiado por el mismo instinto, aunque preguntar sin pausa no tuviera efecto alguno.

-No debería estar aquí - ha dicho ella de pronto, interrumpiéndome. La luz  de las velas parpadeaba, iba y venía al ritmo del temblor de su manos nerviosas.

-¿Por qué no? - he preguntado.

-No puedo responderle. Por favor, váyase.

-Insisto. Tiene que contestar.


En ese momento, ha parecido reunir fuerzas. Ha tomado una gran bocanada de aire, centrados sus ojos en los míos, y ha comenzado a caminar hacia mí. Por un momento me ha recordado a Catherine, la misma determinación en su rostro, la mirada de amenaza que me lanzaba cuando se enfadaba.

-Necesito respuestas - he dicho cuando ha llegado a mi lado. Ha abierto la puerta detrás de mí y ha intentado echarme de su habitación - No puedo seguir con esta incertidumbre - he dicho como último intento de no marcharme con las manos vacías.

-Lo único que puedo decirle es que tendrá respuestas a su debido tiempo - ha especificado, dándome un pequeño empujón que me ha dejado en el pasillo - Por favor, no me busque de nuevo. No sé mucho más que usted.


Esas han sido sus últimas palabras. Al contrario de lo que pretendían, sólo han conseguido generarme más dudas. Nuevos interrogantes que se unen a este baile psicológico. ¿Cómo despejar mi mente si no dejan de llegar invitados indeseables? Que acabe todo esto cuanto antes, que pare la música y se vayan todos. Necesito el salón de baile para mi solo. Necesito estar cara a cara con este anfitrión informe.

***

Este relato es la primera parte (los primeros días) de lo que he escrito con Rodrigo Sánchez Nieto, que es estupendo, para el proyecto de Reivindicando Blogger llamado #ProyectoParaDos. Si queréis continuar leyendo este relato, id a su blog: Stop! It's tea time
¡Esperamos que os guste! Un abrazo.

10 ago 2015

Morid, hombres, morid (#DosCeros)

«El hombre es el único enemigo real que tenemos. Haced desaparecer al hombre de la escena y la causa motivadora de nuestra hambre y exceso de trabajo será abolida para siempre». — George Orwell (1903 - 1950)

***

-Hola, pequeña.
La voz ronca del hombre que era su dueño crispó la tranquilidad de la joven. Levantó la vista lentamente para encontrarse con aquella mirada que siempre la desnudaba.
Se acercó a ella. La muchacha llevaba uno de sus tantos vestidos apretados, cortísimos, y se mantenía en perfecto equilibrio sobre unas sandalias de tacón con plataforma. Aun así, todo el mundo era siempre mucho más alto que ella.
Él, eternamente trajeado, tomó sin cuidado su cintura, atrayéndola hacia sí. Perdió los dedos en el cabello rubio teñido, ensuciándolo, asqueando a la joven, aun más cuando sintió sus nalgas aprisionadas en las manos de aquel hombre.
Se dejaba hacer, sin embargo, como tantas otras veces, como con todos los hombres. Éste era el único que no pagaba por su sumisión, el único que rompía su cuerpo y alma de muñeca sin dar nada a cambio, el único que la dejaba impregnada de su sudor, de su olor pegajoso, cuándo, cómo y dónde él quería.
Su dueño.
No se había dado cuenta, sin embargo, que aunque el cuerpo seguía siendo de muñeca, su alma ya no lo era. La mirada de la joven se había vaciado con el tiempo mostrando el nefasto interior.
Se dejaba hacer, la muchacha. Se dejaba como siempre se había dejado porque sabía que no tendría que aguantarlo mucho más. En cuanto él se empezó a desabrochar los pantalones, haciéndole un gesto con la cabeza a ella para que se diera la vuelta, se alejó unos pasos e hizo lo que mejor sabía hacer: usar su cuerpo.
Fue agachándose frente a él, de espaldas, sin flexionar las rodillas, mientras se bajaba el tanga por las piernas con lentitud. Llegó a los pies, se quitó una sandalia, luego la otra, dejó la prenda en el suelo, apoyó las manos y no se movió más.
El hombre se acercó, levantó su vestido, y cuando ella sintió aquella enorme y sudorosa mano posada en su cadera, agarró la sandalia izquierda y se irguió. Giró, plantándole cara, y le asestó un golpe con el tacón. Eran sus mejores zapatos, con tacones de metal. Se volvieron su mejor aliado cuando se dio cuenta de que podía afilarlos para transformarlos en armas.
Se abalanzó sobre él como una hormiga roja intentando comerse una cucaracha. Ambos cayeron al suelo. El hombro del asqueroso hombre sangraba, el tacón levantado por el flaco brazo de la muchacha goteaba el líquido rojo en su camisa, los siguientes golpes abrieron heridas profundas en su pecho.
La chica descargaba su asco, su ira, su desprecio soltando gritos cortos, gruñidos, hasta que el hombre apenas respiraba. Entonces se levantó, se colocó la ropa, se calzó. Estaba salpicada de sangre. No le importó.
Se acercó al agonizante, puso el pie izquierdo sobre su rostro, dejando el tacón a escasos milímetros del ojo. Le pareció oír una súplica antes de apoyar su peso en esa pierna mientras decía:

-No soy pequeña.

***

Bueno, y este ha sido mi drabble para el proyecto #DosCeros de Reivindicando Blogger. AQUÍ podéis ver la lista de participantes por si queréis leer más relatos de menos de 500 palabras ^^ Como habréis deducido por la frase de Orwell que hay arriba, teníamos que basarnos en una serie de frases que los admins propusieron, y yo elegí esa. No sé cómo ha surgido este asunto de esa frase... pero ha pasado. Espero que el resultado os haya gustado, eso sí :P
¡Un abrazo muy fuerte para todos!

13 jul 2015

Por siglos de polvo (#UnaImagenMilPalabras)


