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5 ene 2017

Tras la cortina

Se despertó a propósito de una pesadilla. En su infancia leyó que había métodos para controlar los sueños y había intentado aprenderlos con un esfuerzo que se prolongó durante casi un año. Sólo aprendió a despertarse de las pesadillas. Se daba cuenta de que ningún monstruo era real, de que las manos deformes que se extendían por los pasillos estrechos de su subconsciente no eran más que una creación del mismo, y según se daba cuenta, decidía despertarse.
Ahora decidió darse la vuelta en la cama, arrebujarse bajo las sábanas y cerrar los ojos para dormir más, pero el sueño no estaba dispuesto a volver. La pesadilla se disolvía en su memoria mientras el brillo claro de la luna se colaba en la oscuridad del cuarto. Abrió los ojos con hastío y miró el brillo, tan sutil como siempre, tan blanquecino, la ventana con las cortinas echadas casi parecía una pantalla de cine a la que no llegaba bien la luz del proyector. De algún modo era eléctrico y aquello hizo que se diera la vuelta de nuevo para mirar a la pared, concentrándose en la oscuridad de la esquina superior izquierda de su cuarto.
Pero el brillo seguía a su espalda. Lo notaba cubriendo en parte sus hombros y el cuello, el pelo por la nuca, parte de las orejas. Lo imaginaba grisáceo en contraste con la negrura y se le erizó el vello de la espalda desde las cervicales, como si el brillo se colara bajo la manta y la sábana y recorriera su columna vertebral con la misma sutileza con la que se posaba sobre los muebles. Lo imaginó descendiendo y trató de hacer su cuerpo más pequeño, frunciendo el ceño y encogiéndose, un intento de esfera sobre la cama. Incluso sacó con cuidado una mano delante de sí, para que el brillo no llegara a tocarla, y se cubrió también la cabeza.
Dentro de la fortaleza de calor que suponía la manta sintió una seguridad similar a la de una mujer que, tras una caminata nocturna de vuelta a casa, consigue entrar en el portal de su edificio. Sin embargo, entre el portal y el piso concreto existen todavía unos metros en los que todo puede suceder, y por eso la mujer sigue escuchando que sus pasos sean sólo suyos y que los ruidos sean los rutinarios mientras llama al ascensor o sube las escaleras y mantiene las llaves en la mano.
No pudo dormirse.
Acabó por darse la vuelta y salir del abrigo de la cama. El brillo iluminó sus piernas desnudas y los pies que tocaron el suelo fresco. También iluminaron la camiseta vieja y las muñecas delicadas, esa marca negra en la uña de cuando se pilló los dedos hacía años, los pasos con los que recorrió el cuarto hasta salir y los tendones de sus tobillos tensándose y relajándose según pisaban la alfombra que cubría el pasillo hasta el baño.
Entró pero no encendió la luz, no quería deslumbrarse. Se limitó a echarse un poco de agua en la cara y no mirar demasiado su reflejo en el espejo cuando levantó la cabeza. Lo vio apenas por el rabillo del ojo según salía del baño camino al salón. No le gustaba no verse el rostro en la oscuridad, como si la nariz y los labios se hubiesen difuminado y los ojos reflejaran el brillo que se colaba, también, por ese ventanuco que había en la pared del fondo del baño.
Pasó por el salón sin mirar tampoco las cortinas que tapaban las ventanas más grandes de la casa y que de día solía apartar para que el sol iluminara la estancia y calentara la superficie blanda del único sofá. Sentía el brillo a su alrededor pero lo ignoraba cuanto podía con su sentido dominante, aunque todavía le daba la sensación de que acariciaba sus vértebras. El vello se erizó de nuevo.
Por fin en la cocina, se guió por pasos y movimientos mecánicos para sacar un vaso de un armarito y llenarlo con un agua que bebió despacio, notando su frescura bajar hasta el estómago vacío. Si tenía hambre es que amanecería pronto. Aquel pensamiento consiguió que dejara el vaso en la pila con algo de confianza y que caminara a su cuarto sin más, sin preocuparse de mirar o no mirar nada.
Cuando llegó, se decidió a echar un vistazo al exterior, para comprobar si la teoría era cierta. Además tampoco tenía demasiado sueño y, si el sol estaba saliendo ya, quizás acercaría la silla del escritorio a la ventana, apartaría la cortina y se quedaría observando cómo el cielo cambiaba de color lentamente. Hacía años que no veía el amanecer.
Dirigió sus pasos a la ventana y observó su mano volviéndose pálida bajo el brillo según la acercaba a la cortina, pero entonces, cuando las yemas tocaron la tela, notó algo extraño. El brillo estaba formado por unas franjas más oscuras que otras. Había, de alguna manera, blanco y gris y gris blanquecino y blanco grisáceo. Alejó la mano y al bajarla fue engullida por una oscuridad que no concordaba, como si hubiera una sombra frente al brillo o como si la luz... como si la luz no viniera del único foco que supone la luna.
Le tembló la muñeca un instante según miró hacia su camiseta. También había gris y blanco y parecía que, sobre el dibujo raído, se formaba otro de símbolos. Intuitivamente se llevó la mano al pecho mientras se alejaba medio paso y vio los símbolos difuminados adaptarse a sus nudillos y a la uña ennegrecida.
Levantó la vista a la ventana y sintió sus ojos absorber el brillo, su mano moviéndose hacia la cortina con pulso acelerado que hacía palpitar las yemas de los dedos. Agarró la tela suave sin mucha firmeza y la echó a un lado para mirar a través del cristal.
No amanecía al otro lado. La luna tampoco estaba, pero no había nubes para cubrirla ni se trataba de que esa noche hubiera luna nueva. Al otro lado de la ventana sólo había negrura y el brillo de unas letras que decían: "El día de hoy ha sido cancelado. Vuelva a la cama".



22 ago 2016

La argamasa

Tiempo.

La argamasa apareció un día como cualquiera anterior en el pueblo tranquilo, de madrugada. Se paseó por las calles empedradas con una lentitud extraña, pesada, y algunos vecinos despertaron sintiéndose incómodos en su propio cuerpo. Se vieron obligados a pasear por su casa para, a saber, beber agua, echarse agua por encima, abrir el grifo para ver el agua correr, oír el agua correr. Luego volvieron a sus camas y durmieron a ratos.

A la mañana siguiente, la argamasa seguía en el pueblo, recorriendo cada metro del mismo. Los habitantes la miraban sin saber muy bien qué era aquella masa informe que no sabían si se arrastraba o flotaba. Podían concluir que era gris, aunque cambiara de tono, que parecía tangible, que la luz del sol la descubría como traslúcida. Cuchicheaban entre ellos, evitando a lo que llamaron el ser. Si lo veían en un callejón, cambiaban el recorrido.

Era ya de noche cuando la reunión con el alcalde terminó y todos buscaron a la argamasa, que parecía esperarlos, quieta pero retorciéndose en la plaza principal. Habían acordado tratar de comunicarse con ello, pero fue en vano. Trataron de echarla. Incluso la tocaron para descubrir que sólo se movería por voluntad propia, no ajena. El segundo plan surgió entonces: volverían a sus casas, descansarían, pensarían nuevas ideas y, ya mañana, las pondrían en común.

Pasó una semana y la argamasa seguía entre ellos.



Animales.

Los gatos callejeros se colaban entre los tobillos de los vecinos y se subían a cualquier lugar para observar a la argamasa. Iban en grupos, cosa rara, saltaban de un lado a otro y sus ojos atentos de pupilas afiladas seguían esa presencia día a día, desde las alturas. Sus compañeros los perros hacían similar desde los balcones de sus dueños, sólo que no podían evitar ladrar, algunos furiosos, otros juguetones. Los perros viejos siempre se tendían al lado del ser, apacibles.

El pueblo se llenó de palomas, periquitos, gorriones y otros tantos pájaros. Se acercaban a la argamasa y revoloteaban a su alrededor. El alcalde tuvo que llamar a sus contactos para librarse de tanto ser alado. La nueva gente que vino a echarlos siquiera se fijaron en la argamasa más que dos o tres segundos, con cierto gesto contrariado, luego hicieron su trabajo. Cuando los pájaros se marcharon, les siguieron los gatos, más tarde los perros.

El pueblo se llenó de los sonidos humanos y dormir se volvió una tarea complicada.



Niños.

Jugaban con palos y piedras, con juguetes de madera. Hacían trineos precarios con los que se lanzaban calle abajo, la mayoría de las veces acababan con heridas, astillas en las manos y dejando atrás pedazos de madera y metal que recogían después para hacer un nuevo trineo. Se perseguían los unos a los otros, lloraban, gritaban, reían, se burlaban. Entraban en sus casas sólo para comer, cenar, bañarse y dormir.

Eran los únicos que todavía pensaban en la argamasa. Hacían expediciones por el pueblo para encontrarla, la seguían, pensaban teorías que los adultos jamás imaginarían, le lanzaban piedras, hablaban con ello, algunos lo consideraban Dios. El Dios del que habían oído hablar y al que rezaban en la escuela y en misa y antes de dormir, de rodillas al lado de la cama, de rodillas en medio de la callejuela, los codos apoyados en el colchón, los codos hundiéndose en la masa del ser.

Algunos adolescentes se dieron cuenta y les guardaron el secreto del misticismo.



Mujeres.

Ya no evitaban a la argamasa, sólo la ignoraban. Si la encontraban en una calle, pasaban por su lado sin saludar, hacían vida normal, y la sensación de incomodidad desapareció sin que tuvieran que esforzarse. Las conjeturas se apagaron, la bruja local paró en su búsqueda de respuestas, el alcalde tenía asuntos más importantes que atender, la vida les pedía que continuaran con ella y obedecían. En las calles se vivía como siempre, sólo que a veces junto a una presencia incomprensible.

Un vecino giró una esquina una mañana, yendo a comprar el pan, y encontró a la mujer de otro, en camisón corto, quieta al lado de la puerta de la panadería. Era una mujer todavía joven y por el interior de su muslo se deslizó una gota de sangre, rápida, hasta la rodilla. El hombre retrocedió medio paso al ver una masa negruzca que cayó entre los pies de la mujer, el sonido húmedo contra el empedrado. Ella levantó la cabeza y en su mirada había una tranquilidad inhumana.

Alguien salió de la panadería, la agarró del brazo y la arrastró a casa.



Fantasmas.

