Mostrando entradas con la etiqueta personal. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta personal. Mostrar todas las entradas

9 mar 2019

Será entonces cuando no hará falta gritar

But I'm A Nice Guy de Scott Benson, en Vimeo.

Yo sé de adolescentes con un ladrillo en la mano en lugar de una muñeca
y niñas que blanden su muñeca rubia como si fuera una espada
y mujeres que con un giro de muñeca te cruzan la cara.

He sabido de mi abuela y sus sacrificios y de cómo se desvivió por sus hijos
y de mi madre y sus hermanas que dejaron sus estudios atrás para trabajar
y alguien podría mirarme decir: "¡eso es bueno! ¡Hicieron cuanto quisieron!",
pero no saben, no entienden lo que yo: que trabajaron para sostener a una familia
y para que sus hermanos varones tuvieran lo que a ellas se les negó:
una carrera, un máster, un grado superior,
un mejor futuro, un mejor salario, un hogar mejor,
más respeto, menos preocupaciones,
y aún con esas se olvidan del cumpleaños de mi madre
año tras año se olvidan y el teléfono no suena
y de sus hermanas no sé
pero me temo que también.

Si voy a mi estantería hay más hombres que mujeres, lo mismo que si voy a una librería.
En mis estudios - pagados por mi madre, que me ha criado sola - las mujeres escasean
no porque no hayan escrito: hay miles de poetisas, de pensadoras, de novelistas,
- humildemente me incluyo -
pero son proscritas y se las ha reescrito hacia el olvido,
porque recordarlas significa un esfuerzo que pocos están dispuestos a realizar
porque reconocerlas provoca malas caras, peores gestos y palabras:
"¡Eh! Existieron, ¿lo sabíais? Escribieron, tuvieron voz, no se la quitemos",
pero arrugan su ceño ya de antes hundido ante tu mera presencia y dicen:
"¿Es que acaso hemos de fijarnos en el género?
¿Las mujeres escriben distinto en cuanto a estilo?
No discrimines positivamente aunque yo te discrimine ahora mismo
negativamente".

Y así en un estudio tras otro, en miles de hogares, el conocimiento plagado
por una ausencia de lo femenino
no porque a nosotras no nos importe
no porque no sea nuestro campo
si no porque nos silencian, si hace falta, a escupitajos.

Pero resulta que también sé de esas muchachas que levantan la mano durante las clases
y comienzan la frase con un "perdón" innecesario
y se justifican mil veces mientras tienen a Minerva en la lengua y la garganta
como sus madres y abuelas, como sus tías y hermanas,
como cada una de sus amigas y todas las compañeras
que han pisado y pisarán la calle, las voces como las manos alzadas,
un grito común que desgarra las cuerdas vocales y en el que a ratos se siente la rabia,
que resuena y hace daño en el tímpano, como en otras ocasiones se siente la pena,
que atora la voz propia y trae lágrimas también de emoción, ¡de emoción!,
porque somos tantas - más que nunca me atrevería a decir - desde hace tantos siglos
y a la vez, faltan tantísimas
muertas
tiradas
asesinadas
violadas
olvidadas en un arcén
encerradas en sus casas
por vosotras gritamos y cantamos y se nos desborda esta sangre:
sale roja entre mis piernas, brota desde otras venas, se vuelve morada en vuestros pelos,
en vuestros pañuelos, en las fuentes: una mujer levanta a su hija hasta los hombros
y la niña observa la marea violeta que grita también por ella.

Cuando nazca la primera mujer que nunca se plantee su lugar por ser mujer
cuando no le haga falta pensarse dos veces la ropa con la que saldrá
cuando no vea las noticias temiendo que aumente la cifra de mujeres asesinadas
junto a la cifra de manadas;
cuando las calles sean tan nuestras como de otro
cuando no aguantemos sobre nuestros hombros el peso de un techo transparente
cuando el cuerpo que tenga esa mujer del futuro,
sea de la forma y el tono que sea,
no suponga vergüenza ni un objeto de discusión pública,
sino un bien privado, para ella y sólo para ella;
cuando todos los reclamos con los que perdemos la voz por decisión propia
para retomarla luego en miles de debates, discusiones y enseñanzas,
sean cosa de documentales, de relatos,
historias de abuelas que bajo su piel frágil fueron de diamante
y que guardan en los pliegues de sus arrugas la historia del mundo:
ese día, y no antes, habremos conseguido ser, al fin, del todo válidas,
del todo humanas,
del todo respetadas
ante todos lo que aún se atreven
a negarnos.

26 feb 2019

Canto a Nora Helmer



La pequeña y perfecta niña tenía las coletas tensas y rubias, una voz aguda que a todos gustaba, una sonrisa grande porque papá le tenía prohibido llorar. La pequeña y perfecta niña no se comía los mocos ni se arrancaba las pestañas y desde luego no le decía a otros niños que el Ratoncito Pérez no existe. La pequeña y perfecta niña era otra niña, no ella. Esa otra niña, tan rubia y modosita, no habría deshecho el pelo trenzado con cariño por su madre la mañana de la foto oficial del curso, y aparecería en ella ahora, impresa sobre papel, colocada en el salón junto a otro puñado de fotos de sí misma que mostraba su crecimiento, con las trenzas hechas y los ojos llenos, llenísimos de pestañas, y una sonrisa que levanta por igual sus dos mejillas. Pero ella tendía a lo asimétrico, a lo hueco, a los vértices.

Durante la adolescencia se podría haber llevado mejor con su familia. Si hubiese sido de otro modo, le habrían encantado la playa y los viajes en coche de ocho horas, porque no se marearía y se pasaría todas esas horas pegada a la pantalla de consola o con el libro de turno entre las manos. Los errores de los demás no le habrían impedido amarles y su estabilidad emocional se mantendría intacta y entonces todos la querrían y nadie la habría llamado retorcida cuando tenía, ¿cuántos decís? Ah, quince. Quince años y ya retorcida. Así era ella.

Se lo creyó con fuerza y la empezaron a llamar Master of Puppets con cierto recochineo dentro del cariño y la admiración, algunas veces incluso con reproche, y ella en un principio dijo: "¡Sí! ¡Sí! ¡Lo soy!", hasta que descubrió al mirar hacia arriba que se había atascado y enrollado en sus propios hilos, que le apretaban el cuello y le enrojecían el rostro y aún así tenía que seguir moviéndolos para que el resto, ¡el resto y no ella!, sonrieran.

Tuvo que aprender a desenrollarse, a entender la naturaleza y el arte del entretejer y así descubrir por dónde se podía resolver mejor el nudo - ya había practicado años antes con un juguete de esos para niños listos, que consistía en hacer a propósito un nudo dentro de un cubo que no se podía abrir para luego desatarlo desde fuera. No pregunten más al respecto, es complejísimo explicarlo de forma literaria, mis disculpas -. Tensó unas cuerdas y rompió otras hasta desenvolverse en una caída hacia el vacío y directa contra el suelo. ¡Quién le iba a decir a ella que los hilos entonces vendrían de otra parte! ¡Quién tendría el valor de advertirle que ya no serían los de la manipulación, sino una serie de cuerdas que ella misma se puso para no sobrepasarse!

Y ahora que decide romperlas, que se busca hacia un lugar donde respirar sin gargantillas, que se le descubre la posibilidad de observar sus nudos de bondage, tendrían que haberla visto tan mujer ya, tan adulta, oh tan sexy y seductora - ¡a follar, a follar! Como cerdos y llamándola guarra, que se lo cree, se cree de veras que no vale más que la asfixia que merece, dios qué mojada se pone la muy -, y se da cuenta de que no merece la pena, de que hay otros modos y no necesita esas cuerdas que ella misma, ¡ella sola buscando seducir y mantener!, se ha puesto.