La central eléctrica estaba tan silenciosa como todas las mañanas. Se oían unos pasos lentos, pues no había prisa alguna, recorriendo uno de tantos pasillos. El eco se extendía por toda la mugrienta y abandonada instalación, pero no había nadie para oírlo excepto alguna cucaracha, quizá algún ratón, esa típica paloma que había entrado y ya no sabía salir, y él. Siempre él. Perpetuamente él.
Escuchaba sus propios pasos, observando sus pies metidos en unas deportivas que se había preocupado en cuidar más que su propia piel. Los colores vivos le gustaban más que el tono blancuzco de sus manos, pero ya quedaba poco de eso. Su esqueleto metálico, rojo, se veía por casi todas partes.
El último ser racional de la Tierra era un robot, y uno diseñado para bailar. Ese había sido su destino. No lo entendía, por supuesto, y es que no tenía ningún sentido. Algo que los seres humanos habían conseguido aceptar, que a veces las cosas no tienen un por qué, era un concepto inalcanzable para un robot.
Pero hoy sería su último día. El sinsentido de sus horas, contadas en su reloj interno por cada uno de sus segundos, le había llevado a perder la cabeza – o quizás a ser demasiado cuerdo. ¿De qué le servía bailar si nadie podía verle? ¿De qué le servían todos los movimientos que su cuerpo, ahora oxidado, podía hacer?
Acabó por dejar de bailar. Se dedicó a buscarse a sí mismo en la soledad del mundo. Pasaba los días caminando en busca de electricidad, en busca de libros que pudieran hacerle entender. Poco a poco, metro a metro, fue atravesando antiguos países, saltándose fronteras sin saber lo que eran, aprendiendo idiomas según leía. Pasaba horas en las bibliotecas buscándose, siendo en las universidades dónde más se encontraba.
Cuando terminó de saber de sí mismo, y de otros muchos robots, se instaló en la primera central eléctrica que encontró a su paso. La llevaba él sólo, encargándose de que le proporcionara lo necesario para vivir. En aquel momento, tras recorrer un día más los pasillos, salía a una escalera de emergencias medio derruida.
El paisaje que se extendía ante él era absurdo, aunque no para sus ojos, que eran casi lo único que habían visto en lo referido a paisajes. El Sol iluminaba un desierto que se juntaba con el océano sin transición, sin orilla, sin playa alguna. Según terminaba una duna, empezaba el mar. Dos tipos de oleaje distintos.
Extendió la mano hacia el Sol, su objetivo. Su luz se coló entre sus dedos rojos, entrando en sus ojos luminosos, copando todo lo que podía ver.
Al principio creía que, si su vida no tenía sentido en ese mundo, la tendría en otros. Pero no era así. Nunca lo fue. Cuando se dio cuenta, mantuvo el Sol como su objetivo. Sentía una fascinación extraña, incontenible, hacia el astro, hacia esa enorme bola de fuego incandescente. Sabía que se quemaría si se acercaba a él, pero no le importaba. Ya nada le importaba. Hoy era el día que intentaría tocarlo. Lo tenía todo listo.
Volvió al interior de la central. Quedaba menos de una hora para que la Tierra se alineara perfectamente con el Sol desde el punto dónde él estaba. Lo había calculado con sus libros y lecturas, que también sirvieron para construir unos enormes propulsores que lo sacarían de la Tierra y unas protecciones para no deshacerse en el camino.
Podría haber construido un cohete entero si hubiese querido, tenía todo el tiempo del mundo, pero estaba cansado. No quería pasar vivo un instante más de los necesarios.
Subió hasta el último de los pisos, a la azotea. Le sobraba tiempo, por lo que se concedió unos minutos para bailar por última vez. Acordándose de una canción, bailó en el silencio. El viento hacía que la arena del desierto se colara por sus mecanismos y azotara su piel, arrancándole lo poco que quedaba de ella, pero no importaba. Fue el baile más perfecto y a la vez el más triste que jamás se hizo en la Tierra. El aceite se escapaba por los ojos del robot cuando terminó, cuando se puso sus propulsores en piernas y manos, cuando tapó con las protecciones su piel cubierta por siglos de polvo.
Esperó mirando al frente, al extraño paisaje. Si se concentraba, podía oír el murmuro del mar mezclado con el oleaje del desierto, trasladando las dunas, moviendo cada grano de arena.
Finalmente, llegó la hora. Su reloj interno, siempre funcionando a la perfección, se lo hizo saber. Estaba todo programado en uno de los ordenadores de la central. Un segundo, dos, tres, cuatro: los propulsores se encendieron, levantando una nube de polvo, elevándole a una velocidad disparatada, llenando sus oídos de una explosión ensordecedora que dejó a su paso un nubarrón grisáceo.
El robot sintió algo parecido a la adrenalina recorriendo sus venas aceitosas. No pudo evitar gritar. Ese fue el primer sonido que emitió con su propia garganta tras tanto tiempo callado: un grito de rabia, de júbilo, de tristeza.
La luz del Sol ocupaba más sus ojos a cada momento, sintió cada una de las capas de la atmósfera rompiéndose a su paso, haciendo aumentar de temperatura las protecciones, partiéndolas. Durante un instante pensó que no lo lograría, pasando por su cabeza todos los posibles errores, pero lo hizo. Las protecciones y los propulsores se desprendieron una vez estuvo fuera de la Tierra. Fue entonces cuando dejó de gritar, o quizás cuando el silencio del espacio hizo que callara.
Tenía el Sol un poco más cerca, y sabía que no duraría mucho. Podía sentir su cuerpo siendo atraído por la gravedad de la Tierra. Volvería a caer y el choque sería brutal. Moriría. Se convertiría en mil pedazos, mil granos de metal en el desierto, mil gotas de aceite en mar.
Pero ese era el momento con el que tanto había soñado. Su momento. Su sentido de haberse dejado vivir.
Extendió sus manos rojas hacia el astro. El frío del espacio le congelaba a cada instante, pero él podía sentir el calor en las yemas de sus dedos, en su rostro, en sus piernas, en la levísima sonrisa que se dibujó en su cara.
Mantuvo los brazos extendidos hacia el Sol según caía de vuelta a la Tierra. Las ratas de la central a veces se chocan con un dedo metálico, rojo, que surge de entre las dunas del desierto. Un dedo que apunta al cielo. 
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Bueno, éste es mi relato para el nuevo proyecto de Reivindicando Blogger, que consistía en elegir una de las imágenes propuestas (es la que veis más arriba, un cuadro de William Turner titulado "Castillo Norham al amanecer"), inspirarse en ella y dar al relato una canción que lo ambientara o similar. 
Espero que os haya gustado leerlo tanto como a mí escribirlo ^^ Muchísimas gracias por los comentarios que dejéis, y si no los dejáis, por leer, y si no leéis, por haber clickado en el enlace que haya puesto por Twitter o vete tú a saber.
Un abrazo muy fuerte, y os dejo un link a la lista de participantes. ¡Pasaos!

22 abr 2015

Silencio en Marte (#PGLiteratos)