Un coche se acercó al pueblo. Dentro sonaban las risas y estómagos hambrientos de una familia cualquiera. Pensaban parar en el pueblo, comer, descansar un rato y retomar el viaje de vuelta a casa. Habían parado en ese mismo lugar durante el viaje de ida y les había encantado la copiosa comida. El sol los azotó con sus rayos cuando entraron por la carretera principal, pero no tanto como el ambiente silencioso, pesado, costaba incluso respirar.

Decidieron no pararse cuando el perro despertó de su sueño y se levantó para mirar por la ventana, las orejas tensas, el rabo quieto. Sus cuerpos se llenaron de una incomodidad pegajosa, una pesadez en la cabeza, las risas cesaron y no podían pensar en el hambre. Miraron las calles vacías en su recorrido, a la adolescente le pareció ver que se cerraba una ventana, la sensación se quedó con ellos hasta que llegaron al pueblo siguiente y consiguieron comer un poco.

La argamasa flotaba sobre el pueblo, estática, gris, retorcida, traslúcida, y no se dieron cuenta.




Artista de la imagen fraccionada: Matthew Griffin. 

20 ago 2016

Las aventuras de Trashy Girl - Viento que devasta


 La botella pasaba de mis labios a los suyos esa noche, ambos en el balcón arropados por una manta y dejando que el alcohol calentara nuestros estómagos. Los restos de una cena que me había costado horas preparar se enfriaban, como nuestras narices. Era Nochebuena, la primera y única que pasé con Trashy Girl, y por aquel entonces tampoco la conocía demasiado. Aun así me llamó esa misma tarde, mientras comía: "¿Pasas esta noche con alguien?". De pronto, la pasaría con ella.
Para mi sorpresa, no resultó demasiado incómodo. Trashy Girl sabía sacar temas de cualquier parte, siempre con una respuesta interesante o algún recuerdo que contaba entre risas que se contagiaban. Pasamos la cena, para la cual se había arreglado en exceso, charlando de tantas cosas que el hilo resultaba imposible de seguir si me despistaba un instante, aunque era prácticamente imposible. Los labios pintados de un rojo oscuro contrastaban con el tono blanquecino de aquellos dientes que mostraba al sonreír, y sonreía constantemente, y sus mejillas se levantaban y achinaban sus ojos, que brillaban de pronto de una manera distinta, como si por un momento fuera realmente feliz. Los constantes gestos me atrapaban al igual que los movimientos de sus labios. Pronunciaba con ahínco al hablar, la escuchaba sin pretenderlo. 
Pero entonces estábamos en la terraza, mirando los edificios que se extendían en un paisaje oscuro lleno de puntos de luz - ventanas de bloques cercanos nos revelaban lo que ya sabíamos: todo el mundo tenía una familia; alguna estrella perdida, coches que pasaban dejando rastros fugaces con sus faros -. Todavía hablábamos, Trashy Girl dijo algo ingenioso y me reí, me reí de veras. Cuando volví a mirarla, su sonrisa había tomado un matiz cariñoso. "Tu manera de reír me recuerda a alguien, aunque en realidad no os parecéis en nada, en nada de nada".
Me dio la sensación de que se refería a alguien a quien había querido, y se lo pregunté sin poder contenerme, añadiendo de inmediato que no tenía por qué responder, que era una pregunta estúpida, que no debería haberla formulado... pero ella volvió a reírse, por supuesto, mientras me miraba con ternura. "No pasa nada. Sí, le quise, le quise y le destrocé". Contuve las ganas de indagar más mientras un silencio pesado de instaló entre nosotros por primera vez desde que Trashy Girl había entrado en mi hogar, y recuerdo que buscaba temas de conversación para librarnos a ambos de la incomodidad, pero ella siguió, claro que siguió, comenzando con un "ese día había cumplido los dieciocho".
Ella tenía dieciocho y el chico exactamente veinticuatro, pero desde los dieciséis había vivido rodeado de mujeres que usaba únicamente para divertirse, como ellas a él, la mayoría de las veces. En ocasiones duraban para algo más que un encuentro, pero ninguna aguantaba demasiado, quizás porque se cansaban de él, o puede que al contrario.
Trashy Girl, por supuesto, sabía todo esto. Era un chico con cierta fama y al que se había encontrado en un par de ocasiones, cruzando apenas saludos, pero aquella noche, "después de una fiesta de cumpleaños tan desastrosa como mi pelo", lo encontró de camino a ninguna parte. Y decidió que quería ser una más, por una vez, una más. Una en su lista, si es que la tenía, y ya está.
No fue así, por supuesto.
Bastó con un poco de charla para acabar en un motel cualquiera, tirados en una cama demasiado blanda, sobre una manta que casi arañaba la espalda, algo bebidos, o fumados, besándose y desgastándose la piel. Aquello duró más de lo esperado para ambos. Para Trashy Girl, que esperaba estar en casa mucho antes, y para él, que se vio atrapado en ella, cautivo de alguna manera, y libre al mismo tiempo de seguir siendo quien era y hacer lo que hacía, como cualquiera que conoce a Trashy Girl. Sin quererlo, comenzó con ella una relación que ella nunca pretendió, ni quiso, ni veía.
A pesar de sus andadas, no era un chico imbécil. Sabía tan bien como ella, como yo, que lo que le había atrapado era la fuerza natural del aire agitándolo todo, arrancando árboles del suelo, tirando abajo edificios, destrucción en calles plagadas de caos. Y se lo dijo. "Me dijo una vez que podría devastarle, y que lo hiciera", pausa, "y lo hice".
Quedaron varias veces, siempre para lo mismo. Las ansias de él no eran por tenerla entre sus brazos y plagar su cuerpo a besos, o al menos, no sólo se trataba de aquello, simplemente era la única manera de estar a su lado y darle un poco de todo lo que quería ofrecerle, todo lo que Trashy Girl rechazaba sin piedad cuando, tras acabar, se daba una ducha y se marchaba, cuando no respondía a frases cariñosas con más allá de una sonrisa desde lejos falsa, o cuando empezó a saltarse las cenas de antes, las comidas de antes, las invitaciones de antes. Se veían para lo que se veían, nada más, aunque él siempre intentara algo más, "a veces me daba auténtica pena la cara que ponía cuando me iba, así que dejé de mirarle", y tampoco le miró antes de desaparecer de su vida. "Se supone que ahora ha cambiado, que lleva un tiempo con la misma chica y que nadie sabe por qué. Pero yo sé por qué. Soy un huracán".
Esa fue la primera vez que lo dijo, la primera de tantas, pero ya entonces no me pareció exagerado, ya entonces supe que tenía toda la razón. Aunque, y esto lo sé ahora, en aquella ocasión con aquel chico no fue un huracán como siempre, lo fue porque, en parte, quiso serlo, no sin querer, no por su propia naturaleza, y en parte porque se lo pidieron. Quizás precisamente por eso. La compasión en Trashy Girl siempre tuvo un matiz extraño.
Al final se durmió en la silla mientras observábamos la noche. Quise llevarla al sofá, pero se revolvió y me dio la espalda, acurrucándose en la manta y dentro del incómodo vestido. Al día siguiente, cuando se lo comenté mirando el maquillaje emborronado en sus ojos, se limitó a decirme que le gustaban los sitios altos.