Hacía años, esta niña odiosa, esta adolescente rebuscada, esta mujer mancillada, escribió algo sobre despegar, sobre tener alas. Ahora descubre que nunca las tuvo ni las tendrá y que pide el encuentro de dos líneas paralelas: en el infinito, sí, un lugar inalcanzable. ¡Alas, para que os quiero, si tengo pies para correr!

Estira y estira y se le abre la piel en mil estrías y al final las cuerdas se rompen y jadea y llora. "¡Mala, mala!", le gritan de fondo. Se lo cree, como siempre, pero no como siempre: ahora sólo un rato, ahora sólo un poco. Ni mala ni buena. Ni diosa ni súcubo. Ni reina ni esclava. Mujer que camina con caderas anchas y vello en axilas y piernas. Mujer sin camino ni alas en la espalda ni necesidad de volar. Caminante no hay camino se hace camino se hace camino al andar y camino tú me llamas y yo voy y me niegas que me vuelva y te sigo por el suelo como una briza de hierba: toma este vals que se muere en mis brazos y no, no, no me lo devuelvas, que mi cintura se quiebra, que se me dislocan los tobillos y se me salen los fémures de la cadera y así no hay quien camine, ¡no hay quien pueda!

Así se marcha la mujer nueva. Mírense a sí mismos antes de arrojarle la primera piedra.

5 jun 2018

Radiografía


No os equivoquéis conmigo: soy más feliz de lo que aparento cuando hablo sin tapujos de mi depresión, y me hundo entre las horas vacías aunque haga reír con cada broma sobre arrojarme a las vías - a veces, se me ocurre, me pienso, veo mi piel esparcida y rota en las vías, quiero que la gente grite y cien bocas en la estación se abren con sorpresa en plena hora punta cuando salto, como mucho diez brazos se estiran hacia mí para agarrarme, pero es tarde, tan tarde, yo que no sé golpear los muros habré saltado por última vez con la intención de no volver a sentir estos moratones que nadie ve, estas quemaduras en mis órganos y ojalá abrasarme con el alcohol en las noches de fiesta que mi cuerpo joven necesita, las noches de fiesta en las que ella corre hacia mí y recuerdo todas las veces que ha corrido hacia mí, todas las chicas que he besado aunque sólo de ella quedó el tacto, y la abrazo y me agito y bailamos aunque nunca he sabido bailar, y ojalá, decía, ojalá abrasarme los intestinos con alcohol y que el mareo no me importara, pero soy incapaz, lo siento, siempre incapaz de salir de mí misma, siempre conviviendo conmigo misma, mis sesos aplastándose contra el hueso frontal para resquebrajarlo y esparcirse desde mi frente y por fin salir de este esqueleto que jamás podrá contenerme pero me contiene, porque yo soy la hija salvaje de Walt Whitman y por tanto soy inmensa y contengo multitudes, y los sesos brotan de mi frente entre estas cejas que he aprendido a amar, brota la sangre, el hueso abierto, mientras en mi rostro se dibuja el éxtasis de Santa Teresa.

Pero no os equivoquéis conmigo: no quiero morir. Por primera vez, no quiero morir. En este pulso constante que en ocasiones pierdo pero siempre retomo he conseguido aguantar lo suficiente con mis brazos delgados para agotar a mi contrincante, y no lo venzo, creedme, no lo venzo, pero hay un equilibrio más perfecto entre su fuerza en la mía, su fuerza que me insiste en lo de arrojarme a la vía y la mía que se mantiene en el andén e incluso tiene miedo, mis constantes paranoias, de que algún loco me empuje. Hay muchas cosas que hacer ahora que la vida está llena de brisas que acarician la piel, demasiadas personas con la que hablar y a las que tocar y sobre las que apoyar un rato la cabeza - recuerdo, entonces, aquella vez en un autocar cuando la química era irresistible y se acababan las clases y pasamos de hablar a mantenernos en silencio, mi cabeza en aquel hombro y sus dedos entrelazados con los míos y no deberíamos, pero podíamos, y pasamos así la última hora que nos vimos pese a jurarnos que seguiríamos hablando en verano, que no acabaría ahí, aunque acabó ahí. Espinitas clavadas, las llaman, en este esternón que parece ya el tallo de una rosa, obviamente, siempre las rosas. Bajo mi piel brotan las flores que he cultivado rompiendo el espejo de la falsedad, agarrando el pedazo afilado de las ganas de vivir, pese a todo, ganas de vivir, abriéndome los músculos para escarbar hasta dar con los tallos y los pétalos y sacarlos, tirar de ellos entre gritos y lágrimas - la psicóloga sólo me ha abrazado dos veces - hasta volverme la versión de mí que puedo ver entre las grietas de mi nuevo espejo, donde he encajado el pedazo ensangrentado, los coágulos oscuros mejor pegamento que cualquiera que podáis comprar jamás por irresistibles ofertas, sabré yo, que me he vuelto a despedazar para darles esos coágulos a gente más rota de lo que jamás estaré yo.

Y no os equivoquéis conmigo: no fue por santidad o altruismo, esta Santa Teresa es la más egoísta que jamás conoceréis. Hundo mis uñas que no arañan entre mis pechos y estiro la piel hasta romperla y me lleno de heridas las manos al pasarlas cerca de mi esternón espinado para sacar este corazón de diamante que pretende ser de cristal, o quizás sea al revés, y se lo ofrezco a la gente para que me amen, dios, amadme por favor, haré todo por vosotros para que me améis, amad a esta muchacha que teme y teme y teme y abrazad este cuerpo perfecto por fuera, sentid entre vuestros brazos el calor abrasivo que surge de mi pecho y mi estómago y a la vez el frío de mis manos, dejad que el mar salado de mis lágrimas os empape y se cuele por vuestros poros y llorad conmigo cuando entendáis que lo hago sin querer, que este altruismo del que gozáis no es más que mis ganas de amar y ser amada, que soy una enamorada del amor, de todos los tipos de amor, que podréis sentir la forma ancha de estas caderas fértiles pese a todo y a la vez apoyar la cabeza en mi pecho como un niño que necesita consuelo. Madre, amiga, amante, no importa. Lo que necesitéis, de verdad, eso digo, mientras sé que no podré ser nunca la exactitud de lo que todo el mundo necesita porque mi forma es la que es, soy la que soy, y nadie más.

Una última vez os pido que no os equivoquéis conmigo: pese a todo, siempre pese a todo, soy aquella que corre bajo las tormentas de verano sin esperar que un rayo termine de por matarla, soy la que en los sueños lúcidos decide volar por encima de todo, soy la que os sacará sonrisas porque sabe cómo sacárselas a sí misma, la que encontraréis venciendo una y otra vez el miedo pese a todo, siempre pese a todo. Soy una mujer de otoño que observa con lástima cómo caen las hojas pero sabe disfrutar de los tonos cálidos y de llevar una chaqueta encima del vestido de verano, una mujer de otoño que sabe que las épocas cálidas volverán, y mantengo el buen ánimo durante el invierno pese a todo, siempre pese a todo. Todo lo que está roto en mí - qué coño fue aquel beso, por qué tuviste que dármelo, por qué me dejaste sola en aquella fiesta, y de niña era asquerosa para tanta gente pero supongo que no para ti, ¿verdad?, para ti no. Ojalá te hubiera resultado asquerosa, sería más fácil hablar de eso, la soledad me ha acompañado desde que nací, la muerte siempre a mi lado porque no quise llorar y casi me ahogo, niña de mirada fija y hundida en sus dibujos, niña mancillada -, todo lo que está roto en mí - y tú a quien ahora amo porque he podido desaprenderte por qué tuviste que arrastrarme como un mueble, sé que no había otra opción pero me sentí un objeto durante mucho tiempo, lloraba sola en las noches y por las mañanas te sonreía, excepto aquella mañana, ¿recuerdas? Sobre todo lloré cuando vi mi carta en la basura, y entiendo que no quisieras quedártela, pero joder, joder, me costó muchísimo, no la tires por favor guárdala en una caja oscura que jamás volverás a abrir pero no la tires, aún me entran ganas de llorar cuando recuerdo que la tiraste -, todo lo que está roto en mí se ha llenado de pétalos y enredaderas, de tallos y fruto, he crecido para convertirme en árbol naciente y estiro los dedos hacia el cielo como si pudiera tocar el universo, y me arrodillo sobre estos asfaltos y se me manchan los dedos al tocarlos pero siento bajo ellos el palpitar la tierra, y truena la tormenta de verano y la ropa se empapa y sonrío, sí, sonrío pese a todo, siempre pese a todo. 