Los recuerdos invadían su cabeza según pasaba, con lentitud, con parsimonia, las últimas hojas de un libro que ya había leído en anteriores ocasiones, pero que en ésta no quería que acabara.
Se acordó del primer día que pisó las arenas de Marte. En cuanto puso el primer pie, se sintió más ligero. Era por la gravedad, más débil que en la Tierra. Se quitó el casco sin temor, sabiendo que hacía años que Marte había sido completamente terraformado y se podía respirar un aire más puro incluso que el de su planeta natal.
Tomó una bocanada, con una sonrisa enorme en sus labios. Por fin, por fin había llegado a Marte. Él, junto a su mujer, que saldría de un momento a otro del cohete, y unos cuantos humanos más, iba a habitar una nueva ampliación de una de las ciudades del planeta rojo.
Llevaban tiempo deseándolo, queriendo ir allí a ayudar a formar un segundo hogar para la especie humana, trabajando en construcción o minería, conociendo gente tan aventurera como ellos.
-¡Mira, cariño, es precioso! – dijo entonces, extendiendo los brazos, queriendo abarcar todo lo que alcanzaba a ver.
Nunca olvidaría las primeras palabras que dijo allí, en la tierra que ahora mismo pisaba, ni la primera impresión del paisaje: las arenas anaranjadas, con rocas salientes repartidas a cada paso. Las montañas y colinas al fondo, a la derecha una carretera de construcción humana, el extenso cielo azul, del color más azul que había visto.
-Sí que lo es… - susurró su esposa, dejando el casco en el suelo y apoyando la cabeza en su hombro después.
Ahora esa misma esposa estaba a su lado, mirando hacia arriba con una mezcla de frialdad y tristeza en los ojos, como si no quisiera que la visión que iluminaba su rostro llegara a su corazón, pero inevitablemente afectada al mismo tiempo.
Las cosas comenzaron bien. Llegaron pronto a la casa que habían comprado porque vino un comité de bienvenida. Todos se estrecharon la mano, se besaron en las mejillas, se abrazaron. Los que ya llevaban un tiempo habitando allí contaron maravillas sobre lo que les esperaba – nada nuevo, por otra parte, para los recién llegados, que no habían oído otra cosa. Les llevaron en sus automóviles hasta sus nuevos hogares, dijeron en qué calles vivían ellos, les invitaron a tomar limonada.
El matrimonio encontró tranquilidad cuando entró en la casa, que era blanca y muy nueva, de dos pisos más desván, y con un precioso porche donde sentarse a leer el periódico, o algún libro. A escuchar la radio o a ver pasar a los vecinos del barrio.
Caminaron por su hogar sin soltarse las manos, probando el sofá, los grifos, la televisión, las ropas que venían en los armarios – las cuales ellos mismos habían seleccionado -, los interruptores, las escaleras extensibles que llevaban al desván. Todo funcionaba a la perfección. Todo era, de hecho, perfecto.
Aquél día hicieron el amor como hacía tiempo que no lo hacían. Se notaban más jóvenes, más idealistas, más sanos, más cariñosos. Tenían unos días para habituarse antes de comenzar a trabajar, y todos y cada uno de ellos se entregaron el uno al otro de la misma manera que el primero, disfrutando al máximo de una felicidad que temían que acabara.
Y había acabado. De aquello quedaba poco ahora. Se daban la mano. El cariño, el amor, todavía existía, pero era imposible para ellos sentirse felices ante lo que ocurría frente a sí.
Ella observaba con tristeza a los niños que bailaban y corrían alrededor del horror, y también a los padres que reían ante las chiquilladas, decidiendo tener la ignorancia por bandera. Sus propios vecinos, con los que había tomado el té, estaban ahí, contentos. Sus propias amigas, de las cuales había empezado a aislarse, con las que había preparado el pavo del Día de Acción de Gracias, apoyaban sus cabezas en los hombros de sus maridos y miraban con sonrisa complaciente, como aliviadas.
Apretó más fuerte la mano de su hija, de apenas siete años. Su única y preciosa hija, que como su esposo, estaba sumergida en un libro. La mujer, que había decidido leer por última vez en casa, se negaba a soltar las manos de su familia, obligándoles a pasar las hojas con el pulgar, haciendo equilibrismos para que el volumen no cayera a sus pies. Ellos lo entendían, cada uno a su manera.
Bajó la vista. Su último libro seguía donde lo había dejado antes, con cuidado, casi quemándose la mano. Cerró los ojos, no podía permitirse llorar, y luego volvió a mirar hacia arriba, donde las llamas fenecían.
Todo empezó a decaer un día en la playa, donde las aguas siempre estaban quietas de no ser por la gente que se sumergía en ellas. Tomaba el sol con una de sus amigas del trabajo, cuando ésta le dijo algo acerca de que los libros eran peligrosos. Tuvieron un pequeño debate al respecto, algo que no llegó a nada, y la esposa pensó que siempre hay gente temerosa, que ve maldad en el saber.
A los pocos días leyó un artículo en el periódico que hablaba, precisamente, de la maldad que podrían traer los libros de ficción, la poesía, el teatro: la literatura; y de que había que ceñirse a escribir meras cosas informativas o para la enseñanza y aprendizaje. Releyó más tarde, horrorizada, el artículo a su marido. Ambos pensaron de inmediato en una novela en particular: ¿y si tenía razón?
La volvieron a leer, juntos, y también otras obras del mismo autor, y de otros autores del mismo género. Miraron, desde el ventanuco de su desván, las montañas de Marte, y también cómo el miedo invadía cada vez más las calles. Pero miedo, ¿a qué? ¿A la cultura? ¿Al saber? ¿Al pensar? ¿Acaso temían que las historias fueran ciertas?
Ciertamente, ellos también lo temían, pero de otra manera.
Decidieron inculcar en su hija, quizá demasiado joven aún, con toda la rapidez que pudieron los valores que ellos mismos tenían. La pequeña era inteligente, tanto como sus padres, y no le costó demasiado aprender. En la guardería, sin embargo, no les felicitaron por lo bien que sabía su hija el abecedario, o por cómo leía sin problemas sus primeras frases.
-Te quiero – se dijeron cuando se decidió encender las hogueras.
También se lo decían cuando veían algún brillo extraño en el horizonte. Se miraban a los ojos con preocupación, preguntándose si sería una de esas ciudades que se suponía que nunca habían existido. Y en una ocasión se lo dijeron al ver a una mujer rechoncha, de facciones pequeñas y feas, con las comisuras de los labios manchadas de los bombones que comía según caminaba, entrar en una tienda de vestidos de novia. ¿Era esa, acaso, la infame Genevieve?
La niña cerró su libro. Había terminado. Miró a su madre, que seguía con la vista fija en el final de las llamas, y preguntó:
-¿Por qué, mamá?
La madre bajó la vista a su pequeña, y ésta preguntó:
-¿Por qué el zorro se queda sólo en el desierto? ¿Qué pasa con el aviador? ¿Por qué es tan importante la rosa? ¿Y qué tiene que ver el dibujo del sombrero, o el del corderito?
La mujer soltó un instante la mano de su marido para arrodillarse frente a su hija. Acarició con cariño sus mofletes, observando con admiración sus ojos curiosos, y se obligó a sonreír.
-Algún día lo entenderás, amor – dijo – Lo que tienes que hacer es no olvidarte jamás de la historia, ¿vale? ¿Me lo prometes?
La pequeña asintió un par de veces con la cabeza, y vio en el rostro de su madre el orgullo que sentía por ella, pero también le pareció ver que sus ojos se empapaban en lágrimas. No entendió hasta años más tarde, cuando llegó a la adolescencia, el por qué de esas lágrimas, ni de la importancia de que recordara bien la historia. Tampoco el abrazo triste que le dio su madre aquella noche, ni el beso en la frente antes de dormir, sin cuento antes.
-Ahora tengo que dejarlo ahí – dijo, mirando el montón de libros ennegrecidos.
Su madre la dejó libre, y la pequeña, sintiendo algo de pena en su pecho, soltó el libro y luego se alejó corriendo. Se abrazó a la pierna de su madre, que se había vuelto a levantar y tomaba de nuevo la mano de su padre. Vio cómo su libro favorito, el último que leería en su vida, se deformaba y desaparecía.
Finalmente, el hombre leyó la última línea. Cerró el libro, suspirando. Miró a su mujer a los ojos, intentó esbozar una sonrisa para animarla, cosa que no consiguió. Observó después la hoguera apenas unos instantes. Su mano temblaba, y tembló también cuando lanzó el ejemplar en parábola hasta las llamas.
Lo vio volar un instante, como a cámara lenta. Vio cómo se abría en el aire con facilidad. Lo había leído tantas veces que no necesitaba forzarlo para que quedase abierto. Pensó por un momento que saldría volando. Que las páginas se unirían y trabajarían juntas para aletear, y que conseguiría huir de una muerte segura.
No fue así. El libro, inerte, alcanzó el fuego, y sus llamas lo alcanzaron también. El hombre tuvo que apartar la mirada y cerrar los ojos.
-Tenía razón – dijo a su esposa, apretando su mano – Ray tenía razón.
-Todos los autores la tienen de alguna manera – respondió ella.
No dijeron nada más. Su silencio, sin embargo, no pudo ser cubierto por las risas de los niños que corrían y jugaban, ni por los comentarios de sus amigos y vecinos. Tampoco el crepitar de las llamas quemando los libros lo consiguió, por mucho que fuera el sonido más potente de la noche.
Se trataba de un funeral, al fin y al cabo. El silencio lo decía todo.