10 jul 2016

Un día duro

La noche había caído en Fabletown y llenaba también la oficina cuando él entró, tras todo un día dando vueltas, solucionando problemas, dejando otros a medias, llamando para informar a Snow. Esperaba encontrar el lugar vacío, rellenar el correspondiente papeleo informando de sus andadas, y volver a casa fumando para encontrar algo de merecido descanso. Sin embargo, según había dado unos pasos, se percató de la luz de una lamparita que iluminaba lo justo para que alguien se dejara los ojos leyendo, alguien que no podría ser otra que Snow.
Se acercó a su escritorio a paso lento, aunque ella le oyó venir. Eso no hizo que apartara la vista de los papeles, conocía sus pasos tras tanto tiempo, conocía cómo sonaba el peso de un cuerpo que contenía más de lo que aparentaba y se sostenía en unos pies humanos.
-¿Un día duro? - le preguntó él entonces. Snow levantó la cabeza un instante y sus miradas chocaron - Te has quitado los zapatos.
-Sí, sí -. Suspiró - Hace apenas un rato. Me molestaban.
Sin embargo, era extraño. Snow siempre guardaba toda la compostura, toda, incluso cuando se enfadaba. Lo había visto muchas veces: días enteros yendo de un sitio a otro cargando carpetas entre los brazos, hablando con gente que había esperado horas de cola, ocupándose de la tediosa burocracia... y no se le ocurría siquiera quejarse del dolor que debían producirle los tacones cortos, no se le soltaba un sólo cabello del moño bajo que llevaba, se molestaba en colocarse la ropa y mantenerse siempre arreglada. Pocos días Bigby la había visto como hoy, descalza, mal sentada en la silla.
Quizás hacía tiempo. Quizás la primera vez que la vio. Pero incluso entonces, cuando la encontró apenas en harapos y ella puso en sus fauces los grilletes que la atrapaban, Snow mantuvo la compostura, sin temerle, sin llorar ni gritar como hacían todos - como a veces todavía hacían, una reputación que tardaría tiempo en cambiar.
Pero la conocía, sabía que era raro pero no imposible, tras tantos encuentros azarosos a lo largo de los siglos y ahora encuentros diarios, como con el resto de criaturas de Fabletown, aquellos a los que ambos intentaban proteger y cuidar. Por eso caminó hasta su lado en el escritorio, se apoyó en el mismo y se encendió un cigarrillo.
-¿También un día duro? - le preguntó entonces ella. Era lo que Bigby esperaba. Si sus zapatos estuviesen encajados en sus pies, ese cigarrillo se habría quedado en su cajetilla. Hoy era distinto.
-No más que de costumbre - le contestó.
-¿Y qué te ha pasado en la cara?
Snow le miraba bien esta vez, nada de un vistazo rápido. Le observaba mientras él tenía la vista perdida en los edificios al otro lado de la cristalera, por los que entraba la luz de la luna y la de algún cartel de neón. No apartó la vista del moratón que había en la mejilla de Bigby hasta que él contestó, en un tono un tanto triste, que había sido el típico altercado de siempre cuando él aparecía.
-Algún día dejarán de temerte - dijo entonces -. Dejarán de ponerse nerviosos. Te verán como yo lo hago.
-Pero tú nunca me has temido, por eso puedes verme... como soy ahora.
Y era verdad. Ella siempre había visto al que tenía ahora a su derecha, un ser dolorido y dolido que intentaba hacer las cosas como mejor podía, y que durante un tiempo, simplemente, estuvo ciego por el odio, el dolor e hizo cosas que no debería y, a día de hoy, no podía parar de lamentar. Pedía perdón cada vez que alguien sacaba a relucir su pasado. Agachaba la cabeza y su grandeza se convertía en humildad. Buscaba la redención ahora, remendar todo lo que hizo mal. Ella lo sabía.
Snow dejó los papeles sobre la mesa y puso su mano sobre la de Bigby, que agarraba el borde del escritorio, los músculos del brazo velludo tensos, dejando entrever apenas una fracción de la fuerza que contenían.
-Todos hemos llegado hasta aquí, todos conocemos nuestras historias, pero todos sabemos que hemos cambiado, que aquello es sólo lo que un día fuimos - le dijo, en tono suave. Él miraba fijamente su mano - Si sigues siendo quien eres hoy, algún día podrán verte sólo como tal.
-Espero que tengas razón, Snow - contestó Bigby, haciendo un pequeño movimiento de muñeca.
Snow pensó que quería que apartase la mano, e intentó hacerlo, pero pronto vio sus dedos entrelazados con los de Bigby. La diferencia era abismal: los de ella, de piel blanca como la nieve y uñas al juego con sus labios - rojos como la sangre -, finos, alargados, apenas llegaban más allá de los nudillos de Bigby, de aquella mano de palma ancha y dedos fuertes, morena, llena de un vello más fino que aquel que poblaba sus brazos.
-Bigby, no deberíamos...
-Ya lo sé - contestó él. Pero no podía soltarla ahora, ni ella a él. No podían.
-Es sólo... ya sabes, incluso Beauty y Beast siguen juntos, y sabes cómo se llevan.
Se preguntó entonces Bigby que hasta qué punto todos los de su naturaleza habían dejado el pasado atrás, hasta dónde llegaban los límites entre lo que un día fueron y hoy eran. Por eso no podía terminar de creer lo que Snow le había dicho antes, y la prueba era el moratón que lucía en la mejilla.
Apartó la mano de la de ella, que durante un segundo pensó que el momento había acabado y que tardarían siglos en tener otro, pero entonces él subió la mano a su rostro. La acarició con cuidado, con una ternura que nadie sospecharía que podría tener. Pensó en la delicadeza que tenía al escribir, por ejemplo, al dejar cosas pesadas en el suelo, que incluso con sus fauces y rompiendo cadenas había sido cuidadoso y, a día de hoy, sus manos blancas no lucían siquiera una cicatriz de aquel momento.
Y él la miraba. Miraba su pelo negro como el ébano constreñido en el moño, los ojos azules fijos en los suyos, la boca entreabierta a la que siempre miraba cuando ella no se daba cuenta, cuando hablaba con otra persona frente a él. El pobre lobo feroz se rompía por dentro cada día por tantas cosas, tantas...
Snow se levantó entonces y se acercó a Bigby, tomándole el rostro desde el mentón - la barba incipiente le pinchó en los dedos pero no importaba. Hizo como que le examinaba el moratón, girando su rostro, pero ya era tarde y lo sabía. Trató de contenerse, pero pronto se descubrió a si misma bajando las yemas del pómulo a la mandíbula y de ahí al cuello, al hombro. Luego descubrió los ojos marrones de Bigby fijos en ella, en cada movimiento, y pronto notó su mano en su muñeca, una caricia que recorrió su brazo por encima de aquella formal chaqueta blanca hasta su hombro, y entonces, bajó hasta su cintura en un recorrido que llevaba ansiando demasiado. Tuvo que contener un suspiro cerrando un instante los ojos, y cuando los abrió de nuevo, las miradas de ambos lo dijeron todo. No había vuelta atrás y aquello no serviría para nada, sólo para aumentar algo que estallaría más tarde, que siempre acababa por estallar. Pero, ¿cómo iban a evitarlo? Eran quienes eran, sentían lo que sentían.
Snow levantó la otra mano hasta el otro hombro de Bigby, ascendió hasta su mandíbula y se olvidó de su compostura. Le besó allí mismo, y notar el calor de sus labios acalló durante apenas un instante los gritos de lo que su cuerpo pedía. Luego gritaron más fuerte.
Bigby la tomó por la cintura, entonces, atrayéndola hacia sí. Estos eran los únicos momentos, tras intervalos de años de espera, en los que podía expresar una mínima parte de lo que Snow significaba para él. La tomaba entre sus brazos con firmeza, y ella respondía. Se aferraban el uno al otro, no podían hacer nada más.
Y se besaban, se besaban casi devorándose el uno al otro, dejando brotar todo lo que contenían. Snow era siempre la que más mordía, la que dejaba los labios de Bigby hinchados. Era su manzana envenenada y tomaría hasta el último bocado.
Entonces él la levantó del suelo. Snow apenas había enroscado las piernas alrededor de su cadera cuando ya notó que la dejaba sobre el escritorio. No le importó si los papeles se arrugaban, sólo sentía el sabor a tabaco en la boca de Bigby, que mecía la lengua con la suya y no tardó en ladear la cabeza y bajarla a su cuello. Ella se aferró a su cuerpo, sus uñas arañando la espalda por encima de la camisa, más todavía cuando notó cómo la mordía, cuidadoso, pero con deseo.
Comenzó a bajar por su clavícula y su escote, desabrochó deprisa la chaqueta mientras ella hacía lo mismo con la camisa. No le dio tiempo a quitársela, sin embargo, porque él se arrodilló en el suelo y levantó su falda, subiendo las manos por los muslos en una caricia lenta, suave, mientras besaba una rodilla. Tras las manos fueron los labios, la ropa bajo la falda no tardó en desaparecer, y de pronto entre sus piernas la caricia de una lengua. El primer gemido surgió entonces y llenó la oficina y los oídos de Bigby, que disfrutaba de todo aquello casi tanto como Snow. Deslizaba la lengua como a ella le gustaba, buscando oír más sus gemidos y notar sus piernas temblar, haciendo que ella sintiera un placer caliente que comenzó sólo entre sus piernas, pero acabó llegando con cada leve roce a cualquier otro lugar de su cuerpo, erizando su piel, sacando gemidos incontenibles de sus garganta, provocando espasmos pequeños en sus caderas y sus rodillas. Su cuerpo reaccionaba y pedía más, siempre más, y Bigby lo notaba, respondía, adaptaba sus movimientos y ritmo, aguantaba la postura erguida sobre sus rodillas aunque doliera. Compensaba sólo por darle aquello a Snow, que hundía los dedos en su pelo y agarraba, que gimoteaba incapaz de más, y que pronto liberó todo el placer contenido.
Se levantó para observarla disfrutar, vio cómo su gesto había cambiado, que oleadas de placer recorrían su piel y las piernas temblaban mientras la espalda se arqueaba sobre la madera de la mesa. Se inclinó sobre ella, apoyándose en la misma, y esperó a que todo pasara. Snow lo miró cómo sólo hacía en esas ocasiones y se lanzó a su boca de nuevo. Terminó de quitarle la camisa, luego bajó al cinturón, mientras Bigby también la desnudaba, aunque le dejó puesta la falda.
Apartó sus labios para acariciar con los mismos el cuello, el escote, los pechos...mientras acercaba la cadera de Snow al borde de la mesa, y suspiró cuando se notó dentro de ella. Estaba tan húmeda, tan apretada, que no pudo hacer más que moverse, apoyándose con los antebrazos en la mesa. Ella arañaba sin fuerza su espalda, aunque aquello acabó pronto: Bigby se irguió, se empezó a mover con más velocidad, y aquel leve cambio consiguió que Snow lo sintiera todo, absolutamente todo, dentro ella. En aquella postura recibía el placer justo donde más le gustaba, algún lugar en su interior que la llevaba a un placer intenso, fuerte. El mismo que sentía él en aquel instante. Un placer que llenaba sus poros y que sólo les hacía perderse en él, que les pedía más, y más, que los arrastraba consigo hasta un clímax que, para Snow, llegó antes. Sintió que algo detonaba en su vientre, el placer se volvieron descargas que provocaron algunos espasmos, y Bigby lo notó, notó que Snow se estrechaba y, aunque quiso contenerse, su cuerpo le arrastró a lo contrario. Le llevó a moverse de nuevo, a aprovechar aquel instante, se sintió inundado en el placer y lo liberó todo dentro de Snow, apoyándose en la mesa, dejando brotar algún gruñido, algún gemido.
Se quedaron quietos después, recuperándose sin mirarse. Él vio luego cómo ella se erguía y se agarraba a él, pasando un brazo por sus hombros y apoyándose con el otro en la mesa. Se besaron y Bigby volvió a moverse, esta vez más despacio, en un vaivén suave. Ella le notaba entero, cada uno de sus movimientos, disfrutaba con ello y del beso y de aquel cuerpo fuerte que ayudaba al suyo, ya cansado, a mantenerse erguido. La mantenía pegada a él desde las lumbares. Siempre era cuidadoso con Snow, era ella precisamente la más violenta de los dos en aquellos instantes, pero notar tanto mimo en su piel conseguía cambiar la excitación por algo más, algo más que llegaba tarde, llegaba ahora mientras apoyaban una frente sobre la otra y suspiraban y gemían suave, sosteniéndose el uno al otro.
El veneno había hecho su efecto en Snow, pero ella seguía queriendo más de su manzana, y el incomprendido lobo feroz, pese a su fuerza, se sentía entonces pequeño y frágil.