1 jun 2018

Por qué odio el invierno


A mí también me aplasta el verano contra el sofá:
el calor se tumba, pesado, sobre mí, y cuando salgo a la calle también el sol decide fundirme la piel a base de abrazarse a mí aunque lo rechace.
Claro que luchar contra el termómetro se vuelve imposible, que los helados y la ropa ligera se quedan escasos, que las piscinas nunca fueron de mi agrado y el mar, ah, el mar amado, me provoca tal respeto que sólo con verlo de cerca me encojo.
Pero Dios, cuando llega septiembre, cuando veo el atardecer cayendo cada vez más pronto, arrancándome la luz aunque la garre, impasible ante mi petición de cinco minutos más, por favor, sólo cinco minutos más.
Cuando salgo en pantalón corto y llego a casa con las piernas frías, y a la noche otra vez acudo a las chaquetas, y ya no me vale con dejarme caer sobre la cama sino que tengo que abrirme paso entre las sábanas.
Cuando eso pasa, siento el invierno echándome de las calles hacia casa. Me imagino tiritando bajo las mantas al acostarme, demasiado caliente al despertar, el pasillo hacia la cocina un glaciar que rechaza mi piel tibia que se pone primero roja y luego azul en la calle, roja de nuevo en el metro, las uñas moradas en clase.
El invierno de manta y peli, de familia a la que no sé mirar a los ojos, de no querer salir de casa, de lugares abarrotados, de ropa sobre ropa y nunca es suficiente porque el frío aún se cuela hacia dentro, hacia dentro.
Pero no os confundáis: no soy una mujer de verano. Nací en otoño, camino a.
Es sólo que en el tedio estival, con sus días estirados a lo ancho como cualquiera sobre el sofá, puedo olvidarme de esos árboles pelados del invierno que tanto hablan sobre mí.

3 mar 2017

Amapolas


El borrón del espejo se ha vuelto claro tras limpiar el vaho cientos de veces y pringarlo con las amapolas. Han surgido en mis brazos, raíces y tallos rojos bajo la dermis.

Me descubro llena de rocas afiladas, el mar chocando contra mis huesos desde antes de nacer, mi pecho apenas un esternón marcado y unas pocas costillas que intentan abrazarme.

Las constelaciones y nebulosas de mis muslos se aferran al músculo para que la negrura a mi espalda no se las lleve.

Lo arrastra todo, todo. Un mundo deformado por esa gravedad que tienta como un macho cabrío entre dunas.

Hundo los dedos en los pétalos muertos de mis amapolas y acepto la mugre de los pies también en mis rodillas.

Al cerrar los puños mi esqueleto crece y resquebraja la piel, miles de estrías que retuercen los labios en una mueca. Tengo rotos los colmillos.


28 nov 2016

Suposiciones


Con la cabeza apoyada en ese asiento trasero del taxi, a la izquierda, observo los coches pasar. Iluminan la negrura del asfalto desnudo a estas horas tardías con sus luces rojas y sus intermitentes y a veces veo la cara de un extraño tras otro cristal. Un peso extraño se ha instalado en mí según he subido y me sumerjo en mi silencio, procurando echar de aquí ese gramo, ese kilo, esa tonelada. Y quizás la mejor manera sea desabrochar el cinturón de seguridad y abrir la puerta del taxi, ahora que vamos deprisa, y arrojarme a la carretera. Me veo y me imagino rodando mientras el coche se aleja y la gente dentro grita. Vaya escena. Ruedo y duele y entonces me atropella alguien y dejo a todo el mundo un trauma para siempre pero al menos yo no tendré más.

Es un día normal. No ha pasado nada grave, no ha pasado nada raro, incluso me atrevería a tildar el día de feliz. No sé, me he reído unas cuantas veces, no ha habido sobresaltos, no hay preocupaciones para hoy ni para mañana ni para dentro de mucho tiempo, tampoco me siento mal. Me siento bien, de hecho. He decidido ir andando hasta casa porque hace buen día, aunque pese un poco la mochila. Estoy a mitad de ese puente que pasa sobre la autopista, ese puente que ya me conozco demasiado, cuando me da por echar un vistazo hacia esos carteles iluminados y a los coches que vienen o vuelven o van. Podría saltar. Podría subirme a la valla y saltar. Nadie tendría tiempo para pararme, siquiera hay gente a este lado, y caería contra el asfalto. Ya con eso bastaría, pero los coches acelerados no esperarían ver un cuerpo cayendo frente a sí y pasarían uno tras otro. Quizás ni pararían, no se puede parar en autopista, creo.

He quedado con alguien esta tarde y tengo que coger el metro. Como siempre, voy con prisas, y al llegar a la estación procuro ponerme cerca de la pared. Me da miedo que pueda tropezar y caer a las vías, o que algún loco me empuje cuando pase el tren. No quiero que nadie me mate, pero a veces me pregunto si quiero morir y por eso la idea de ser yo quien se empuje cuando pase el tren es incluso tentadora. No sé por qué, se supone que soy feliz, no ha pasado nada en las últimas semanas, he quedado con alguien y me hace ilusión, pero la idea tienta, agrede, surge como hiedra en mis sesos, se enrosca, me brota por la nariz y los ojos y los oídos y la boca y desciende y se retuerce en mi cintura, me aprieta en el pecho, el pulso se acelera cuando respiro quizás con un poco más de fuerza y cuando siento la hiedra en los tobillos, que están preparados para hacerlo, para saltar. Ahí viene, corre, hazlo. Corre, corre. No te resistas a este cosquilleo.

Pero no abro la puerta, ni salto a la autopista, tampoco a las vías. Resisto en el taxi todo lo que bulle dentro de mí, echo el pensamiento invasivo a base de responderle con mi mejor lógica y las más firmes negativas mientras camino hacia la salvación que supone el fin del puente, la hiedra se contrae y casi* desaparece según las puertas del metro se abren. 



*Digo casi porque me da la sensación de que es una semilla que busca su momento para brotar, una semilla eterna, quizás, oculta entre los recovecos de este cerebro incomprensible. Y no sé qué pinta ya ahí, de verdad. Si soy feliz. Si se supone que soy feliz.

7 nov 2016

Intercambio


Tú, que has nacido cerca del mar de invierno, revuelto y poderoso ante las tormentas, oscuro, capaz de tragarse hasta al más experimentado de los marineros; enséñame qué hacer cuando el oleaje me brota en el cráneo y me agita las piernas, cuando se extiende bajo mi piel y choca contra las piedras afiladas que intentan retenerlo. Dime cómo hago para que no me arrase por dentro, cómo puedo dejarlo salir sin que devaste también cada centímetro a mi alrededor. Dime cómo ser el viento que aleje la tormenta, la luna que meza las aguas, y el marinero que vuelve a puerto, calado y vivo hasta los huesos.
A cambio yo, que he nacido en el otoño de la ciudad, dice mi madre que durante un día extrañamente caluroso, pero otoñal al fin y al cabo, te prometo que sabré decirte qué hacer cuando las hojas se te desprendan y tirites ante las ráfagas de aire frío, los brazos ramas que se quedan desnudas y parecen pegaditas al tronco, temerosas. Te diré la manera de enfrentarte a la lluvia que resbale por las mejillas de tu corteza, cómo recuperar a los pájaros que se fueron del nido o rellenar el hueco de tu tronco, ahí, en tu pecho, de nuevo. Al final podrás abrir tus brotes a ese sol que siempre vuelve y sentir el calor que creías perdido.