***

Ray Bradbury murió hace cosa de tres años, en 2012. Fue uno de los más influyentes escritores de literatura de ciencia-ficción, fantasía y distópica, siendo sus libros más conocidos Fahrenheit 451 y Crónicas Marcianas, en los que he basado este relato. Consideraba que sus relatos transmitían propósitos morales, y transmite con todos ellos una sensación desconcertante, de soledad y angustia con respecto a lo que pueda ocurrir y, a la vez, con respecto a lo que ocurre, puesto que suele situar el tiempo en un futuro lejano para la humanidad, pero las historias son tan cotidianas que resulta imposible no sentirse identificado.

Como dato curioso, existe un asteroide llamado Bradbury en su honor.
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Bueno, tras otros pocos meses sin actividad, he vuelto gracias a otro de los proyectos de Reivindicando Blogger ^^ Menos mal. Si no llega a ser por ellos, se me muere el blog xD
En fin, este proyecto consiste en homenajear a un escritor mediante un relato, y he escogido a Ray Bradbury dado que me ha hecho pensar en muchas cosas y su estilo, junto con los temas que eligen, me encantan. Me parece un hombre adelantado a su época, y del que se puede aprender mucho gracias a sus libros.
Espero que os haya gustado, y a ver si os anima a leer algo de él, que merece mucho la pena ^^
Muchísimas gracias a todo el que lo lea, y también a todo el que comente. Sois unos amores.
Y a los seguidores habituales del blog, disculpad la inactividad. La uni me tiene muy atrapada, pero dentro de poco terminaré de escribir Carne entre los dientes y podré ir publicándolo ^^
¡Un abrazo a todos! ¡Sus quiero!

Para más homenajes, clickad AQUÍ, que hay muchos autores ^^

26 dic 2014

Los extraños (#NaviBlogger)

Los extraños se reunían cuatro o cinco veces al año en fechas clave. Iban a comer o a cenar, a preguntarse lo mismo de siempre, sonreír, hacer bromas que en ocasiones rozaban lo ofensivo, algunas veces intercambiaban dinero. Se suponía que debían pasarlo bien y lo intentaban, a su manera.
Se conocían desde siempre, pero a la vez se desconocían. Cada vez no eran los de la anterior ocasión, y eran los mismos al mismo tiempo. Mismas caras, mismas voces, mismos estilos. Iban creciendo los más pequeños, madurando los intermedios, envejeciendo los mayores. En realidad, parecía que comían o cenaban para ponerse al día, pero no había tal interés. Nunca lo hubo. Era lo que se suponía que tenían que hacer y lo hacían.
Cada uno destacaba a su manera: la anciana viuda que se ponía triste al recordar en fechas de fin de año a su marido, el padre peculiar que animaba la fiesta a su manera, con cultura y otras cosas que los extraños raramente entendían, la hija casi siempre silenciosa que intentaba encajar al tiempo que quería ser ella misma, la madre de otro extraño, que incitaba a la hija ya mencionada a hacer cosas que ella no quería hacer y que imponía su opinión frente a la del resto, el tío callado que reía de cuando en cuando, el otro tío que contaba chistes ante los que casi nadie se reía, la tía afectiva de belleza extraordinaria que reía a carcajadas en todo momento.
Una vez más, los extraños estaban de gala, en una de las casas de uno de ellos y con una cena de demasiados platos frente a sus ojos. Reían y hacían chascarrillos mientras hablaban de todo y de nada, de sus vidas y de las de otros.
“¿Qué estás estudiando?” “¿Cómo va el trabajo?” “A ver si me dais más nietos pronto…”  “¿Cuándo os vais a casar?” “¿Quieres más gambas?” “¿Y eso para qué sirve?” “Quizá para el próximo año ya no esté entre vosotros” “¿Habéis visto esa peli?” “La situación política del país…” “¡Pero si nos vas a enterrar a todos!”
Había, en ocasiones, silencios incómodos que dejaban entrever lo que los vestidos, las corbatas, los chalecos y tacones, junto con la abundante comida y la constante cháchara, trataban de ocultar. Esa incomodidad latente, esa falta de verdadera confianza, esos largos periodos de tiempo en los que no se veían, esas ganas de ir a casa, o de que se fueran de la casa.
-¿Y qué tal llevas la carrera? – preguntó la madre de otro a la hija ajena.
-Bueno, tengo los exámenes pronto, así que voy estudiando en vacaciones… - respondió ella con una sonrisa amable en la boca, que había perdido ya el tono rosado de pintalabios que había elegido cuando se preparaba para la reunión – Espero que salgan bien.
-Y si no, siempre puedes cambiarte de carrera – replicó la mujer, y luego rió de manera pérfida bajo la percepción de la hija.
-¡Deja a la muchacha tranquila! – exclamó la tía con la gracia que la caracterizaba - ¡Que sea feliz con lo que ella quiera!
La hija rió con amabilidad, casi con agradecimiento, según cambiaba la conversación cambiaba a otra cosa.
-¿Habéis visto mi nuevo reloj? – preguntó otro extraño, mostrando su muñeca – Es bonito, ¿verdad?
-Sí, la verdad es que sí.
-Ya me gustaría a mí tener uno así de guapo.
-Pues nada, baratísimo. Un ofertón.
-Pues a mí no me gusta.
De pronto hubo un intercambio de puyas que salían de situaciones anteriores, antiguos roces y tensiones que de algún modo seguían latentes. También había un cierto cariño, pero lo malo salía más frecuentemente a flote. Era inevitable.
Las puyas pararon cuando llegó el momento de tomar los postres. Los estómagos llenos se esforzaron por dejar un poco de espacio, y así bajaron por el esófago un trozo de tarta de limón, turrón, mazapán, e incluso un mantecado.
Poco después llegaron los regalos, no demasiados, pero ninguno miraba el diente a su caballo. Se suponía que los regalos se entregaban al día siguiente, pero los extraños eran también extraños en eso. Suficiente tenían con cenar dos días en fechas tan pegadas, con verse las caras tan seguidamente.
Tras los regalos hubo un brindis, unas risas, un desperdigarse por la casa, hasta que a cierta hora empezaron a irse en sus coches. Unos dejaban a otros en sus casas y luego iban a las suyas propias a reposar la comida durante el sueño, y donde justo antes de dormir, pensarían: “Pues ya está, sólo queda Año Nuevo”.
Los extraños, por un momento, se juntaron con más extraños, que caminaban por la calle con otros extraños más. Se mezclaron varios grupos entrando a un parking, y podrían haberse subido en coches ajenos, con extraños ajenos, olores ajenos y haber llegado a casas ajenas, que el resultado habría sido el mismo.
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Lista de participantes de #NaviBlogger <--- ¡Entrad para leer más cosiñas navideñas o antinavideñas mientras yo sigo tope loca haciendo cosas para la universidad!
En serio, a ver si retomo esto decentemente, que lo hecho de menos D:
¡Muchas gracias a todos los que leáis este relato!