***

Aclaración breve y estupenda: los personajes de este relato pertenecen al juego The wolf among us, que es estupendo, me enamora con su historia, sus personajes, su estilo. He terminado ese juego con una OTP fuerte que son estos dos, Bigby y Snow, y para mi alegría son canon en los comics. La vida a veces es magnífica.
Muchas gracias a todo aquel que lo haya leído ^^

2 jul 2016

Las aventuras de Trashy Girl - Conducir es todo lo que hacemos


Mis manos estaban en volante y Trashy Girl tenía las suyas sobre su regazo. Su ventanilla estaba completamente abierta, la música se escapaba y el viento revolvía su pelo. No podía verlo, pero sí oírlo. Ante mí se extendía una carretera al atardecer del primer mes de verano. Íbamos a la playa, a una fiesta. Sus amigos estarían allí, quizás alguno mío también, prometían cócteles y música en directo con un DJ del que nadie había oído hablar, pero que a todos valía.
Oí entonces que se descalzaba y subía las piernas al asiento, abrazándolas después, y su ánimo contagioso se extendió por el coche como si no pudiera escapar como la música. No tardé en sentirme triste, tampoco en oír su primer sollozo. Quise preguntarle qué ocurría, pero ella se adelantó: "¿Sabes esa frase que dice que es mejor arrepentirse de algo que has hecho en lugar de arrepentirse por no hacerlo?", esa que pensaba que era una tontería, "Pues a veces creo que no podría ser más cierta".
Se giró hacia mí y dos surcos de lágrimas marcaban ya la piel de sus mejillas. Apenas podía echarle vistazos rápidos, quizás esta imagen de ella no sea más que algo imaginado y romántico, pero recuerdo aquellos surcos, el pelo revuelto, de un tono rojizo desgastado en esos días, una herida en su rodilla que no debía doler ni la mitad que el recuerdo que parecía proyectarse dentro de sus ojos, esos que más tarde rascaría hasta conseguir que el maquillaje se mezclase con las lágrimas alrededor de sus párpados. "Aquel día también fui en coche, también atardecía, también lloraba, pero no iba a una fiesta".
Aquel día, Trashy Girl también fue en coche, también atardecía, y las lágrimas también empapaban su rostro, pero no se dirigía a ninguna fiesta. Tenía la cabeza apoyada en el hombro de un conductor de su edad, alguien que aceptaba sus lágrimas mojando su camiseta, alguien que apretaba el volante del coche robado a su propio padre y miraba a la carretera sin saber exactamente dónde acabaría.
Huían, a saber de qué, Trashy Girl no quiso decírmelo. Huían quizás de sus padres, quizás del "novio formal" que ella mencionó más tarde, quizás de sus propias vidas, del último problema, de la última consecuencia del último problema, o quizás de ellos mismos. Simplemente eran dos chavales subidos en una máquina, alejándose, huyendo, dándole la espalda a algo superior a la fuerza creciente en sus cuerpos todavía por madurar. Todavía no eran suficiente. Todavía era pronto para ellos.
Estuvieron horas metidos en aquel coche hasta llegar a un lugar apartado, ya era de noche y las luces largas no iluminaban tanto como les habría gustado. Sabían que estaban en un lugar elevado, salieron y vieron las luces parpadeantes de su ciudad, apoyándose en el capó. Trashy Girl se arrebujaba dentro de una sudadera estilo béisbol, la piel de los brazos del chico se erizaba ante las ráfagas de viento. Estuvieron un tiempo callados, mirando al horizonte para no mirarse ellos, y a saber qué pasaba por sus cabezas. Probablemente tendrían miedo y por eso no tardaron demasiado en entrar al coche de nuevo, parte trasera, y apagar las luces.
"Pensábamos que duraría poco, pero al día siguiente nos pusimos en marcha de nuevo". Y así un día tras otro, alejándose, alejándose. Gastándose un dinero que caía en sus manos con cuentagotas, gastándose las energías, hasta que llegó una quinta o sexta noche. Para entonces ya acostumbraban a dormir abrazados en los asientos traseros después de charlar un rato. Entrelazaban las manos y las piernas, apoyaban una frente sobre la otra, y el aliento ajeno en los labios propios les llenaba de una calma extraña. A veces las puntas de sus narices se rozaban y ladeaban la cabeza, buscando, buscando, jamás encontrando. "Si nos pillaban, lo harían así, así y no de otra manera". Aunque aquella noche fue distinta.
No podían dormirse. El cansancio acumulado en sus cuerpos les pedía que lo hicieran, pero no podían, simplemente, porque no querían. Se miraban a los ojos en una oscuridad que los protegía contra todo, también contra sí mismos. Decían cualquier cosa para continuar una conversación que había perdido el sentido horas atrás, pero no podían callarse o se verían obligados a enfrentar lo que pasó por la mañana, mientras desayunaban los restos de una pizza: un beso rápido salido de la nada en el cuello de Trashy Girl que consiguió romper todo lo que se habían negado, que resquebrajó los muros de cemento de una presa que ahora dejaba caer su agua por las grietas y salía por sus bocas y sus ojos y sus heridas y los oídos y aun así inundaba sus cráneos y su cerebro sólo podía pensar en el agua, el beso, el agua, la huida, el agua, el coche, el agua y el agua.
No hicieron nada al respecto. El coche quedó inundado según la conversación tapaba a golpe de palabras protectoras aquellas grietas en el embalse, por eso luego salieron y dejaron las puertas abiertas. Me pregunto si el lugar donde estuvieron sigue inundado o si, como ellos, consiguió tragarse todo aquello.
Le pregunté a Trashy Girl si llegó a decirle algo, si llegó a besarle, si cuando volvieron al día siguiente por decisión propia toda aquella huida había merecido la pena. Estábamos saliendo del coche en ese momento, cogiendo lo mínimo para que no nos molestase durante la fiesta, y su respuesta fue el mismo silencio eterno que sellaron en aquel viaje a ninguna parte. 

28 jun 2016

Las aventuras de Trashy Girl - Generación perdida



Aquella vez todos aparecimos preparados para dejarnos la juventud en una noche de trotar por la ciudad. Bebíamos botellines de cerveza mientras nuestros pasos se dirigían a un pub donde beberíamos chupitos con nombres que nos harían reír. La chica de bucles castaños con el bolso de marca cara prometió decir aquella frase que era ya un chiste privado, entre tantos: "A mí me das un Orgasmo, por favor". 
Después de los chupitos, los Orgasmos, alguien se compró una pulsera que de verdad brillaba en la oscuridad, acabamos en aquel constante segundo sitio justo a quince minutos de que terminara la hora feliz. Teníamos copas en la mano que no sabíamos ni donde dejar mientras nuestros cuerpos se meneaban al ritmo de una música que vibraba en los tobillos y ponía a prueba nuestros tímpanos. Durante unas horas, los corazones rotos no existían, ni el peso de la responsabilidad, ni importaba el dinero, ni las consecuencias, ni si parecíamos tan terribles como éramos. No importaba nada un carajo. Trashy Girl no pensaba en sus azoteas, la chica rubia dejaba el bolso descuidado, al chico homosexual se le quitaba el miedo y miraba a otros hombres con descaro, y yo apartaba a un lado la frivolidad, o el romanticismo, o el cinismo, o el posmodernismo, o todas las palabras con las que siempre intento, inútil, definirme. 
De bar en bar, de disco en disco, agitábamos los brazos, saltábamos, reíamos, bebíamos, cuidábamos de que no quedara nieve bajo la nariz del compañero y nos pasábamos el porro de unos a otros mientras llegábamos a un nuevo local, con el alcohol agitándose en nuestro interior a cada paso, como si pudiera llenar el estómago, el hambre que nos hacía rugir, nuestras venas, todos los huecos de un cuerpo consumido.
Éramos una panda de histriónicos que corría y gritaba a horas inhumanas, que dejaba un rastro de mugre joven según caminaba arrastrando los pies, que vomitaba en esquinas demasiado iluminadas y goteaba una sangre por la que perdíamos años de vida.
Odiosos, éramos odiosos. Éramos esos que la gente desprecia, esos que manchan la ciudad y la sociedad y la humanidad, hijos de una época marchita, una generación perdida que, consciente, se negaba a serlo, e inconsciente, sabía que lo era. En esas noches nos desinhibíamos de todo y aceptábamos lo que éramos. Aceptábamos que los mapas no eran para nosotros, "Google Earth puedes irte a la mierda", que el tiempo estaba perdido y los caminos del Señor son inexistentes, que perdíamos hasta la razón en desmayos que acababan en hospitales y que daba igual, daba exactamente igual. ¿Cómo íbamos a importarle a alguien si no nos importábamos nosotros mismos?
Salíamos del último lugar al amanecer, llegábamos tambaleándonos a cualquier sitio donde necesitaran demasiado el dinero de unos indeseables. Tomábamos café ardiendo y tragábamos cualquier cosa sin masticar demasiado, "¿Alguno tiene aspirinas por un casual?". Las risas se habían esfumado, las gargantas doloridas casi se aliviaban con los tragos de café, los ojos irritados pesaban tanto como el cuerpo, que quería dejarse caer en cualquier lugar y recuperarse, todavía esperanzado en que algún día lucharíamos como él por nuestras propias vidas.
Luego nos despedíamos con la mano y arrastrábamos la piel por las aceras hasta nuestras camas. Al principio Trashy Girl volvía con otra gente, o directamente sola. Luego empezó a venir conmigo. Apoyaba su cabeza mareada en mi hombro, yo la mía en su pelo enredado. Esperábamos así el metro, donde manteníamos la postura para perderla cuando entrábamos en casa. Nos desnudábamos dejando la ropa tirada en un camino que terminaba en el callejón sin salida del dormitorio, y eso si teníamos fuerzas para desnudarnos. Luego nos acurrucábamos en la cama y caíamos demasiado pronto en un sueño similar a un coma. 
Cuando Trashy Girl desapareció, las nuevas noches se fueron con ella. Era su grupo de perdidos, no el mío. A día de hoy sé que yo no terminaba de encajar, como en nada, y que el eje de aquellas noches turbias era Trashy Girl. Probé con otra gente y no era lo mismo: era mejor. Nada de desmayos o vómitos. Caminatas sanas, ambientes seguros, risas que llenaban y sentir una pertenencia, o al menos que la perdición ha dejado de existir, durante un rato.
Volvía, también, a casa con otra gente. Gente que me dejaba apoyar la cabeza en su hombro. Gente que mantenía los ojos abiertos mientras yo podía cerrarlos. Gente que no eran huracanes que me arrancaban la vida a tiras, sino brisas de verano que la devolvían a mis músculos en carne viva.