19 ago 2016

Tormenta solar

Detesto el poso eléctrico que ha quedado entre mi cuerpo y el suyo, pero jamás al contrario. También detesto amarlo y alimentarlo cuando veo la forma marcada de su cadera bajo esa ropa que tanto significa, que en mi cráneo aparezca la desnudez ya explorada, pero que todavía siento como virgen, rebosante de enigmas entre los que desaparecer.
Es el universo y soy un astronauta que a veces flota a la deriva, otras se queda en Tierra, algunas está en su estación espacial, a veces es un mero científico que busca explicaciones y entonces me vuelvo aquel que la creó, en su negrura de pronto hay tan poco misterio como en su palidez o esos brillos estrellados en sus clavículas bajo la luz del sol, calle arriba, una crema hidratante maravillosa, o lo que sea.
El amanecer entra por las ventanas, frío y verdoso. Los ojos secos abiertos porque esa electricidad emite el zumbido de la mosca moribunda en el baño, ésa que se acerca a la luz y le arden las patas, pero no hay ventanas en el baño, ni comida, ni el grifo se abre, las paredes y objetos son incomprensibles bajo el ojo compuesto que se copa de la luz de una bombilla en el techo. 
El ambiente es tenue, esa forma incluso tosca donde se une el hueso ilíaco con el fémur, de lado en la cama, miro y no lo sabe. Mis ojos compuestos se ciegan y secan, y aun así, no puedo hacer más.
El astronauta se acerca al Sol.
Y retrocede.
Le da la espalda a lo único que parece brillar en la negrura, cierro los ojos, el zumbido cesa aunque siento la electricidad gravitatoria. Luego se difumina. Siempre hay rendijas bajo las puertas, otras fuerzas en el universo, una ciencia indescifrable a la que agarrarme y un recipiente donde sangro los pensamientos inútiles, en ocasiones las sanguijuelas a punto de estallar, que se restriegan contra el cristal del tarro según las arrojo al río de lo sano y lo correcto, el río de voces sabias, el río de la Verdad.
Entonces abro los ojos y es de día. Las llamas del sol están lejos y la electricidad es algo que le dejo a Tesla. Ya no zumba nada ni soy un astronauta. Las aguas han arrastrado, lejos, el tarro. Es apenas un punto en el horizonte de su cauce, para verlo hay que achinar los ojos. Me descubro y le digo a quien quiero que le quiero. Así le resumo que me hace sentir una galaxia que colisiona con otra en un caos de explosiones, generando nuevas formas en una danza eufórica y eterna.
A la tarde se marcha y encerramos nuestros cuerpos entre los brazos. La tristeza me inunda, pero el tarro ya ni existe, y puedo decir otro te quiero sin miedo, sin cegarme. Mientras sube al autobús, la observo: resulta, una vez más, que es terrestre.

27 ene 2016

Una colisión es posible en la locura


Estamos locos, ¿sabes? Pirados totalmente. Como auténticas regaderas. Se nos ha ido la olla, y la fresa, y el pancho. De nuestros cuellos cuelgan todos los cencerros, vamos como motos a todas partes. 
¿Pero qué vamos a hacer? ¿Echarnos las culpas? Joder, estamos locos porque somos humanos. Míranos. Pasa el brazo por mis hombros y míranos: unos putos locos que tiemblan de todo lo que sienten, incapaces de controlarlo del todo bien. Ríete conmigo. Pringados, pasados de rosca. Ahí estamos, así somos.
Pero no estamos lo suficientemente locos para hacer las mayores locuras, esas que están atascadas en nuestras cabezas, o bueno, al menos en la mía, pero quiero pensar que en la tuya también. Estamos tan locos como para plantearnos la posibilidad, ahí se confirma que necesitamos unos cuantos alienistas, pero ya he dicho el motivo de esta locura tan nuestra: qué humanos somos, ¿verdad? Cuánto sentimos, cómo dejamos que fluya por nosotros. 
A veces siento la tensión de todos los cables eléctricos, todos los imanes del mundo metidos en mi cuerpo y el tuyo a reventar de polos opuestos, todos los deseos imposibles, las locuras no cometidas, queriendo brotar ahí, de golpe, sin consideración ninguna.
Pero pensamos, es inevitable. Pensamos y pensamos, nos carcomemos los sesos y al final, nos decimos que es mejor mantenerlo así, ¿verdad? Es mejor. Sabemos, de algún modo, que acabaría destrozándonos si no. 
Así que agarro los cables y me electrocuto un rato, ¿entiendes?, para romperlos. Me arranco los imanes gimoteando. Elimino esa parte de mi locura.
El problema es que estoy loca de verdad y me surge todo de nuevo. Decía antes de brotar, pues bien: pasa un tiempo y de pronto una chispa, pasa un tiempo y de pronto un imán entre mis costillas. Estoy puto loca y me digo que no pasa nada, pero aquello se hace bola y hola, de nuevo estoy en el mismo punto.
¿Pero qué voy a hacer? ¿Cómo no voy a permitirme algo tan maravilloso?
- La diferencia entre lo fantástico y lo maravilloso es que lo fantástico supone un trauma y lo maravilloso no -
¿Cómo no voy a permitirme algo tan fantástico? 
Que sí, que estoy loca, no me digas más. Pero tú, ¿tú? Tú también. Nos aferramos a lo fantástico llamándolo maravilloso y seguimos adelante. Caminamos, ¿ves? Tu mano sigue en mi hombro, la mía en el tuyo, nos vemos caminar por aquí, por allá. Llevo la mano en el bolsillo para controlar los imanes, los guantes para aparentar lo que no soy, pero porque mi piel queda libre, por si acaso... por si acaso mientras me hablas... 
Caminamos uno al lado del otro, paralelamente. 
Quizás en el infinito, ¿comprendes? Quizás entonces.

13 ene 2016

Escarpado


La olas rompen frente a un acantilado.
El acantilado se rompe frente a las olas.

No me importa quién sea el mar, no me importa quién sea la roca.
Quizás estamos al borde del acantilado, quizás a la deriva en el agua.

¿Reímos? No lo sé. Dime tú si lo hacemos.
¿Nos rompemos? Una y otra vez, sin parar.

Rompemos a reír, rompemos a llorar.
Nos rompemos el uno al otro con confianza.

¿Me dejas romperme ante ti? Algo así dijiste, pero,
¿puedo reír a carcajadas y llorar a gritos sin preocuparme?

Últimamente quiero ser honesta y resquebrajarme frente a alguien.
Lo hago frente al espejo porque hay cosas que no pueden salir de aquí.

Pero, ¿puedes romperte frente a mí?
Hay algo que implora por un momento así.

Quizás si te rompes tú, me anime yo también.
Es probable que pienses eso mismo con otras palabras.

No sé si soy la roca afilada tras años aguantando el choque de las olas,
o esas olas que buscan romper la roca para romperse ellas también.

Probablemente sea ambas al mismo tiempo, sea este paisaje.
Probablemente lo seamos los dos.

Por eso no me importa, en realidad, aunque me lo pregunte.
Sólo quiero que nos rompamos todavía un poco más.

Así, quizás las olas rompan el acantilado,
y sus rocas, al caer, formen un lago donde nada se rompe.