19 sept 2014

Neminis Terra - Los dientes al mascar


El primer golpe siempre es el más fuerte. Se lo doy en plena cara. Siento sus pómulos, su piel, dolor en las manos, toda la fuerza atravesándome desde los nudillos hasta el hombro. Los siguientes son rutina, más suaves. Apenas los siento hasta que paro, hasta que agarro al tipo de la pechera y le acorralo contra la pared. Es ahí cuando me doy cuenta de lo rápido que respiro y de cómo me duelen los puños.
-No voy a darte nada – dice, todavía mascando.
Gruño antes de golpearle una vez más. Y otra. No grita. Ninguno de ellos grita. Tampoco cuando le tiro contra el suelo. El cielo se despeja un instante, lo suficiente para que la luz de los dos satélites ilumine la escena, para que vea su cuerpo rebotar, su mandíbula mascando, sus ojos de diminutas pupilas fijados en mí, su rostro lleno de sangre.
-¿Eres una mujer? Quién lo diría – me dice, esbozando una media sonrisa.
Aplasto su abdomen con mi bota, dejándole casi sin aliento. El lugar se oscurece segundos después, y me lanzo a por él. Recupera la respiración mientras busco en sus bolsillos y en cualquier espacio de sus ropajes. Cuando encuentro esa maldita planta, me aparto de inmediato.
-¿Tú también eres adicta? – me pregunta, incorporándose – No tienes pinta de serlo.
Le ignoro. Guardo la planta en uno de los bolsillos. No he tenido tiempo de mirarla, pero creo que por desgracia es pequeña. Tendré que buscar a otro adicto más esta noche, con esto no es suficiente.
Me alejo del lugar, dejando al jadeante drogadicto atrás. Oigo cada uno de mis pasos contra la calzada de piedra, oigo el aire entrando y saliendo de su garganta, y oigo como a pesar de todo sigue mascando y mascando la planta. Y ese sonido es el único que queda al final. Por mucho que me aleje, por mucho que me concentre en mis botas pisando el suelo. Los dientes al mascar.  Es todo lo que queda.
***
-Lo que está claro, su majestad, es que tenemos que hacer algo con esos malditos drogadictos. Empiezan a ser un auténtico problema – dice uno de los consejeros del rey.
-Además no pertenecen a la ciudad. Vienen del poblado de dentro de las cataratas. No son nuestra gente. No deberían estar aquí – comenta otro.
-¿Y cómo han llegado hasta aquí? – pregunta el rey, apoyando los codos en las rodillas y entrelazando los dedos de las manos. Sus ojos amarillentos, como los de cualquier habitante de esta ciudad, están llenos de interés.
-Somos los mayores productores de kirey, su majestad. Vienen buscando eso. Les da igual si tienen que escalar una catarata o tirarse por ella.
-Pero no la producimos para usarla como droga. La producimos como planta medicinal. Nuestro reino es conocido como El de los sanadores por algo – rebate el rey.
-En bruto es una potentísima droga, como bien sabe, y eso es lo que ellos buscan. Es lo que necesitan. El kirey es demasiado adictivo.
-¿Y cómo consiguieron kirey en bruto en un principio?
-Majestad, el kirey brota en el poblado de dentro de las cataratas de manera totalmente natural. Es un pueblo de drogadictos y cada vez necesitan más.
-¿Cuáles son las opciones para librarnos de ellos?
-Yo propongo que el capitán de la policía militar movilice sus tropas para identificarlos y expulsarlos de la ciudad – propone el consejero que habló primero.
-No me parece una mala idea – responde el rey - ¿Tiene la capitana algo que decir al respecto?
Tomo aire antes de apoyar la mano en la mesa que hay frente a mí, una mesa alargada y curva, hecha de mármol pulido. Me levanto lentamente y pongo recta la espalda. Los gestos de sorpresa se extienden por toda la sala. No soy de la ciudad. No tengo sus ojos amarillos, ni su piel grisácea, ni sus cuerpos alargados y finos. Soy de piel negra como las pupilas que me miran ahora mismo, cuerpo achatado y fuerte, y una cola acabada en un largo aguijón sale desde mis lumbares y llega hasta mis pies.
-La capitana sólo tiene que decir al respecto que hará todo lo que esté en su mano para identificar y expulsar a los drogadictos – digo, mirando al rey a los ojos. Él es el único que no se sorprende. Llevo mucho tiempo trabajando a su lado, no como sus consejeros, que cambian cada mes.
-Bien, capitana, siéntese – dice, asintiendo con la cabeza, y obedezco - ¿Tenemos algo más que discutir por hoy?
-Asuntos económicos, su majestad – responde otro consejero.
-Entonces, capitana, usted puede retirarse.
Me levanto de nuevo, hago una reverencia desde mi sitio, y abandono la sala con paso firme. Los guardias abren  para mí las altísimas y pesadas puertas de la sala del consejo. Recorro el resto del palacio. Es un lugar enorme, lleno de luz, con alargadas cristaleras en las que hay dibujadas imágenes de la historia de nuestra ciudad, nuestro pequeño reino. Las guerras que ganamos. Las que perdimos. Los años de enfermedad. La época dorada.
Pero no me interesan las cristaleras. Me interesa lo que se ve a través de ellas: la ciudad. El astro ilumina hoy sus calles más que de costumbre. Todos los edificios alrededor de palacio son altos, hechos de piedra pulida, luminosos, con ventanas grandes. A partir de ahí, se van volviendo más pequeños, menos ricos. A las afueras de la ciudad no hay más que casas pequeñas y bajas, hechas de madera, con enormes campos de kirey a su alrededor.
Atravieso los jardines de palacio, con sus preciosas flores y sus árboles y setos recortados en formas curiosas, como si fueran animales, o una planta de kirey gigante, o un obelisco.
Fuera están los coches de caballos de los consejeros. Yo no tengo, no lo necesito. Me gusta caminar. Es bueno para mis piernas. Y por eso voy por el camino de piedra hasta el barrio rico. Sus gentes caminan con elegancia, visten con elegancia, hablan con elegancia, huelen a elegancia. Una mujer mordiendo una nectarina en el barrio rico no se compara con una mordiendo una pera en el barrio pobre.