22 jun 2016

Las aventuras de Trashy Girl - Un tres piezas

A veces Trashy Girl necesitaba dinero, y yo se lo daba sin molestarme en preguntarme para qué. Una parte de mí quería saberlo, la otra tenía demasiado miedo para preguntar. Me engañaba pensando que ese mes andaban mal en su casa, o que simplemente se le había antojado algún capricho de los suyos, pero sabía que ese dinero, probablemente, iba para cosas más oscuras. Pero me daba igual. Sabía perfectamente que en realidad era una necesidad para ella, y que yo podía vivir sin lo poco que pedía en realidad.
Lo cierto es que perdía más dinero del que creía con ella: cenas, comidas, favores, caprichos, regalos... y yo caía en pagárselo todo, sabiendo que me lo devolvería con cosas intangibles, si es que lo devolvía. Pero no importaba ni importa ahora, siquiera. A mí me hacía feliz, a ella también. Se necesita mucho presupuesto para arreglar las consecuencias del huracán que Trashy Girl afirmaba ser, y de algún modo era, ambos lo sabíamos. 
Prefería pagárselo yo, de todos modos, sabiendo lo que ella era capaz de hacer por conseguir lo que necesitaba. Sabía que había robado, por ejemplo, más de una vez. "Pero siempre por necesidad", me dijo, "igual que aquella vez. Fue por necesidad también".
Hacía un año, o dos, o tres... o quizás hacía unos meses, "no lo sé", Trashy Girl había conocido a un tipo, que conocía a otro tipo. La habían invitado a una fiesta demasiado elegante para ella, había llevado el vestido inadecuado con unos zapatos inadecuados pero un recogido perfectamente adecuado para su color de pelo inadecuado. Les había resultado encantadora, como a todo el mundo, pero más ellos. Les gustó su inocencia o así, al parecer, o su falta de conocimiento sobre las reglas sociales, no escritas, de aquel mundillo en el que ella no pintaba nada. Pero a ella parecía darle lo mismo.
El segundo tipo puso interés en ella toda la noche, y Trashy Girl era dada a hablar cuando bebía demasiado, cosa que hizo, y cuando tenía algo ilegal ya corriendo por sus venas, inyectado en el cerebro, algo que el primer tipo le había ofrecido en su coche y ella, sabiendo que era gratis y probablemente de mejor calidad que todo lo que conseguía, cuando lo conseguía, no dudó en tomarlo.
Así, aquel tío, "que debía sacarme veinte años, o diez... joder, no lo sé", se enteró de que las cosas no eran fáciles para ella, tampoco en sentido económico. De hecho, por aquel entonces, Trashy Girl estaba peor que de costumbre. Eso le llevó a decir que sí a el trato que él propuso. "Al fin y al cabo, no estaba tan mal, y salíamos a sitios caros", a restaurantes caros, a los que llegaban en vehículos más caros todavía, después de haber visitado las tiendas caras de la zona cara de la ciudad. Iban al cine y él invitaba, butaca VIP, todo lo que ella quisiera para comer. Iban a caras exposiciones y caros espectáculos, butaca VIP. Él se gastaba todo el dinero necesario en complacer a Trashy Girl. "Me lo pasé bien, en realidad, la mayoría de las veces, y estuvo pagando también lo que necesitaba de verdad". Ella, a cambio, no tenía que hacer tanto, o eso dice ella. Que no era un precio tan alto, que no le importaba demasiado, que la mayoría de las veces estaba incluso bien.
Hay veces que puedo imaginarla de rodillas frente a él, y no sé si suplica o si se dedica a otras cosas. Ambas a la vez, probablemente. 
Había veces en las que, cuando estaba desnuda sobre la cama y pasaba la mano por su cintura, podía imaginar mi mano con otro aspecto, más adulta, más fuerte, quizás. Aquella historia no me gustó demasiado, aunque me fascinó como todas, me revolvió algo por dentro. Fue el tono de su voz, que le quitaba importancia, cuando la tenía toda. Me llevó a entender por qué, a veces, cuando pagaba algo para ella, luego insistía con hacerme cualquier cosa. "Me apetece lo que quieras, en serio", decía en esas ocasiones, cuando llegábamos a casa, sus susurros en mi oído, "lo que quieras". 
Solía pedirle, entonces, que hiciera palomitas, o café, o que bajara a comprar, yo qué sé, el refresco de turno.

19 jun 2016

Las aventuras de Trashy Girl - Agnus Dei


Cuando Trashy Girl me contaba sus aventuras, o sus movidas, como ella las llamaba, yo no podía hacer mucho más que dejarme embaucar por ellas y el sonido de su voz, sus pequeños gestos cansados. En ocasiones dudaba si eran ciertas, pero llegó un momento que dejó de importarme. Simplemente las escuchaba y me dejaba llevar, imaginando a Trashy Girl metida en esas situaciones.
Una de las primeras que me contó le había pasado en el instituto, cuando tenía "catorce, quince, dieci-, no lo sé exactamente, la verdad". Se le escapaba el concepto de tiempo la mayoría de las veces, como si para ella no tuviera el más mínimo sentido.
Caminábamos por la calle aquella tarde. Era raro caminar por ella en horas que no fueran la madrugada, la noche o recién entrada la mañana. Pero aquella tarde salimos para merendar, quizás lo más inofensivo que hicimos durante el tiempo que ella estuvo a mi lado. Las calles de la ciudad se volvieron pasillos de instituto mientras contaba su historia, la gente convertida en adolescentes uniformados que reían y corrían y hablaban demasiado alto. Nosotros incluidos.
Llegamos a un patio amplio, de allí a unos baños separados por sexos, pero que daban pared con pared. Trashy Girl entró en uno de los cubículos y llevaba allí apenas un instante cuando oyó un golpe fuerte contra la pared, al otro lado. Se colocó la ropa, salió deprisa, se asomó al baño contiguo: cuatro chicos parecían acorralar a otro dentro de un cubículo. No podía verle, pero sí oía algún quejido y, ante todo, los comentarios de los otros.
No lo dudó un instante antes de entrar a paso rápido, y de la sorpresa, la dejaron mirar: un chaval más pequeño que ellos estaba tirado en el suelo, los puños apretados, en la mejilla derecha la marca de un puñetazo. Trashy Girl se acercó a él y le ayudó a levantarse. Fue entonces cuando la agarraron, tiraron de ella desde el cuello del polo hacia atrás. "¿De qué vas, imbécil?" "No te metas donde no te llaman" "Vete a fregar" "¿Qué coño miras?" "¿Es que eres tonta o qué te pasa?"
Mientras la acorralaban e insultaban, Trashy Girl no dejaba de mirar al chico del suelo entre los huecos que dejaban los otros. Él la miraba como si se tratara de un héroe y a la vez como si lo sintiera, y claro que lo sentía. Echó a correr y ella se lo perdonó, tomó su lugar: trató de irse para ser retenida, algo que sabía que ocurriría, igual que sabía cómo saldría de aquel baño. Cuando la primera mano agarró su hombro, no dudó en comenzar una batalla que perdería. La hicieron daño, desde luego, pero ella también. Golpeó con toda su fuerza, arañó, mordió y dejó magulladuras y heridas en aquellos chicos, en todos ellos. Si las sumabas todas, el resultado daba la cantidad que ella tenía.
Más tarde se encontró a sí misma, como alguna que otra vez, en el despacho del director. Mantenía la postura recta en la silla pese a que le dolía todo el cuerpo, con las rodillas juntas y la espalda pegada al respaldo. Con la cara hinchada, un ojo lloroso que apenas podía abrir, el pelo revuelto y un algodón en la nariz. Le explicó todo lo ocurrido y aquel director no pudo hacer más que suspirar y escribir cinco partes de expulsión. Trashy Girl se levantó con la misma agilidad de siempre pese al dolor, no quería que nadie se lamentara por ella, y caminó de la misma manera sabiendo la que le esperaba en casa. Pero había merecido la pena, según ella.
El director le preguntó por qué hacía esas cosas, por qué actuar así en lugar de avisar a algún profesor. Ella se limitó a decirle "Agnus Dei".
Ese tipo buscó el término en Internet al llegar a su casa, tal y como hice yo. Trashy Girl se duchaba mientras yo lo comprendía todo, y cuando salió del baño y se sentó en mi regazo no me importó que viera la búsqueda en la pantalla. Su pelo empapado goteaba en mi camiseta, una sensación que convirtió mi piel en olas de escalofríos, y mientras aquello ocurría y ella jugaba con sus piernas, le dije: "Creo en Dios, Madre Todopoderosa, creadora del cielo y la tierra".