19 dic 2015

Aquella semana en verano

Despierto entre tus sábanas, esas tan blancas y bien colocadas, en el frescor de las primeras horas de esta ya luminosa mañana. Has llegado de pasear a Ninja. Tus manos huelen al jabón con el que las lavas cuando la dejas a mi lado, ordenándole que me despierte.
Ella, tan tranquila, no hace nada.
Tú, tan nervioso, me agitas.
Me río todavía con los ojos pegajosos, estiro los brazos, me rodeas con los tuyos. Me concedes mis cinco minutitos más mientras sirves la mesa. Esto es en lo que pienso mientras lo oigo, estas frases, y unas cuantas más:
No quiero que esta semana de libertad y cariño se acabe. 
No quiero dejar de ver series, besarte, juguetear, desayunar en la terraza viendo cómo el sol escala y cenar ahí mismo con las estrellas sobre nuestras cabezas, darnos al placer de los abrazos y las risas y el sexo y el charlar y el no hacer nada.
No quiero dejar de admirar tus arruguillas cuando sonríes al mirarme.
La vida se ha vuelto sencilla aquí. No le pido más a los días que tu compañía y esta paz, este tiempo que parece tan largo pero avanza lentamente deprisa.
Sé que acabará, sin embargo.
Aprovechemos cada instante. Duérmete a mi lado.

12 dic 2015

Seamos

Esta noche somos jóvenes.
Lo somos bailando la citada canción, cantándola casi a gritos para oír nuestras voces fuertes entre la música que vibra en nuestros cuerpos. 
Lo somos bebida en mano, abrigo abandonado, miradas que cruzamos, manos que nos damos. 
Lo somos a cada salto, cada luz que nos ilumina, cada abrazo colectivo que ansiamos, cada vez que vamos al baño y bebemos, a morro, del grifo, cansados pero sedientos de más, siempre más.
Queremos el mundo y seguimos bailando, pero el mundo ya es nuestro aunque no lo sepamos. Este presente maravilloso donde no existe más que la canción del instante y nosotros, la adrenalina que corre por el torrente sanguíneo, consiste en aferrar el mundo.
Podría decirse que los espíritus se elevan esta noche, que hemos tomado el éxtasis del ahora y mientras bailamos en el local, mientras caminamos medio riendo, medio cantando de vuelta a casa, mientras nos desnudamos ya allí y entramos bajo las sábanas... el éxtasis sigue. 
Drogados hasta donde no pensábamos, una sonrisa se dibuja en nuestros labios cansados: esta noche nos hemos comido el mundo sin darnos cuenta y todavía no nos saciamos. 
Esta noche nos sentimos aquí y en otra parte a la vez. 
Esta noche hemos sentido la vida correr por nuestras venas e invadir nuestros cuerpos, todavía la sentimos mientras el sueño nos atrapa.
Y es que, esta noche, somos jóvenes.

8 dic 2015

Adiós momentáneo, quizás, hasta luego eterno

A veces sueño que hablamos por Whatsapp. 
A veces miro la última conversación -todavía no me atrevo a borrarla.
A veces me pregunto si sigo sentada en ese banquito, o a las puertas del VIPS, mirando cada poco en direcciones por las que podrías aparecer. 
También me pregunto si, como te dije, tengo tiempo y paciencia infinitos. 
Y es que hay veces en las que me levanto y me voy y me permito ir a otros VIPS, otros banquitos, compartir otras películas, otros vídeos, otras risas. Siquiera es buscando un sustituto, sé que nadie es ni será como tú. No es un problema.
Durante un tiempo sí lo fue. 
Ya no. 
Aunque a veces me da pena y por eso creo que todavía espero, sentada, a que vengas con tus prisas y te excuses y pueda atacarte, ya sabes, de broma y riamos como siempre, pero sé que no.
Soy pesimista en esto, lo siento.
Cada vez que dejo de esperar, lo hago durante más tiempo.
Cada vez que espero, aguanto menos.
Apenas apareces ya por mi cabeza y apenas me parece triste.
La gente viene y va.
Tú te has ido, y aunque no sé si volverás, yo de momento me levanto 
y                                                            
me dejo                          
 ir.      

8 sept 2015

The tricky one

Trik tiene las pestañas más bonitas del universo. Su mirada atrapa como ninguna. No necesita rímel, lápiz de ojos o sombra para hacer más hermosos sus ojos. Cuando encuentra a alguien que le interesa, sólo tiene sentarse en frente y observarle hasta que el incauto, el ignorante de esa ocasión, levante la vista. Ahí, justo en ese instante, lo atrapa.
La muchacha que hay frente ella se encuentra en sus redes. Cada día lucha para liberarse, pero tiene la sensación de que fracasa justo cuando cree que va a lograrlo. En esos momentos, Trik se acerca a ella un rato. Aprovecha la debilidad de la esperanza para tomar con cariño sus manos y hacer que toque un instante sus pestañas mientras le susurra esas cosas que le asustan, le preocupan, todo aquello que se atasca en sus neuronas como pelos débiles bajo la piel. 
La chica pierde la cordura un instante, sólo un instante, pero es suficiente. Se pierde a sí misma y termina el trabajo que Trik comenzó. En su cabeza bailan las preocupaciones, inseguridades, miedos, aquello que pasó la semana pasada, eso que le dijo su madre, qué tal se encontrará su mejor amiga, venga, una más y basta, otra y paro. Ésta duele, ésta es demasiado larga, ésta es muy gruesa, ésta no ha salido de raíz y se ha cortado.
Para cuando sale del segundo, se da cuenta de que ha sido más largo de lo que imaginaba. Camina apresurada hasta el espejo más cercano de la red, atrapándose más, dejando atrás una mesa llena de pelos rizados en sus puntas que apartará más tarde, y descubre zonas despobladas en sus párpados enrojecidos. Se mira más de cerca, encuentra los poros por los que parece emerger algo, hace un cálculo rápido. Mientras llora, se prepara para luchar ese tiempo. "Sólo ese tiempo", se dice, "Luego estarás bien".
Pero se miente. Necesita mentirse. Sabe que aunque logre tener unas pestañas tan preciosas como las de Trik, ésta siempre puede aparecer a su espalda y tomar con todo su característico cariño sus manos de nuevo.
Se maquilla con lápiz de ojos negro a la mañana siguiente, tras haber deseado inútilmente al despertar que Morfeo haya mejorado el asunto. Cubre las áreas huecas a base de pintarlas. Sus ojos, naturalmente grandes, empequeñecen. Es el efecto del maquillaje que necesita para evitar sentirse violentada, observada, insegura cuando camina por la calle; y se mezcla con la hinchazón de sus párpados, que se recuperan del asalto de anoche.
El resultado es convincente en el espejo, pero aún con esas, Trik la acompaña a cada ocasión que los ojos de la chica chocan con los de alguien. Se refleja en los de esa otra persona y pregunta: 

"¿Crees que se dará cuenta?"



Y es que no me importa que me duela(s)

La cera caliente que eran mis lágrimas hace dos noches se ha endurecido. Cubre ahora mi piel a modo de armadura, es difícil moverse. Se resquebraja según escribo estas líneas, y a cada pedazo que cae sobre el teclado, un pensamiento atascado se libera. Por supuesto, queda entre las teclas, como los fragmentos de las pipas que evitan agresiones a mis pestañas. Así sé que conservaré la memoria, que aprendo una nueva lección, que libero pero no olvido. Estas líneas guardan estos días, estos dedos cada vez más ágiles desgastan las letras dibujadas. 
Pienso en ti, cómo no. Pensaré en ti mañana y pasado y dentro de una semana y toda mi vida. Quizás no con tanta asiduidad, quizás no de la misma manera. Al igual que ahora al pensarte siento un clavo en mi esternón, sé que en algún momento sonreiré -sonreiremos, espero.
Pero hoy... hoy me saco un rato el clavo, perdóname. Lo pulo a golpe de tecla, lo vuelvo romo, lo dejo aquí, en la mesa, en la pantalla. Mantendré con él las conversaciones que no tengo contigo, nos comprenderemos, lo revisitaré durante horas hasta convertirlo una aguja, y sólo entonces lo calentaré entre mis manos hasta que arda y lo clavaré, lentamente, dulcemente, entre mis costillas. 