La del barrio rico tiene los labios pintados, junto con sus uñas, y viste un vestido largo, con falda abombada en el trasero y un apretado corsé. Toma la nectarina con cuidado y sutileza entre sus dedos, sosteniéndola apenas con las yemas, y le da un pequeño mordisco. Cuando el líquido sale y se desliza por la comisura de sus labios hasta su barbilla, se ríe y mira coquetamente a cualquier hombre, que en seguida saca del bolsillo un pañuelo para que ella se limpie. Y luego ambos ríen con amabilidad y el hombre la invita a tomar algo, o quizá a dar una vuelta.
La mujer del barrio pobre no lleva nada pintado. Viste con la ropa que se lleva bajo el corsé, con la falda sucia y rota cerca de los pies, y va descalza. Agarra con fuerza la pera en su mano llena de suciedad, y hunde sus dientes dando un gran mordisco, sin piedad alguna. Si el líquido sale por su boca, se lo limpia con el brazo. Y luego sigue su camino, sola, comiéndose la pera con ansia.
Si alguien me hiciera elegir una de las dos, elegiría a la rica. No por cómo come la nectarina, ni por sus labios pintados, ni por su mirada coqueta, ni  porque sea rica. Simplemente, no tiene piojos.
Termino de salir del barrio rico, llegando a la zona donde empieza a transformarse el un barrio de clase media, y donde está la residencia para militares donde vivo. La sustenta el rey, así que no tengo que pagar nada. Y vivo en la mejor de todas las que hay a lo largo y ancho de la ciudad, y tengo el mejor piso: el ático. Es lo que tiene ser la capitana de la policía militar.
Paso la valla, y luego el breve jardín, para acabar subiendo las escaleras hasta mi piso, donde entro. Antes de empezar a trabajar, guardo las plantas que recogí anoche en su sitio, un pequeño espacio debajo de una de las losas del suelo del salón. La losa encaja perfectamente y no se nota que, en realidad, es una tapa para el escondrijo.
Después saco todos los papeles. Todos los listados de nombres de la gente de mis tropas, y los informes que tengo sobre ellos. Los mapas de la ciudad. Los de las cataratas más allá. Los del poblado de dentro de las cataratas. Todo lo que tengo y me pueda ser útil.
Han pasado un par de horas y estoy planificando el quinto grupo de patrulla nocturna cuando oigo a alguien llamar a mi puerta. Me levanto y abro inmediatamente. Unos ojos marrones como los míos, rodeados de una piel tan negra como la mía, me miran con sorpresa nada más abro.
-Oficial Uurya, ¿qué quiere?
-Oh, vamos, capitana, no hace falta que sea tan formal conmigo – dice, sonriendo, y entrando en mi casa. Cierro la puerta según pasa.
Camina por encima de la losa especial. Su paso suena algo vacío por un instante. Apenas se nota, y sé que no tengo nada de lo que preocuparme cuando se sienta en un sillón con toda tranquilidad y añade:
-¿Y bien? ¿Qué tal va el tema de la brigada antidroga?
-¿Cómo te has enterado? – pregunto, porque es algo que no he comentado a nadie.
-Las noticias vuelan en la gran ciudad.
-Estoy organizando patrullas para identificar y expulsar a los adictos – explico, cruzándome de brazos.
-Siempre ha sido buena planificando. ¿Estoy en alguna?
-Estás en la mía.
-Espere, ¿va a participar? Es la capitana, no le hace falta.
-Tengo que estar ahí con vosotros. Soy un líder. Los líderes luchan al lado de los suyos – explico mientras me siento.
-Es más un jefe que un líder, o así es como todos ven el puesto de capitán. Pero nadie sabe más que usted en esto, así que…
-A ti te gustaría ser capitana algún día, ¿verdad? – le pregunto, mirándola directamente a los ojos.
-Bueno, sólo cuando se jubile – responde, esbozando una media sonrisa.
-El asunto es que te veo con madera. He estado revisando tus informes. Has ascendido muchos puestos en pocos años, tienes varios méritos, dirigiste satisfactoriamente un par de misiones de riesgo… no está mal, Uurya – digo mientras miro sus papeles.
-Gracias, capitana.
-Quizá te considere como sucesora. Tengo a varios en esa lista ya, pero nunca se sabe, y todavía me quedan unos cuantos años.
-Muchísimas gracias.
Nos quedamos en silencio. Al cabo de unos minutos le ofrezco algo de beber. Saco una de las botellas de vino que nunca bebo y sirvo un poco para ambas. Lo tomamos en un silencio que queda interrumpido de vez en cuando por algún comentario insustancial sobre el bonito día que hace hoy, o lo loco que estuvo el tiempo la semana pasada, o el último condenado a caer por las cataratas; hasta que la oficial dice por fin lo que ha venido a decir:
-Capitana, estoy preocupada por los casos de drogadicción dentro del cuerpo militar.
Doy el último trago a mi copa antes de contestar:
-¿Qué es exactamente lo que te preocupa?
-Que se les expulse de la ciudad con las nuevas medidas. Sé que son casos aislados, pero son compañeros, tienen a sus familias aquí – me explica.
-Querida Uurya, el que toma kirey sabe a lo que se arriesga, más aun si es militar.
-Ya, supongo que sí…
-Todos sabemos que es una droga que, una vez se prueba, es imposible dejar de consumirla. Demasiado adictiva. Y todos sabemos, también, que está prohibida. Dentro de poco todos sabrán que provocará el destierro. Y tendrán que esconderse muy bien o irse por su propio pie.
-Ya…
-No te preocupes, Uurya – digo, levantándome – Las cosas irán bien.
Doy un par de palmaditas en su hombro, y cuando me mira, le guiño un ojo. Después de unos segundos de silencio, se ofrece a ayudarme con la planificación, y acepto su ayuda. Al fin y al cabo, ella también es buena en lo que hace.
***
Cuando levanto la vista del papel, descubro a Uurya mirándome. Ha pasado varias veces en la última hora y media. No sé si está desconcentrada o qué, pero su manera de mirarme hace que me sienta un tanto incómoda. No quiero decirle que se vaya porque estoy trabajando al doble de velocidad que cuando trabajo sola, además de que tiene buenas ideas, pero cada vez que veo cómo me mira, no puedo sino desconcentrarme.
Vuelvo a mirar el papeleo, un mapa de la zona de los campos de kirey. Señalo una serie de casas y propongo una de las patrullas que hemos planeado. La oficial responde que le parece bien pero que se podrían mejorar algunas cosas.
Es entonces cuando levanto la vista de nuevo, y descubro que ya no me mira. Que ahora estoy mirándola yo. De pronto entiendo, quizá, por qué me miraba así. Veo sus ojos marrones, redondos, concentrados en el papel. Su ceño fruncido, su piel iluminada por los últimos rayos de sol que entran por la ventana, sus labios negros moverse según habla.