11 jun 2016

Las aventuras de Trashy Girl - Trashy Girl

Para el día que Trashy Girl desapareció, ya me había contado todas sus aventuras, o eso quiero pensar. Probablemente no lo hizo. Lo que Trashy Girl tenía era que había vivido demasiado para lo poco que llevaba en el mundo, algo que en ocasiones, cuando creía que nadie la miraba, se reflejaba en el gesto que transformaba su rostro.
No me sorprendió demasiado que desapareciera, supe desde un principio que algo así pasaría, que se trataba de un suspiro tristeza, de amor, de felicidad plácida y hastío al mismo tiempo, y todos sabemos que los suspiros, por largos que sean, sólo aguantan unos segundos antes de expirarse. 
Tuve ese enfoque sobre ella desde que cruzamos las primeras palabras, y se fue confirmando con cada día que pasaba a su lado, cada nueva historia que surgía de sus labios. Vivía rápido, corría más deprisa que el paso del tiempo, empezaba a asimilar lo que había pasado cuando ya estaba dentro de lo siguiente. 
Estaba agotada, pero era una adicta a ese no parar, quizás más que a cualquiera de las drogas que había probado. Los problemas eran una constante en su vida, tenía pocos momentos de paz en los que solía decirme "ojalá esto se alargue todo lo posible, y más", pero pronto caía ella sola en el siguiente contratiempo. Solía pensar que se trataba de mala suerte, pero ahora sé que Trashy Girl era así, que necesitaba de aquello para seguir adelante. Cuando no ocurría nada externo en su vida, se veía forzada a mirarse, y no se aguantaba. 
"Soy un huracán", me decía en esos momentos, "Soy un huracán que arrasa con todo". De alguna manera, tenía razón. Su mera presencia parecía atraer los problemas, que se removían donde ella estaba, que nos removía a todos, nos zarandeaba con una fuerza que no podíamos resistir hasta dejarnos tirados en alguna parte. Y ella seguía en pie.
Pero era adictivo estar a su lado. No por los problemas, odié cada uno de ellos, simplemente... cuando las cosas iban bien, era un constante chute de euforia, de arte, de conexión con algo que todavía no puedo explicar. Trashy Girl era una fuerza de la naturaleza metida en un cuerpo humano, sin duda podría ser un huracán... pero para mí, era su poder, su súperpoder. Si la conocías, te conectaba al mundo de la manera más cruda posible, para lo bueno y para lo malo. Te conectaba al modo menos pulido de sentir, a una pureza extraña, en ocasiones hasta desagradable, que te llenaba de todas las formas posibles hasta casi asfixiarte. 
Me resultaba imposible negarme a esa asfixia sólo porque me hacía sentir presente a cada instante, como si realmente estuviera viviendo. Todavía puedo sentirme así.
Trashy Girl había nacido con ese poder, y estar con ella suponía sentirlo y ya no olvidarlo. Pero para que pudiera ponerse en marcha, Trashy Girl debía sentir, sentir sin parar, y daba igual qué. De ahí los problemas, de ahí las aventuras.
La última vez que la vi se despidió con la mano, se iba con un amigo, o un amante, no estaba muy claro. Puede que ambas. Me quedé observando su espalda mientras caminaba, su pelo descolorido de todos los colores. Se giró un instante para mirarme y volvió corriendo para darme un beso rápido en los labios, y fue quizás el más intenso que nos dimos. El nombre de Trashy Girl surgió en mi cabeza en ese instante, ella se despidió para siempre, y nos dimos la vuelta para seguir con nuestras vidas.
Ahora, probablemente, ella esté en una de sus relaciones esporádicas, una de sus fiestas, uno de sus problemas, una de sus largas caminatas de vuelta a casa, despertándose en casa desconocida, jugando su pelo, a punto de teñirlo una vez más, metida en la cama hasta medio día o llorando por alguna película.
Seguramente esté generando el siguiente huracán, corriendo en círculos por una azotea pensando en saltar y marcharse volando, en saltar y dejar caer su peso muerto contra la acera, en saltar y viajar por el espacio-tiempo en la caída para ser la nueva manzana de Newton, en saltar y que alguien tome una foto en el momento justo y convertirse en el alma gemela de TheFallingMan.
Pero Trashy Girl jamás saltaría. Trashy Girl corre hasta que no aguanta más y utiliza las últimas fuerzas para quedarse al borde de la azotea, para no ver suelo frente a sí, solo aire. Aire y edificios, aire y carreteras, aire y campo, aire y aire. Trashy Girl levanta los brazos al cielo y se deja caer hacia atrás, hacia la gravilla. No le importa hacerse daño cuando su cuerpo entero choca contra el suelo. Merece la pena desplomarse sólo para estar en el momento que sólo siente que el mundo se tuerce y ella cae, una sensación que elimina todas las demás.
Trashy Girl, por último, se sonríe al descubrirse tirada de nuevo, se levanta, se coloca la ropa y camina otra vez porque sabe que es Trashy Girl y que tiene que hacerlo, como sabe que habrá una próxima azotea en la que intentarlo.

22 dic 2015

Manos en la valla (#NaviBlogger)

Un descanso para comer de media hora, como todos los días desde que empecé a trabajar. Uno de mis compañeros viene conmigo, cruzando la acera al restaurante de enfrente. Nuestros pies aplastan las caídas hojas. Es otoño y llevo desde primavera sin abrazar a mi familia.
En el restaurante pedimos el menú de todos los días. Somos habituales y si el camarero nos pregunta qué queremos esta vez es por si alguno se siente innovador, aunque no suele pasar.
-¿Cómo crees que irá la cosa? – me pregunta, dando un trago a su refresco mientras mira la televisión a mi espalda, que habla del único tema candente desde hace meses.
-Espero que avancen al menos en lo de detectarlo – contesto, observando la pantalla a través del reflejo de sus gafas – Así al menos los sanos podríamos volver con nuestras familias.
Me clava la mirada y dice:
-No sabes si estás sano, ninguno lo sabemos.
-Pero esto no soluciona nada.
-Sólo tenemos que esperar.
-¿Pero hasta cuándo? ¿Hasta cuándo?
-No pienses en eso. Lo solucionarán.
El primer plato llega y comemos charlando del trabajo, también durante el segundo, y el postre. Ha sido raro, incómodo tocar el tema, casi nunca lo hacemos, casi nadie lo hace, por mucho que sea todo lo que ocupa nuestros pensamientos. Nadie quiere hablar de ello y es normal, pero a la vez todos queremos. Estas dudas nos consumen día a día junto a la desesperación de volver a ver a nuestras esposas, hijas, hermanas, madres… volverlas a ver frente a frente y abrazar a todas esas mujeres que han quedado al otro lado, con las mismas dudas y sentimientos que los nuestros. Quizás Nina ha tenido hoy una charla similar con una compañera suya.
La jornada termina y me despido hasta mañana de mi compañero. El bus que me lleva de vuelta a lo que ahora es mi casa, un edificio pegado a la valla que separa la zona de hombres de la zona de mujeres, está lleno de silencio. Los niños son los únicos que ríen y que mantienen cierta alegría, ausentes e ignorantes a lo que ocurre. Me recuerdan a Fanny, consiguen arrancarme una sonrisa. Cómo la echo de menos…
Según llego al edificio asignado, corro a mi cuarto. El quinceañero con el que comparto habitación está concentrado en sus deberes. Vivía con su madre y ahora está aquí tan solo como yo. Quizás por eso nos llevamos bien, aunque insiste en tratarme de usted.
-¿Cariño? – pregunta mi mujer cuando se conecta la llamada. Su rostro pixelado aparece en la pantalla, la conexión no es muy buena. Mi cámara por fin se conecta y, al verme, ella dice – Ahí estás.
-Aquí estoy.
-¿Cómo ha ido hoy el día? – pregunta, de alguna manera queriendo mantener la tradición de contarnos la jornada el uno al otro, pero no me apetece. Mis días son idénticos y lo único que los anima son estos instantes.
-Como siempre. ¿El tuyo qué tal? Cuéntamelo todo.
-Como siempre – contesta, sin embargo. Sé que le pasa lo mismo que a mí – Te echo mucho de menos.
-Y yo a ti, Nina.
-Fanny está llena de dudas. Cree que no volveremos a jugar los tres al Cluedo – suspira – Es su manera de decirme que cree que no volverás nunca a casa.
-Y yo también lo pienso a veces.
-Vamos, vamos… - me sonríe – Todo se solucionará, siempre se soluciona.
-Tienen que encontrar la cura… estoy bastante seguro que a estas alturas estamos todos contagiados
de nuestras respectivas cepas.
-No pienses así.
-Pero piénsalo, Nina. No sabemos quién porta el virus, sólo que la cepa del sexo opuesto nos matará,
y nos juntan con los de nuestro propio sexo porque, incluso si nos contagiamos, estaremos bien -. Baja la vista, transformándose su boca en una curva que apunta a su barbilla – Lo siento.
-No, yo también lo he pensado -. Vuelve a mirarme y añade, esforzándose por sonreír – Pero todo irá bien, ya verás, aunque tarden. Volveremos a estar los tres juntos y sanos.
-Eres la persona más optimista que conozco, y no sabes cómo lo necesito – digo, acariciando su rostro en la pantalla – Cómo te necesito.
-Y tú eres un dramas – contesta, sacándome una risa corta – Oye, tengo que ir a recoger a Fanny al cole. Hablamos pronto.
-Cuídate, preciosa.
Sonríe como sólo ella puede. Esa sonrisa socarrona tan suya que me trae tantos recuerdos y me hace sentirla aquí, a mi lado.
-Y tú, guaperas – contesta, y corta la llamada.
Aparto el portátil y me tumbo en la cama hasta que el quinceañero me pide ayuda con los deberes. Matemáticas, como siempre, lo único que se le atasca. Estar con él me recuerda cómo es ser padre. Ojalá en unos años esté en casa de nuevo, pero con Fanny. Ojalá sea ella la que me llame porque una integral se le atraviesa.
La tarde pasa tranquila. A pesar de que el portátil está encendido, no recibo ninguna llamada. Supongo que mientras mi tarde es simple, la de mis chicas debe estar llenísima de cosas por hacer, como casi todas sus tardes. No pasa nada, me alegra que sigan adelante con sus actividades y tengan un día a día normal, similar al que teníamos. Ya hablaré con Fanny mañana.
Pronto cae la noche. Ceno y vuelvo a la habitación sin prisa alguna. Miro a la pared cuando me decido a dormirme. El chaval se pasa todas las noches unas cuantas horas pegado a su teléfono móvil y la luz que desprende me resulta molesta, aunque no más que la amplitud de esta cama individual. Antes me incordiaba cuando Nina invadía mi lado, ahora sólo quiero que lo haga de nuevo.
Me arrebujo bajo las sábanas. Yo nunca había dormido así de encogido.
-Señor, señor – dice entonces alguien, agitándome.
Abro los ojos, notándolos pegajosos. La oscuridad es total.
-¿Qué pasa? – pregunto, girándome. Vislumbro un gesto preocupado en el rostro del quinceañero – Ey, chico, ¿estás bien? ¿Qué hora es?
-Son las cuatro, señor, y estoy bien.
-¿Entonces qué ocurre? ¿Por qué me despiertas?
-Porque… - responde mientras me incorporo – No puedo explicárselo. Lo siento.
Se levanta, dejándome confuso, y enciende la luz sin avisar. El fogonazo me ciega un instante, forzándome a achinar los ojos para ver cómo el chaval se acerca a la puerta del cuarto, toma aire y la abre.
Mi corazón se detiene. Fanny está ahí, respirando con dificultad y enfundada en su abrigo, las perneras del pijama que llegan hasta el suelo, los pies metidos en unas deportivas, la capucha puesta dejando escapar su pelo largo. Le encanta llevar el pelo largo.
Salgo inmediatamente de la cama, preso de tanto miedo que quiero cogerla en brazos y sacarla de este ambiente infesto para ella, pero no puedo. Cualquier contacto podría, podría…
Sus ojos grandes se clavan en los míos mientras me arrodillo frente a ella, casi dejándome caer. Es lo más bonito que he visto nunca y necesito gritarle que se vaya de aquí. No me importa cómo ha llegado, no me importa que sea la mayor travesura que ha hecho en su vida, sólo quiero que esté sana y salva, pero aunque la cabeza me mande sacarla de aquí, el resto de mi cuerpo y mis órganos me piden que se quede.
-Papá – dice – Papá te echo de menos.
-Tienes que… tienes que… - comienzo a decir, pero un pinchazo en la garganta corta mis palabras.
-Papá todo está bien. Nadie me va a pillar, pero me tengo que ir casi ya.
-No me digas eso.
-Lo siento. Quería verte.
-Está bien, amor, está bien.
-Voy a ser médico, papá. Si nada se ha solucionado cuando sea mayor, seré médico y podrás volver a casa – dice, sonriendo ampliamente, dejándome ver esos dientes todavía con puntas, todavía creciendo – Te lo prometo.
Asiento con la cabeza, sonriente. La luz del cuarto ilumina su mofletes, pero es ella la que más resplandece por aquí. Es quizás lo único que resplandece de verdad.
-Me tengo que ir.
-Vale.
Mira al quinceañero, que está de pie a mi espalda, y le da las gracias. Después se gira, despidiéndose de ambos agitando esa mano tan tierna, y apenas da unos cuantos pasos antes de volver a mirarme:
-Sé que no puedo, papi, pero… ¿puedo darte un abrazo?
Los chillidos de mi cerebro mandan señales a mi garganta de contestar con una negativa, pero soy incapaz. Soy incapaz. Me rindo a la tristeza de estar solo y la alegría de ver a mi pequeña y asiento con la cabeza. Corretea hacia mí, contenta, feliz como es ella. Abro los brazos, me aprieta con sus crecientes fuerzas, estrecho su cuerpo contra mí. Las lágrimas se escapan por mis ojos y mojan su abrigo.
Lloro lleno de terror por lo que pueda pasarle, lleno de tristeza porque tiene que irse, lleno de alegría porque está aquí. Lloro queriéndola con cada centímetro de lo que soy, con cada una de mis respiraciones y cada uno de mis poros, que se erizan ahora mismo al sentir su piel cándida. Lloro entre los brazos de mi niña como ella ha llorando tantas veces entre los míos.
Lloro en representación de todos los hombres del mundo separados de todas las mujeres a las que quieren y ella me abraza serena siendo todas ellas. 