Desafinado

Eh, chico. Acércate un rato, aunque pon antes algo de bossa nova. No la de la niñata rubia, no me toques los cojones. Sé que puedes hacerlo mejor.
Haz como que fumas un puro mientras yo finjo aspirar el humo de un cigarrillo. Estamos solos tú y yo, como tantas veces. Nos apoyamos en barras imaginarias, damos vueltas en una tercera persona muy primera dentro de un espacio sin límites ni tiempo. Al ritmo que acaricio mis pestañas, caminamos, reímos. ¿Te he dicho que te sientan bien las gafas? Sé que a mí me sientan mejor, pero no me halagues así. Hasta una mierda en el hombro me sentaría bien.
Pienso que no debería decir estas palabras. Quizás tus pasos, tus verdaderos pasos, acaben en esta esquina si es que pretendes torturarte un rato. Pero no pares de escuchar si estás aquí, me estoy comunicando contigo en el único medio que me dejas, que me dejo: el más ineficaz e improbable.
Has llegado -hemos llegado- a esta esquina. Levanta la vista un instante. ¿Qué ves? ¿Cielo nocturno? ¿Vas a despedirte de mí en la puerta una vez más o tengo que imaginármelo? ¿Guardo ya las llaves que he colocado entre mis dedos? Tú me dirás. Podemos estar aquí cuanto queramos. No tienes por qué decirme adiós, no aquí, no ahora. No hay tiempo, como te he dicho. No hay límites. 
Si me echas el humo en la cara, no me importará, al igual que si quieres darme a probar tu tabaco. No tengo problemas en compartir saliva, ni en compartir en general. Quiéreme como quieras que aquí estamos seguros, que en este sitio puedo dejarme querer. 
Pero mira, no. En realidad, no. Vete, es lo mejor. No me apetece brindar con una botella nuclear mientras la onda expansiva de un hongo nos despelleja, nos atrapa, a nosotros y a todos, desprevenidos en nuestros pensamientos imposibles mientras caminamos sin rumbo. ¿De qué nos vale eso, querido, a ti y a mí?
Vete que yo espero. Me siento en el suelo, ya sabes que me da igual. Me cruzo de piernas, pego la espalda a la pared, rasco por encima de las medias. Tengo tiempo, tengo amor suficiente para esperar todo lo que necesites, para recibirte con la mejor de mis sonrisas cuando quieras volver.
Entonces, ambienta de nuevo con bossa nova. Mejora mis noches y mis días con la mera posibilidad de hablar contigo, con tu presencia constante por lejano que estés. Daremos más vueltas con la calma.
Pero no te olvides de que ambos habremos cambiado para entonces, y que aunque nada pudo haber sido, te confieso con brutal honestidad y deleznable cobardía que aquí, exactamente en esta esquina, sí lo fue. 

2 dic 2014

¡Estoy on fire!

¡Hola!
Sé que ha pasado mucho tiempo y que el blog anda desatendido, y es por eso que escribo esto.
La verdad es que la universidad está absorbiendo la mayoría de mi tiempo. Son cinco asignaturas, pero estoy hasta arriba de libros que leer, de trabajos y deberes, y eso que mi carrera no es de las más complicadas.
Pretendo volver en cuanto lleguen las vacaciones de Navidad, pero igualmente tendré que estudiar para los exámenes de Enero, así que no sé cuánto podré actualizar.
De todos modos, si por algún desequilibrio mental queréis hablar con la tía que os deja a medias las historias y que lleva diciéndoos meses que va, que vuelve... sigo estando en otras redes sociales que no requieren de tanto esfuerzo como este blog.
Esas redes son Twitter, Tumblr y Ask (el cual voy a retomar ya mismo, que sé que también lo tengo abandonadico perdío).
En fin, no tengo mucho más que decir. Es una actualización para que sepáis que sigo aquí, que estoy ocupadísima, y que siento muchísimo estar desatendiendo el blog, pero sobre todo, estar desatendiéndoos a vosotros. No os merezco, la verdad u_u
Muchísimas gracias por todo lo que hacéis. Espero que os esté yendo genial y que cuando vuelva me recibáis con ilusión o algo :')
¡Un abrazo muy fuerte! ¡Os quiero!

15 sept 2014

Quince de Septiembre - 50 cosas sobre nosotros

Dudo que veas esta entrada, amor. Lo dudo mucho. No lees mi blog -y no te juzgo, casi prefiero que no lo hagas, porque ya tomas suficientes dosis de mi cabeza-bomba como para tener aun más- y tampoco es que yo te diga: "oye, lee esto".
Pero esto está aquí por ti. Por mí. Por nosotros.
Ya tres años, ¿eh? Hace uno mes o así. Tres años de miles de cosas. Pero selecciono 50 porque es cifra redonda y porque no quiero aburrir demasiado a la gente que lea esto. 
Quizá te enseñe esta lista, algún día. No lo sé. No sé qué va a pasar. No me importa. Estoy bien ahora. Estoy bien contigo. Quiero cuatro años contigo, cinco, seis. Los que hagan falta, los que tengan que ser. Y ya está.
Sin más dilación, empiezo:

1. Los sms cuando mi móvil era una castaña y estaba en aquel pueblo con mi madre. Todas las noches, algunas mañanas, los sms. 
2. Cómo me masajeabas las manos cuando todavía no salíamos, porque cualquier excusa era buena para estar un poco más cerca.
3. Cuando me diste la mano en el banco, por primera vez. Nos apretábamos tan fuerte que acabaron doliéndome los dedos. Te aseguro que disfruté de aquel dolor.
4. Cantarte Lobo hombre en París al oído, sentados en el suelo del metro, yendo a una quedada.
5. Repetir lo anterior tras mi primera -y espero última- borrachera, pero con Still into you.
6. Llegar a Callao dos días después de haber vuelto del pueblo mencionado antes, lanzarme a tus brazos, que me levantaras y apretarte contra mí a pesar del calor. Tomarte de la mano y caminar así por Madrid.
7. Nuestro primer beso -y mi primer beso de verdad- cosa de una hora más tarde. Estaba tan nerviosa que mi corazón sigue acelerándose cuando lo recuerdo.
8. Rodar por la hierba. Notar tus manos en mi cintura. Apartar las moscas a manotazos. Acabar con los labios hinchados y la garganta dolorida de reír.
9. El final de aquel verano. Aquel "creo que te amo" después de que me consolaras porque no quería volver al instituto. No entendiste por qué me afectó tanto hasta que supiste lo terriblemente hundida que estaba.
10. Tu constante apoyo en mi lucha contra todo. Contra mi misma, mi mente, mi pasado, mi presente. 
11. Que no sepamos la fecha exacta de nuestro aniversario.
12. Luchar cada vez que tenemos problemas, para que lo nuestro siga adelante. No rendirnos jamás
13. Las partidas en los Sims. Horas y horas jugando frente a mi ordenador. Familias locas y muchísimas risas.
14. Despertarme a tu lado, moverme, que te despiertes. Mirarnos a los ojos. Sentirme de pronto la chica más guapa que ha pisado la Tierra.
15. Esa sonrisa que me dedicas siempre que quedamos y llego, o llegas. Es preciosa, de verdad.
16. Ir al cine contigo. Pasarnos la película dándonos la mano, apretándola en momentos de tensión. Salir y comentarla, criticarla, lo que sea.
17. Meter la mano en el bolsillo de tu pantalón en invierno, y que tú insistas en meterla debajo de tu camiseta. Y yo te digo: "que no, que no, que te va a dar frío". Y tú: "que sí, venga". Y al final lo hago y pones esa cara de sufrir exgerada, para luego sonreír.
18. "Te quiero" "Y yo a ti" "¡EH! ... Demasiado"
19. Que siempre me acompañes a casa, hasta el portal, y cuando no lo haces porque no puedes, me acompañes al menos una pequeña parte del trayecto.
20. Tu sombrero raro y flexible. Lo que significa para los dos. La temporada que dormí con él como si fuera un peluche más -y así se quedó el pobre-.
21. Las veces que nos escondemos por la casa cuando el otro está en otra habitación. 
22. "¿Qué quieres hacer?" "No sé... ¿tú qué quieres hacer?" "No sé... lo que tú quieras" "No, lo que tú quieras" "Es que no sé... ¿vemos una peli?" "Naaah" "¿Una serie?" "Naaaah" "¿Jugamos a algo?" "Naaaaah" "¿Entonces qué hacemos?" "No sé. Lo que quieras" "Uuuufff..."
23. Ser tan particulares, y a la vez, la envidia de toda la gente que conocemos, estén solteros o en pareja.
24. Aquella primera vez tan chusta que tuvimos y que ha quedado como anécdota más que otra cosa.
25. Las tardes tumbados en el Retiro, hablando de nuestras cosas, conociéndonos.
26. Las tardes actuales tumbados en el Retiro, mirando a la gente pasar, y tú comentando sus
estilismos, haciéndome reír.
27. No poder decir ciertas frases porque acabamos cantando canciones que las contienen y troncharnos de risa.
28. Cómo nos metemos en mi cama en invierno y estamos de lado, frente a frente, con las piernas entrelazadas y acariciando nuestros pies.
29. Ir siempre, siempre, SIEMPRE de la mano cuando vamos por la calle.
30. Esperar al lado del otro cuando estamos en el McDonalds o el Burger King y nuestra comida tarda en llegar. Quedarnos ahí aunque ya tengamos nuestra bandeja, para no dejar al otro solo.
31. Pablo interrumpiéndonos el primer momento romántico de verdad tras meses. Las risas de aquello.
32. Que para nosotros la confianza no dé asco alguno, sino que sea uno de nuestros mayores puntos fuertes.
33. La vez que me colgaste el teléfono cuando estaba llamando a Débora. La risa que me dio. Y la que te dio a ti después. Esa frase que ya ha quedado para la posteridad: "Pero... tú estás loqui. Estás muy loqui. Fatal de la cabeza. Loquísimo".
34. Tus versiones de la canción de Siento fuego dentro de mí, de Hora de Aventuras, para animarme o hacerme de rabiar y reír.
35. La temporada que cuando caminábamos nos dábamos golpes con la cadera, y se convirtió en un juego.
36. Ser unos cotillas.
37. Lo bonitas que me parecen tus manos. Lo bonitas que te parecen las mías. Lo bonitas que quedan juntas.
38. Llamarnos "tío", "tía", "tronca", "colega", "chaval"... en vez de las cosas típicas.
39. Y en chat, llamarnos "amor", "vida", "cariño"...
40. Todas las noches chateando si no estamos juntos. Haya exámenes o no. Haya lo que haya que hacer. Todas las noches, chateando, aunque sea solo un rato.
41. Cuando sonríes mordiéndote la lengua porque te he pillado a punto de hacer alguna pillería, o porque te da vergüencilla algo.
42. Todas las canciones que me recuerdan a ti, o a nosotros.
43. Darnos con la pala o la red en Animal Crossing.
44. Haber visto "Un príncipe para Laura" y que tengamos tantos chistes al respecto.
45. Irnos de compras -y que te lo pases mejor tú que yo-.
46. Las veces que te hago sornojar y me abrazas para disimularlo.
47. Las veces que me haces sonrojar y me masajeo los mofletes para ver si se me pasa.
48. Las guerras de cosquillas -que siempre ganas, maldito-.
49. Todo lo que me has ayudado y apoyado con el asunto de la escritura.
50. Haber llegado hasta aquí, hasta hoy, y saber que aún nos queda mucho por caminar juntos.

Podría escribir otras cincuenta. Podría escribir y decir tantísimo sobre nosotros, sobre ti. Todo lo que hemos aprendido y vivido no se puede resumir en cincuenta cosas. Y no puedo ni imaginar lo que nos queda todavía.
Pero sé que, sea lo que sea, mientras sigamos como hasta ahora, estará bien.

12 sept 2014

Doce de Septiembre (¿o Mayo?) - Quiero

Tus manos tocando las mías, deslizando los dedos entre los míos. Los miro, con tus uñas largas y cuidadas, y las mías cada una a su bola porque no preocupo de esas cosas. Y unimos las palmas, sintiendo que tu mano es tan distinta a la suya... con tus dedos más finos, más cortos que los suyos.
Estás a mi lado, en el colchón que he tirado al suelo esta mañana para que duermas esta noche. Podría ir a mi cama pero estoy mejor a tu lado. Y no puedo evitar acariciarte, mirarte a los ojos, sonreír como si fuera tonta, mirarte a los labios y que el impulso de besarte pase por mi cabeza, y luego volver a tus ojos y pensar que eres preciosa, que tengo demasiada suerte por dormir esta noche contigo, por poder charlar y acariciarte ese pelo coloreado tuyo, esos brazos, esas manos, esas piernas tan suaves. Pero sé que no durará mucho, que te irás el domingo y ay. Ay, C, no sabes lo que me duele.
Disfruto del momento, sin embargo. Escuchándote hablar, contándonos cosas. Notando tus manos y mirándolas. Deslizando la vista a tus brazos en busca de nuevas rayas rosáceas. Pensando que, joder, me encanta todo de ti, que si por mí fuera pararía un rato el tiempo para tener la noche más larga jamás tenida. Porque el tiempo, contigo, pasa tan rápido que apenas me da tiempo a suspirar. Para cuando me doy cuenta, estamos en esa estación que amo cuando vienes y odio cuando te vas. Para cuando me doy cuenta tengo tus manos en mi espalda, presionándome contra ti según me abrazas, apresándome con todo tu cariño,
dejando que note tu cabeza sobre mi hombro y que hunda la nariz en tu ropa para respirarte una vez más. Aprovechando ese último instante antes de volver a la incertidumbre de cuándo nos volveremos a ver.
Y por eso, aunque tengamos que levantarnos en cinco horas, sigo hablando contigo. En cuatro y sigo acariciando tu pelo. En tres y estamos tumbadas una frente a otra, hasta que media hora después me decido a apagar la luz.
Te dejo en tu cama, y entro yo en la mía. Pasan apenas minutos hasta que subes conmigo. Te hago hueco. Nos damos las manos y apoyamos las frentes. Sólo puedo pensar que la distancia entre nuestros labios es escasa, y mi corazón se acelera. Por el simple hecho de que estés a mi lado, dándonos un poco cariño, ya me siento mejor, y al mismo tiempo, algo nerviosa.
Así que cojo tu mano, llevándola bajo mi pecho, diciéndote con una sonrisa que no puedes ver que me va el corazón a mil. Me dices que el tuyo va normal, y siento un poco de vergüenza, pero no puedes ver mis mejillas encendiéndose. Tampoco cuando, tras rozar un poco las nariz, tras ladear un poco la cabeza, me das un beso en los labios. Y luego otro. Otro más. Besos seguidos que hacen que agarre tu cabeza y sienta de nuevo tu piel en las yemas de los dedos. Pasión más tarde cortada porque, mierda, en hora y media nos tenemos que levantar.
Pero me da igual. Con dormir contigo a mi lado soy feliz, soy más que feliz.
Y es que se me juntan tantas cosas cuando vienes. Quiero hacerte reír hasta que te duelan las mejillas, hasta que la forma en que sonríes y el sonido de tus carcajadas quede grabado en mi cabeza. Quiero charlar contigo durante horas de nuestras vidas, de los capullos con los que nos hemos cruzado, de las veces que hemos sido felices y de las que nos hemos hundido en el fango. Quiero compensar todas las veces que has sufrido a base de darte un par de días de felicidad. Un par de días que, si por mí fuera, serían un par de meses, o de años, o de vidas. Quiero decirte que eres preciosa hasta que te canses de oírlo o hasta que te lo termines creyendo. Quiero abrazarte y no soltarte. Quiero enseñarte todo lo que he aprendido por si te sirve de algo. Quiero tomar tus manos y mirarlas, hacer círculos en tus nudillos con los pulgares. Quiero caminar contigo del brazo, y sentirme culpable por sentirme tan bien. Quiero besarte hasta que se me hinchen los labios, hundir los dientes en tu cuello para oírte suspirar. Quiero ver series y películas y luego comentarlas. Quiero que te quedes dormida mientras acaricio tu pelo, o viceversa. Quiero tu cabeza apoyada en mi hombro, o dormir abrazándote desde la espalda, o dándonos la mano. Quiero memorizar cómo hueles para poder recordarlo de vez en cuando y sentirte un poco más cerca.
Y es que de eso se trata, de tenerte cerca. Borra de un plumazo todo lo que he dicho, C. Bórralo. Quédate con esto: te quiero a mi lado. No necesito ni mirarte, ni hablarte, ni tocarte, ni nada de lo mencionado. Tu mera presencia. Saber que estás a menos de un paso. Eso es lo que quiero. 
Y el resto, si surge, surgió.