Entonces alza la cabeza y me mira. Deja a medias la frase y nos quedamos mirándonos la una a la otra unos segundos. Reacciono. Mis músculos se tensan y tomo aire, y luego regreso a lo que estábamos haciendo, respondiendo a lo que ella decía, hasta que siento su mano acariciar mi hombro.
-Capitana, relájese.
-Quita esa mano de mi hombro – digo muy seriamente, y ella obedece de inmediato - ¿Te crees que no me he dado cuenta de cómo me mirabas?
-¿Cómo me ha mirado usted hace un instante? – replica ella.
-¿Insinúas algo? – pregunto, mirándola directamente a los ojos.
-No, pero quiero decir, no se enfade conmigo por cosas que usted misma hace.
-Sí que insinúas algo.
-Lo que quiero decir es que hay una inevitable… conexión entre nosotras – explica, y me yergo de inmediato respuesta a replicar, pero ella continua - ¿Recuerda el día que nos conocimos? Subí aquí para saludar, por un lado porque la admiraba, por otro porque es de buena educación entre vecinos. Y aunque me habían contado que usted era arisca, distante, me dejó pasar. Me dio vino, como hoy. Estuvimos charlando.
>>Pensé que quizá sólo eran rumores, pero descubrí más tarde por cómo trataba a otros que no era así. Usted estaba siendo distinta conmigo, y sin ninguna razón en especial. Y es por esa… conexión. Siempre que estamos juntas, puedo sentirla.
Me quedo mirándola, sin saber bien qué decir. Sus labios, lentamente, esbozan una sonrisa amplia. Pero yo me niego a creer que existe esa conexión entre nosotras. No debe existir. No puedo dejar que exista. Y sin embargo, aquí estoy, sin poder apartar los ojos de su boca.
Frunzo el ceño y me levanto rápidamente. No puedo permitirme esa… conexión. Ya estoy metida hasta el cuello en otras cosas como para buscarme más problemas. Sin embargo, ella me agarra la muñeca. Su piel es caliente y áspera, como la mía. Se levanta, la oigo, pero no me giro para mirarla.
-No podemos – digo escuetamente.
-Son ya meses de visitas inesperadas a la casa de la otra, capitana. Meses de miradas absurdas y poner cualquier excusa para vernos y charlar – responde, subiendo la mano por mi brazo.
-La homosexualidad está condenada con la muerte, oficial – argumento, esta vez lanzándole una rápida y seria mirada.
-Es usted la que ha dicho la palabra.
Su mano llega hasta mi hombro, pasando por encima de la chaqueta, y luego hasta mi cuello, tocando de nuevo mi piel. Un escalofrío me recorre, poniendo hasta el último de mis cabellos en guardia. Sigo mirando a sus ojos, pero noto mi mirada relajarse, y pronto estoy mirando a sus labios otra vez.
Antes de que pueda darme cuenta de lo que hago, estoy agarrándola de la cintura, pegando su cuerpo todo lo que puedo al mío. Ella pasa los brazos por mis hombros y tenerla tan cerca, poder incluso oler su piel, me hace perder la cabeza. Me lanzo a por sus labios, terminando de romper la constante tensión, conexión... atracción que ha habido entre nosotras.
Son suaves, húmedos, anchos. Los muerdo y los beso, y disfruto de ellos todo lo que puedo. La pasión me llena más a cada segundo, y acabo por levantarla. Pasa sus piernas alrededor de mi cadera, y camino un par de pasos antes de apoyarla en el escritorio, tirando unos papeles y aplastando otros.
Entonces paso de sus labios a su cuello, y es cuando la oigo preguntar:
-¿Es tan agresiva para todo, capitana?
Levanto la cabeza, pegando mi frente a la suya, siguiendo las curvas de su cuerpo con las manos. Sus ojos están llenos de prohibida lujuria.
-Si no lo fuera, no sería capitana – respondo.
Se ríe suavemente, socarrona. Yo me vuelvo a perder en su cuello, y en toda ella, hasta que más tarde, cuando se va, sólo queda mi desnudez y el recuerdo de mi nombre, mi verdadero nombre y no el formal “capitana”, susurrado por sus labios en mi oído.
***
Es de madrugada y vuelvo a estar fuera. Esta vez no camino por las calles ocultándome en las aun más oscuras sombras de la noche. Esta vez no tengo que hacer nada más que esperar en el mismo sitio de siempre. Los minutos pasan despacio hasta que llega el primero. Me hace la seña que todos hacen y me muestra su escudo en la chaqueta. Policía militar. Le doy un tallo de kirey y se marcha.
Es la única manera que tengo de mantener a raya a los drogadictos dentro de mi propio sector. No puedo dejar que ninguno de ellos sea expulsado de la policía. Serían años de entrenamiento y experiencia perdidos. Defender esta ciudad de sí misma es más complicado de lo que cualquiera podría pensar en principio.
Así que algunas noches salgo a buscar kirey, y otras noches, a las mismas horas en los mismos sitios, lo distribuyo entre mis propias tropas. Les doy cierta cantidad en cierto momento, así no tienen que buscar más, no tienen que hacer nada. Sólo consumirla. Racionarla para ellos mismos.
El segundo llega. La seña. El escudo de la chaqueta. Otro tallo de kirey que pasa de mi mano a la suya. Otro militar que se marcha rápidamente con las manos metidas en los bolsillos.
Así pasan las horas, lentamente, con gente que aparece un momento frente a mí y luego desaparece. Hasta que aparece alguien nuevo. Hace la seña. Muestra su escudo. Le paso la droga y es al tocar su piel cuando me doy cuenta de que es de mi raza. Piel áspera, no suave como la de un natural de la ciudad.
Respiro más profundamente y ahí está. Su olor.
Está a punto de irse, con el tallo en la mano, cuando agarro su chaqueta. Tiro de ella hasta que su espalda choca contra la pared que tenía tras de mí. Como anoche, tengo a alguien acorralado. Miro con atención sus rasgos. Mujer. Ojos marrones, redondos. Está asustada.
La aparto con fuerza de la pared y le doy un empujón en el hombro que hace que casi se caiga. Me mira un segundo antes de echar a correr. Yo, por mi parte, tampoco me quedo mucho más.
***
Irrumpimos en el edificio abriendo la puerta de una patada. Una mujer que estaba a punto de salir se sobresalta y se echa a un lado. La ignoramos. Subimos las escaleras hasta el tercer piso y repetimos lo de la puerta. Dentro nos encontramos a dos drogadictos, ambos mascando.