***

Este relato forma parte del segundo proyecto navideño de @ReivinBlogger, NaviBlogger. El tema era "El regalo perfecto" y en esta lista de participantes podéis encontrar más relatos con esta temática si os ha gustado ^^
Muchas gracias a todos los que leáis y comentéis. Sois gente estupenda.
¡Un abrazo y espero que os haya gustado este relato!

2 nov 2015

Un perro en el túnel (#ViajesLiterarios)

El niño se movía nervioso, echando miradas rápidas a la anciana que había a su lado. Ambos en pie, ambos en la puerta del Hospital de Todos los Bienvenidos. Ella mantenía la mirada fija en el horizonte. Parecía una estatua. Él era incapaz de quedarse quieto.
Una reportera se acercó a ellos, entusiasmada. A su lado, un tipo sosteniendo una cámara en el hombro. La mujer comenzó a acribillar con preguntas a la anciana, similares a las de cuatro años atrás.
-¿Y por qué la eligieron a usted entre todos los miembros de su familia?
-Porque soy vieja. Gane o pierda, la probabilidad de que mi familia vuelva a ser seleccionada decaerá, y mejor que me vaya yo a que se vaya otro. Yo estoy preparada.
-¿Cómo se tomó que su familia la eligiera?
-Lo decidí yo.
-¿Y qué pasa con este adorable chiquitín? – la reportera se sentó en cuclillas frente al niño. Sus tobillos crujieron pero él no lo oyó – No es normal que los niños sean seleccionados.
El chico levantó la vista. Los labios curvados hacia abajo, los ojos llenos de lágrimas. La sonrisa de la reportera se truncó durante un instante, aunque nadie lo notó en sus casas, en los píxeles de sus televisiones.
-¿Por qué te eligieron a ti? – preguntó, animada. El pequeño tomó aire antes de responder:
-Porque corro muy rápido.
-¿Cómo de rápido?
-Como un perro.
-¿Y tus papás?
-Ellos no pueden. Mi hermana nació hace unos días. Papá trabaja, mamá está muy cansada – le tembló la voz un instante.
-Bueno, si corres tan rápido como un perro, no tendrás problemas.
La reportera se levantó y habló poco más de un minuto a la cámara, de pie entre los dos corredores, algo adelantada. Su tono alegre no cambió en ningún momento, contrastando con la seriedad de los rostros a su espalda. El niño lo oyó según se alejaba a un lado, donde una masa ingente de personas se había reunido sólo para verles entrar al túnel, correr por las calles de La Catedral. El comienzo se acercaba y a cada segundo, a cada nuevo movimiento inquieto del niño, la anciana parecía más de piedra.
El pistoletazo sonó de golpe, asustándolos a ambos. El chico echó a correr entre los vítores ensordecedores del gentío, dejando atrás a la anciana, pero no lo hizo tan rápido como un perro. Era un niño, pero sabía que en velocidad tenía ventaja y pensó que no era necesario cansarse. Mamá se lo había dicho.
El túnel lo absorbió en su abrazo oscuro minutos después. Dentro no había nadie, pero siguió corriendo. No habría parado hasta llegar a la meta de no ser porque no funcionaba así. Cuando llevaba unos cinco minutos, paró. Sus ojos apenas se habían acostumbrado a la oscuridad, los gritos de la gente quedaban lejanos y sonaban como cánticos, su corazón latía con fuerza, no sólo por la carrera.
Respiraba por la boca. Se acordaba de su madre. Quiso llamarla, pero se calló y comenzó a palpar el suelo con las manos. Las lágrimas desapareciendo en la oscuridad, los dedos ensuciándose. Sangró el índice un rato después, al cortarse con algo. El niño apenas se quejó. Se llevó el dedo a la boca. Sabía mal.
Agarró, sin embargo, aquello con lo que se había cortado. Lo palpó cuidadoso. Era un cuchillo. Ahora sólo quedaba salir del túnel y esperar a la anciana. Era lo que le había dicho papá. “Coge un cuchillo, hijo, o lo que encuentres. Corre hasta el otro lado del túnel, espera allí, y haz lo que tienes que hacer”.
-Lo siento, hijo. Es lo que tengo que hacer.
Las palabras de la anciana pillaron por sorpresa al chico, el golpe que le propinó después en la espalda también, su propio grito le sobresaltó. No la había oído llegar. Su corazón palpitaba demasiado fuerte y sonaba en sus oídos, junto con su respiración, sus sollozos, su ropa rozando contra el suelo. Y la anciana había sido tan lenta, tan precavida…
Le empujó al suelo de una patada en la espalda. Ambos se quejaron. Apenas veían, se guiaban por sonidos e intuición, por el instinto de supervivencia.
El niño llamó a su madre en un sollozo. No podía verla, pero la anciana estaba sobre él, un pie a cada lado de su cuerpo inmaduro, con una piedra enorme levantada en sus brazos temblorosos. La iba a dejar caer sobre la cabeza del chico, pero no pudo, no pudo. Claro que no pudo.
La colocó con cuidado sobre su cuerpo, sin embargo. La respiración se volvió ahogada.
-Lo siento – dijo. Sonaba sincera – Lo siento de veras. Pero es tú o yo, pequeño, tu familia o la mía. Ellos lo necesitan. Somos muchos en casa, ¿sabes? Necesitan que gane. No puedo matarte, perdón – sus pasos comenzaron a alejarse – Perdón. Es cruel matarte, pero es cruel dejarte aquí.
-Pesa… - se quejó el chico – No puedo respirar bien… Mamá…
-Perdóname. Perdóname.
La voz de la anciana sonaba más débil a cada paso arrastrado. El niño al principio se revolvió, luchando, pero el miedo podía con él. Había tenido miedo desde que su familia fue elegida al azar. Supo que la decisión sería mandarle correr a él. Varios días de silencios y noches con pesadillas. Pesadillas de todos, pesadillas suyas. Estaba cansado y triste y quería a su madre. Quería ser su hermana. Quería agarrar la mano de su padre.
Levantó las manos a la cara, limpiándose las lágrimas. En aquella oscuridad, las imágenes de su familia llenaban sus ojos, los recuerdos, pero algo en él todavía le pedía correr como un perro, algo natural que le hacía pensar en lo antinatural del momento.
Apenas unos segundos después estaba quitándose la piedra de encima. Sin dudas, con esfuerzo. Metía los dedos tiernos entre su camiseta y la piedra y empujaba. Pesaba mucho, era más grande de lo que creía en principio, presionando todo su tórax y parte del abdomen. Lo intentaba igual, aguantando el aire con esfuerzo, soltándolo instantes después. La piedra tardó un rato largo en caer a un lado.
El niño se levantó, tosiendo de fatiga. El miedo se había convertido en adrenalina y le hizo echar a correr sin dudas, el cuchillo en la mano cortando el aire al mismo tiempo que lo hacía él. No sabía cuánto tiempo había pasado desde que la anciana se había marchado, pero no importaba. Era veloz como nadie. La alcanzaría. No podía haber ganado aún.
Corrió un metro tras otro sin parar, tan deprisa que sentía que iba a caerse. Trastabillaba en ocasiones, se le doblaba un tobillo en otras, pero su cuerpo no tocó el suelo. Sus piernas le llevaron hasta la salida del túnel. La anciana caminaba tranquila hasta la meta: su cuerpo mugriento por el túnel rompiendo con el paisaje anaranjado, proyectando una sombra alargada que casi se mezclaba con la oscuridad que rodeaba al niño.
Cuando le vieron surgir, emanar del túnel a esa velocidad impensable, el público estalló en gritos de sorpresa. La anciana giró la cabeza para otearle por encima del hombro y aceleró el paso. Inútil.
El chico la alcanzó deprisa. Se abalanzó sobre su espalda con un bramido y, sin dudas, le abrió el cuello con el cuchillo tal y como papá le había dicho que hiciera.
Saltó después y una tranquilidad extraña le inundó. Caminó sin prisa hasta la línea de meta dejando un rastro de sangre ajena que goteaba de sus propias manos. Esas manos pequeñas, inocentes, de dedos blandos y líneas apenas marcadas. Esas manos que antes temblaban nerviosas y ahora se mantenían serenas.
Dejó caer el cuchillo al suelo. Los berridos de la gente le impedían pensar con claridad, pero descubrió terror dentro de sí. No por lo que había hecho, si no por lo que iba a pasar. Mamá y papá y su hermana serían felices. Incluso él sería feliz. La probabilidad de que les volviera a tocar bajaría y nunca jamás ninguno tendría que pisar ese túnel tan horrible, tan oscuro… pero ya no era lo mismo.
Cuando llegó a la meta, otra reportera se acercó a él, que no apartaba los ojos del suelo, pensativo.
-¡Menudo giro de acontecimientos! – dijo, poniéndole la mano en el hombro. No se inmutó – Cuando todo estaba perdido, o ganado, depende de cómo lo miremos, la situación ha dado uno de los giros más inesperados vistos en esta carrera – miró al niño – Has llegado a Plain City, pequeñín. Felicidades. Dime, ¿qué ha pasado en el túnel?
-No pudo matarme. Me dejó atrapado, pero me solté y corrí.
-¿Corriste como un perro? –. El chico asintió - ¿Y no tenías miedo? –. Volvió a asentir - ¿Qué te hizo aunar fuerzas? ¿Tu familia, quizás? ¿Tu hermanita?
El niño levantó la vista a la cámara.
-No. Simplemente, comprendí. Lo comprendí todo.
Los ojos del niño se vieron en todas las pantallas de todas las televisiones de todo el país. Resultaron ser distintos a los que habían visto horas antes.  