Entrada escrita allá por Mayo de este mismo año,
terminada en Septiembre,
pero perpetua de algún modo,
porque todo esto no ha cambiado.

1 jul 2014

Treinta de Junio tardío - Con toda tu fuerza

Quería besar las líneas rosadas en tu brazo. Todas seguidas, todas juntas, en un pequeño espacio más cerca de la muñeca que del codo. Quería besar esas heridas, decirte que no me importaba que estuvieran ahí, que tus motivos tendrás, que algún día podrás dejar de hacerte eso para escapar. Me preguntaba mientras las miraba, de reojo para que no te dieras cuenta, cuáles serían tus motivos. Con qué lo habías hecho. Si llorabas mientras, si tenías ganas de gritar hasta que tus pulmones no aguantaran más. Lo único que sabía es que habían surgido de un sufrimiento que no podía ayudarte a sobrellevar -y no sabes la rabia que me da, C-. Que era algo que sufrías, y sufres, en silencio. 
Por eso seguí acariciándote la mano, y a veces las sentía al descender por el brazo. Las sentía en las yemas
de los dedos, y me daban ganas de quedarme ahí, de acariciarlas. De hacerte ver que estaba contigo también en eso. Que conmigo no sólo hay risas y chistes malos y "venga, chula". Que puedes hablar conmigo de lo que quieras y estaré ahí para escucharte. Que si me despiertas con una llamada a las cinco de la madrugada, estará bien. Que hablaré contigo. Que haré todo lo que esté en mi mano para que estés mejor.
Y ojalá pudiera correr a tu casa cuando estuvieras mal. Ojalá poder ir para abrazarte y decirte que todo irá bien, confiando ciegamente en el futuro. O quizá no tan ciegamente. Quizá es que confío en ti, que veo en ti cosas que ni tú misma ves o sabes. No lo sé. Confío en ti. Sé que eres fuerte, tan fuerte que prefieres hacerte daño a ti misma que preocupar a los demás. Tan fuerte que aguantas el día a día tan bien como puedes. Tan fuerte que nos ofreces a los demás una sensación de seguridad cuando estamos a tu lado. Tan fuerte que siempre tienes sonrisas para el resto aunque por dentro no estés bien del todo.
Sé que eres inteligente. Sólo me basta estar contigo para saberlo. Sólo me basta con mirarte a los ojos. Nunca sé qué es lo que pasa exactamente por tu cabeza. Nunca sé qué es lo que realmente piensas o quieres. Sé que las conversaciones contigo me hacen ver que rebosas inteligencia. Que estudiando apenas una hora consigues aprobar, incluso con notas superiores a un seis. Que te interesa el arte y la ciencia a partes iguales.
Sé que luchas por tus sueños. Que te esfuerzas por levantarte cada día de la cama. Que aguantas el peso de tu vida sobre tus hombros. Que no te rindes. Que dibujas y mejoras y llegarás lejos. Que algún día nadie podrá parar tus pasos e irás a dónde quieras, con tu cabeza de colores, con tus botas marrones, con la mochila colgada de un sólo hombro.
Lo que no sé es si tú sabes todo eso. Todo eso y más. No sé si sabes que eres preciosa, que tienes los ojos más bonitos que he visto jamás, que no podía parar de fijarme en su forma y lo grandes que eran. Que se llenaban de alegría cuando sonreías, y que tu sonrisa se ha quedado grabada en mi cabeza. Pienso en ti y de las primeras imágenes que aparecen frente a mis ojos, son las comisuras de tus labios levantándose, junto a tus mejillas. Ese gesto de felicidad no se olvida. Ojalá pudiera hacer que todos los días de tu vida fueras feliz.
No sé si sabes que iluminas con tu mera presencia a los demás. Que provocas alegría y una sensación de pecho lleno en cuanto quien te conoce te mira, o en cuanto hablas. Que sólo con estar ahí ya alegras las horas. Que Madrid se queda un poco vacío cuando te vas. Que verte conectada en Skype significa querer hablar contigo durante horas -que si no hablo contigo a veces, es porque no quiero que te hartes de mí, no quiero perderte por ningún motivo. En este tiempo, desde que te conocí, te has vuelto tan importante para mí que perderte sería difícil se asumir-. Que ver tus reblogs en Tumblr se traduce en un saber que estás bien, que estás ahí... y que demuestras con todos ellos que eres una persona genial, con un corazón que no le cabe en el pecho, con una sensibilidad que muestras en cuanto te cuento alguno de mis problemas, con intereses diversos, con mucho sentido del humor.
Todo esto te puede parecer que lo digo desde mi punto de vista, pero no es verdad. Encantas a quien te conoce. Los que has conocido aquí, en Madrid, sólo han tenido palabras agradables sobre ti una vez te has ido. Sólo han podido decirme que ojalá vinieras más veces.
Ayer, cuando después de abrazarte te fuiste, me quedé esperando a que el autobús arrancara. Te vi mirando al móvil, sentada, con el bus en movimiento; y me sentí repentinamente triste. Ahora escribo estas líneas y me siento igual. Saber que no podré volver a verte en meses, quizá. Que no podré reír a tu lado, que no tendré ocasión de abrazarte, que me estoy perdiendo el sonido de tu risa y de tu voz, conversaciones y paseos por aquí y por allá. Que no tendré que girarme en el metro para saber si estás a mi espalda, para saber que estás bien. Que no me daré cuenta ni de la mitad de los mozos que pasan a mi lado. Saber que no podré disfrutar, simplemente, de que estés cerca.... todo ello consigue que me sienta triste, que quiera ir a donde estás sólo para verte un rato más. Que si un genio de la lámpara apareciese, uno de los deseos que le pediría sería vivir cerca de ti -o que tu vivieras cerca de mí, porque te consultaría antes-. Aunque ese sería el segundo. El primero sería un "que ella sea feliz, para siempre".
Porque eres tan importante para mí. Tan importante para tanta gente. Y quizá no lo sepas. Pero para los que eres importante, eres también todo lo que he dicho de ti. Todos esos adjetivos y expresiones y frases largas describiéndote. Y seguro que todos queremos verte sonreír y que seas feliz. Seguro que todos responderíamos esa llamada a las cinco de la madrugada. Seguro que todos nos sentimos un poco mejor cuando estás conectada. Seguro que si pudiéramos, correríamos hasta donde estuvieras cuando estuvieras triste para darte un abrazo, para que te sintieras mejor.
Todos querríamos besar tus heridas y hacerte saber que no pasa nada. Que algún día podrás darte la vuelta y mirar al pasado y sólo sonreirás al darte cuenta de que eres más feliz de lo que nunca has sido. Definitivamente puedo verte así, con tu cabeza de colores, tus botas marrones, tus ojos expresivos, con la sonrisa más bonita jamás vista. Igual que puedo verte girándote y caminando, un día más, una vez más. Aguantando la vida sobre los hombros. Con todo lo que eres. Con toda tu fuerza.