La operación termina rápido. Los arrestamos. Confiscamos la droga. Les hacemos escupir lo que masticaban. Los llevamos a calabozo, donde esperarán hasta ser juzgados.
Esto se repite varias veces hasta que atardece. Hoy es el primer día de operaciones. Los días anteriores nos han llegado rumores sobre lugares en los que podría haber drogadictos o distribuidores de kirey, y hoy tanto mi grupo como otros hemos empezado a registrar casas.
Cuando llego yo a la mía, dejo el poco kirey que he podido robar durante las operaciones en su correspondiente escondrijo. Luego vuelvo al trabajo. Reviso lo previsto para mañana, los planes y los planos, hasta que oigo unos nudillos chocando contra la puerta.
Abro y, por supuesto, es Uurya. No he hablado con ella más de lo necesario desde nuestro último encuentro. Ella entra, como siempre, con sus sonrisas y su ánimo relajado. Cierro la puerta con cuidado antes de acercarme a ella por la espalda. Se gira sonriéndome y la agarro de los hombros.
-¿Qué haces consumiendo kirey? – le pregunto.
-¿Perdón? – responde ella, frunciendo el ceño.
-Te vi. Eras tú – aprieto más sus hombros.
-Capitana, me hace daño.
-¡Eras tú! ¿Sabes lo que podría ocurrirte? ¿Qué vas a hacer si te destierran de la ciudad?
-¿Qué va a hacer usted si la destierran? ¡También está en el ajo! ¡Y no hace ningún bien distribuyendo! – responde, empujándome, liberándose de mi agarre.
-Tienes que dejarlo.
-Deje usted de repartirlo.
-Lo hago por vosotros, para que no os expulsen.
-Entonces siga con ello, pero desde luego no se ponga así conmigo cuando todo puede seguir igual que siempre.
-Todo seguiría igual que siempre si pensara que no consumes.
-Olvídese de ello entonces.
-No es tan fácil – digo, acercándome – No hay nadie que sea importante para mí. La única excepción eres tú, y no puedo dejar que consumas. El kirey podría arruinarte la vida.
-O podría no hacerlo.
Contengo un suspiro y me alejo un paso, dándole la espalda. Los malditos drogadictos no dejan su adicción por nada en el mundo, pase lo que les pueda pasar. Miro al frente, pensando en que, efectivamente, todo podría seguir igual. Pero no quiero que Uurya consuma. No quiero que sea una drogadicta. Supongo que ya es tarde para eso, pero es tan…
Como la última vez, vuelvo a sentir su piel áspera tocando la mía. Mi mano. Vuelve a ascender por mi brazo hasta mi cuello. Hace que vuelva a relajarme y que mi piel se erice. No puedo evitar girarme y pasar las manos por su cintura. Ella vuelve a apoyar sus brazos en mis hombros.
-Déjelo estar, capitana – me susurra, y no aparto los ojos de sus labios – Siga con lo que ha estado haciendo. Los únicos consumidores que quedarán serán militares. Usted nos está protegiendo a todos, y también a las gentes de esta ciudad.
-Lo pensaré.
Sonríe y luego me besa con suavidad. El tacto de sus labios me pierde completamente. Dejo de pensar en todas mis responsabilidades.
Es entonces cuando irrumpen en mi casa. Ella se aleja de mí y empieza a gritar. No entiendo qué está pasando, hasta que estoy fuera del edificio, agarrada por unos cuantos policías militares como yo, y me doy cuenta de que ha sido algún tipo de emboscada.
***
-¡Capitana! ¡Se la ha condenado culpable de crímenes de lesbianismo por intentar violar a la Oficial Uurya y de distribución de kirey entre los propios militares! ¡Su castigo es, por tanto, la muerte por caída desde las cataratas! ¿Prefiere saltar o ser empujada?
Miro al juez, que ha venido aquí esta mañana junto con un buen puñado de la población de la ciudad, el rey y todo su séquito, y algunos policías militares. Me mira con desprecio, tal y como hacía en el juicio en el que no tuve ninguna oportunidad de defenderme o ganar.
-Prefiero saltar – le contesto.
Fue todo una emboscada. No sé cuándo ni cómo lo descubrió, pero Uurya sabía que distribuía droga. Supongo que era un rumor extendido en la policía militar. Normal. Para comprobarlo sólo tuvo que seguir los rumores y encontrarme por la noche.
Lo de mi homosexualidad supongo que lo dedujo porque jamás he tenido un marido o siquiera una pareja, y eso en una mujer de mi edad es cosa extraña. Y así consiguió lo que necesitaba. Siendo oficial pudo organizar un pequeño grupo, les dijo a qué hora irrumpir en mi casa y empezó a hacer como si intentara violarla. Luego lo del kirey vino solo.
-¿Desea decir unas últimas palabras?
Fui muy estúpida al decirle que la había visto aquella noche. Nunca antes lo había hecho y de pronto aparece. Y tampoco le vi consumir el tallo. Sólo se lo llevó.
Miro un segundo al juez, que sigue con su cara de desprecio. Luego miro al rey y agacho la cabeza, pidiéndole disculpas en silencio. Sé que confiaba en mí. También miro a algunos soldados consumidores que han venido a verme. Ellos no me miran con desprecio. Están preocupados, asustados ante lo que les pueda pasar. También agacho la cabeza ante ellos, no voy a poder protegerles más.
Entonces encuentro a Uurya entre la multitud. Ella se va a quedar con mi puesto, al fin y al cabo, ha sido un mérito muy importante. Me sonríe, y a pesar de que lo hace con maldad, sigue siendo una sonrisa preciosa.
Pero es al ver sus comisuras bajar cuando me doy cuenta de que está masticando. Muy suavemente. Muy lentamente. Muy sutil.
-¿Capitana? – me apremia el juez.
-Sólo quiero decir que la próxima capitana está consumiendo kirey – digo, mirándola a los ojos mientras la señalo con un movimiento de cabeza.
Sus orbes redondos, marrones, se abren tantísimo que sus párpados casi desaparecen. Su sonrisa se desvanece en su totalidad y deja de mascar.
Yo me tiro de espaldas hacia las cataratas justo en el segundo en el que las órdenes de abalanzarse sobre ella empiezan a surgir de varias gargantas, a gritos. Por mucho que caiga, por mucho que la cascada ensordezca mis oídos, por muchos alaridos que haya fuera del agua, el único sonido que puedo escuchar al final es el de los dientes mascando. El de sus dientes al mascar.
Es todo y lo único que queda.
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