***

Esta historia pertenece a una serie de relatos de uno de los proyectos de Reivindicando Blogger, en este caso, #ViajesLiterarios. Para completar el recorrido, aquí está The Crazy Writer, el blog donde está publicado el relato del siguiente participante, que empieza en el lugar donde éste termina; y para leer la historia que lleva al Hospital de Todos los Bienvenidos, sólo tienes que ir al blog Huellas en la Neblina.
Dejo aquí también un enlace a la lista de participantes.
Una vez más, muchísimas gracias a todos los que leáis este relato ^^ Espero que os haya gustado y vuestros comentarios. ¡Un abrazo!

16 sept 2015

[Sangra, amor 2] - Los iguales

Llegamos a mi casa a trompicones. Marte no me deja un instante para respirar, atrapándome con sus manos, que recorren mi cuerpo sin pudor, y sus besos ardientes. Muerde mis labios, mi mandíbula, mi nuez. Antes pensaba en ella como una leona, ahora sé que es incluso más feroz: es humana. Cuando cierro los ojos para responder a sus besos, imagino la sangre que empapa su cuerpo fuerte deslizándose por mis manos.
Saco las llaves del bolsillo mientras ella devora mi boca, abro la puerta, la arrastro conmigo al interior. Aquí va a ser mía porque entre estas paredes se encuentra mi reino, el lugar donde puedo ser yo mismo.
Doy un paso adelante, su espalda choca con la puerta y la cierra. Desabrocho deprisa el botón de sus pantalones apretados, esos con los que ha salido del club justo a las tres. Ella afloja mi corbata y va abriendo mi camisa. Estoy a punto de meter la mano dentro de su ropa interior cuando me aparta de un empujón y se arrodilla frente a mí. En apenas segundos, tengo los pantalones por los tobillos y el calor de su boca envolviendo mi sexo.
Miro hacia abajo para toparme con la fiereza de su mirada, que desaparece cuando baja la vista al topar sus labios con mi pubis. Ella mueve la cabeza sin respirar, yo bajo la mano hasta su nuca y empujo con suavidad. Es ella la que me deja llegar a la profundidad de su garganta, pero me gusta pensar que lo hace por mí, porque mi mano dirige los movimientos de su cabeza.
No sé cuánto tiempo pasa, pero es la primera vez que una mujer me hace algo así durante tanto tiempo. Su respiración apenas son aspiraciones fuertes interrumpidas en largos silencios, para después soltar todo el aire de golpe y volverlo a tomar. Cuando se alza frente a mí de nuevo, jadea.
Me importa poco su cansancio, sin embargo. La levanto, atrapa mi cadera entre sus piernas, beso su boca hasta que estamos en mi cama. Desnudo deprisa su cuerpo, bajo a mordiscos por su torso, hundo los dientes en su muslo, su ingle, deslizo la lengua entre sus piernas. Una risa corta se escapa de su boca cuando me siente en su clítoris. Había ansiado con saborearla desde que imitó la escultura que le describí, y no me decepciona en absoluto, tampoco las reacciones de su cuerpo.
Atrapa mi pelo en sus manos, de cuando en cuando algún espasmo recorre sus piernas, arquea la espalda y me veo obligado a seguir sus movimientos sin parar de darle placer. Los gemidos salen de su garganta junto con gruñidos, llenan mis oídos, me guían por su sonido para cambiar la intensidad. Quiero llevarla al clímax y luego follarla hasta que me aburra, pero ella se aparta de mí de golpe.
Me yergo, apoyado en mis rodillas, pero ella me echa hacia atrás. Separa las piernas alrededor de mi cadera, baja deprisa, tanto que me pilla de sorpresa, también cuando empieza a moverse casi de inmediato.
Es casi como si bailara sobre mí, como si fuera su nueva barra. Sus caderas sacan de mí incontenibles gemidos, sus manos no se deciden entre tocar mi pecho o el suyo. Agarro sus muñecas, las dejo a los lados de mi cabeza, atrapo sus senos en mis manos. Nuestras voces se mezclan en el aire sin palabras, me noto arder, más aun cuando nuestras miradas chocan.
Llega al clímax de pronto. Su danza para un instante en la que se ve incapaz de controlar su cuerpo, y sus ojos no se apartan de los míos. Me observa como si me hubiera conquistado, como si en ese mismo instante fuera suyo completamente. Es Marte creyendo que ha ganado la batalla.
Cuando termina, vuelve a empezar, pero a mí no me hace falta saber más. Aprovecho el volumen de sus gemidos para meter una mano dentro del almohadón de mi cama y abrir un cúter. Espero unos segundos, embelesándome con la deidad más humana que he tenido en mi cama, con sus cabellos alborotados, el sudor entre sus pechos, el gesto de absoluto placer, la mirada fiera; y sintiendo todo el calor, la estrechez, la humedad. Me dejo arrastrar y ya puedo imaginarme su sangre caliente cayendo en mi rostro y mi pecho, ya estoy sacando la mano de debajo de la almohada dispuesto a matarla, cuando ella comienza a apretar mi cuello con fuerza. El cúter pasa a milímetros del suyo.
Un corte débil se marca en su piel segundos después mientras soy incapaz de respirar. Su pulgar y su índice están detrás de la curva de mi mandíbula, mi mano amenazante al lado de su yugular, un fino hilo de sangre cayendo por los músculos tensos de su cuello. Podría matarla ahora mismo, pero todo esto me sorprende tanto… Ella es un igual, el primer igual que encuentro.
Veo en sus ojos el mismo reconocimiento que siento yo, y aunque no me deja respirar todavía, espero que lo haga. Incluso diría lo intuyo.
-Baja el cúter y dejo de apretar – dice jadeante.
Obedezco. Sigue mis movimientos con la mirada, y en cuanto tengo el brazo apoyado en la cama, mueve la mano de mi cuello a mi muñeca, aferrándola con la misma fuerza contra la cama.
Tomo aire despacio para no estallar en toses, aunque pronto mi respiración se vuelve entrecortada. Marte agarra mis manos, las coloca sobre mi cabeza, y me monta hasta que me hace terminar. Acabo dentro de ella y cuando se levanta el líquido blanco cae por sus ingles hasta la cama.
-No te preocupes – dice, tumbándose sin cuidado a mi lado – Llevo un DIU.
-¿Corro al hospital para hacerme pruebas? – pregunto, todavía recuperándome del orgasmo y sintiendo mi voz ronca por el ahogo.
-¿Corro yo? – contesta. Niego con la cabeza y dice – Dime que tienes tabaco.
-No tenías pinta de fumar – digo mientras le indico con un gesto de cabeza el primer cajón de la mesilla que tiene al lado.
-Ni tú pinta de asesino – responde mientras saca la cajetilla – Y sólo fumo cuando mato.
-No me has matado.
-¿Seguro? – pregunta encendiendo el cigarrillo, recorriendo mi cuerpo con una mirada - ¿Sueles matar en tu casa?
-Para nada, pero insistías en venir y hacía tiempo que no encontraba a nadie tan digno como tú. Pásame la cajetilla.
-¿Y lo del cúter bajo la almohada?
-Hay que estar preparado para todo – contesto encendiendo el cigarrillo. Luego estiro el brazo hacia la mesilla y cojo un cenicero que dejo entre nuestros cuerpos.
-Nunca había encontrado a alguien como yo – comenta, sorprendida.
-Y yo pensaba que jamás lo encontraría. ¿Qué hacemos ahora?
-Yo quiero fumarme esto con tranquilidad, ¿y tú?
-Lo mismo.
-Después… - deja salir el humo de sus pulmones, perdiendo la vista en las formas que dibuja en el aire según se difumina – Después veo varias opciones: nos vamos cada uno por nuestro lado, empezamos algo juntos o nos enfrentamos hasta que uno muera.
-¿Qué idea te atrae más?
-He estado sola mucho tiempo, y quizás ahora alguien me comprenda. Podemos darnos una oportunidad, ¿no crees?
-Desde luego.
Dejo el cigarrillo en el cenicero, aparto el suyo un instante de sus labios, y me inclino sobre ella para besarla una vez más, en esta ocasión con menos fuerza. Después le devuelvo el tabaco y me llevo el mío hasta el baño.
-Sabes que todo esto terminará con uno de los dos bien muerto, ¿verdad? – le pregunto desde allí, mirándome al espejo. Necesito afeitarme.
-Lo sé, y no me importa. Asesinar significa ponerse en constante riesgo – la oigo levantarse y caminar hasta aquí. Se apoya en el marco de la puerta y me mira a través del reflejo – Sientes la muerte tantas veces entre tus manos que dejas de temerla.
-Y aun así, nunca te acostumbras.
-Y aun así, siempre quieres más. 

***

Bueno, antes de nada, gracias a los que leéis esta historia ^^ Me está gustando mucho escribirla, es muy divertido, y aunque no todos comentéis por el blog, recibir vuestras impresiones por privado es estupendo.
Ahora, me gustaría añadir que esta historia está en parte inspirada por un relato del blog "Stop! It's tea time" titulado "Love". Os dejo link AQUÍ si os pica la curiosidad.
Dicho esto, espero que la segunda parte os haya gustado. Aún quedan muchas por llegar.
¡Un abrazo!