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9 mar 2019

Será entonces cuando no hará falta gritar

But I'm A Nice Guy de Scott Benson, en Vimeo.

Yo sé de adolescentes con un ladrillo en la mano en lugar de una muñeca
y niñas que blanden su muñeca rubia como si fuera una espada
y mujeres que con un giro de muñeca te cruzan la cara.

He sabido de mi abuela y sus sacrificios y de cómo se desvivió por sus hijos
y de mi madre y sus hermanas que dejaron sus estudios atrás para trabajar
y alguien podría mirarme decir: "¡eso es bueno! ¡Hicieron cuanto quisieron!",
pero no saben, no entienden lo que yo: que trabajaron para sostener a una familia
y para que sus hermanos varones tuvieran lo que a ellas se les negó:
una carrera, un máster, un grado superior,
un mejor futuro, un mejor salario, un hogar mejor,
más respeto, menos preocupaciones,
y aún con esas se olvidan del cumpleaños de mi madre
año tras año se olvidan y el teléfono no suena
y de sus hermanas no sé
pero me temo que también.

Si voy a mi estantería hay más hombres que mujeres, lo mismo que si voy a una librería.
En mis estudios - pagados por mi madre, que me ha criado sola - las mujeres escasean
no porque no hayan escrito: hay miles de poetisas, de pensadoras, de novelistas,
- humildemente me incluyo -
pero son proscritas y se las ha reescrito hacia el olvido,
porque recordarlas significa un esfuerzo que pocos están dispuestos a realizar
porque reconocerlas provoca malas caras, peores gestos y palabras:
"¡Eh! Existieron, ¿lo sabíais? Escribieron, tuvieron voz, no se la quitemos",
pero arrugan su ceño ya de antes hundido ante tu mera presencia y dicen:
"¿Es que acaso hemos de fijarnos en el género?
¿Las mujeres escriben distinto en cuanto a estilo?
No discrimines positivamente aunque yo te discrimine ahora mismo
negativamente".

Y así en un estudio tras otro, en miles de hogares, el conocimiento plagado
por una ausencia de lo femenino
no porque a nosotras no nos importe
no porque no sea nuestro campo
si no porque nos silencian, si hace falta, a escupitajos.

Pero resulta que también sé de esas muchachas que levantan la mano durante las clases
y comienzan la frase con un "perdón" innecesario
y se justifican mil veces mientras tienen a Minerva en la lengua y la garganta
como sus madres y abuelas, como sus tías y hermanas,
como cada una de sus amigas y todas las compañeras
que han pisado y pisarán la calle, las voces como las manos alzadas,
un grito común que desgarra las cuerdas vocales y en el que a ratos se siente la rabia,
que resuena y hace daño en el tímpano, como en otras ocasiones se siente la pena,
que atora la voz propia y trae lágrimas también de emoción, ¡de emoción!,
porque somos tantas - más que nunca me atrevería a decir - desde hace tantos siglos
y a la vez, faltan tantísimas
muertas
tiradas
asesinadas
violadas
olvidadas en un arcén
encerradas en sus casas
por vosotras gritamos y cantamos y se nos desborda esta sangre:
sale roja entre mis piernas, brota desde otras venas, se vuelve morada en vuestros pelos,
en vuestros pañuelos, en las fuentes: una mujer levanta a su hija hasta los hombros
y la niña observa la marea violeta que grita también por ella.

Cuando nazca la primera mujer que nunca se plantee su lugar por ser mujer
cuando no le haga falta pensarse dos veces la ropa con la que saldrá
cuando no vea las noticias temiendo que aumente la cifra de mujeres asesinadas
junto a la cifra de manadas;
cuando las calles sean tan nuestras como de otro
cuando no aguantemos sobre nuestros hombros el peso de un techo transparente
cuando el cuerpo que tenga esa mujer del futuro,
sea de la forma y el tono que sea,
no suponga vergüenza ni un objeto de discusión pública,
sino un bien privado, para ella y sólo para ella;
cuando todos los reclamos con los que perdemos la voz por decisión propia
para retomarla luego en miles de debates, discusiones y enseñanzas,
sean cosa de documentales, de relatos,
historias de abuelas que bajo su piel frágil fueron de diamante
y que guardan en los pliegues de sus arrugas la historia del mundo:
ese día, y no antes, habremos conseguido ser, al fin, del todo válidas,
del todo humanas,
del todo respetadas
ante todos lo que aún se atreven
a negarnos.

26 feb 2019

Canto a Nora Helmer



La pequeña y perfecta niña tenía las coletas tensas y rubias, una voz aguda que a todos gustaba, una sonrisa grande porque papá le tenía prohibido llorar. La pequeña y perfecta niña no se comía los mocos ni se arrancaba las pestañas y desde luego no le decía a otros niños que el Ratoncito Pérez no existe. La pequeña y perfecta niña era otra niña, no ella. Esa otra niña, tan rubia y modosita, no habría deshecho el pelo trenzado con cariño por su madre la mañana de la foto oficial del curso, y aparecería en ella ahora, impresa sobre papel, colocada en el salón junto a otro puñado de fotos de sí misma que mostraba su crecimiento, con las trenzas hechas y los ojos llenos, llenísimos de pestañas, y una sonrisa que levanta por igual sus dos mejillas. Pero ella tendía a lo asimétrico, a lo hueco, a los vértices.

Durante la adolescencia se podría haber llevado mejor con su familia. Si hubiese sido de otro modo, le habrían encantado la playa y los viajes en coche de ocho horas, porque no se marearía y se pasaría todas esas horas pegada a la pantalla de consola o con el libro de turno entre las manos. Los errores de los demás no le habrían impedido amarles y su estabilidad emocional se mantendría intacta y entonces todos la querrían y nadie la habría llamado retorcida cuando tenía, ¿cuántos decís? Ah, quince. Quince años y ya retorcida. Así era ella.

Se lo creyó con fuerza y la empezaron a llamar Master of Puppets con cierto recochineo dentro del cariño y la admiración, algunas veces incluso con reproche, y ella en un principio dijo: "¡Sí! ¡Sí! ¡Lo soy!", hasta que descubrió al mirar hacia arriba que se había atascado y enrollado en sus propios hilos, que le apretaban el cuello y le enrojecían el rostro y aún así tenía que seguir moviéndolos para que el resto, ¡el resto y no ella!, sonrieran.

Tuvo que aprender a desenrollarse, a entender la naturaleza y el arte del entretejer y así descubrir por dónde se podía resolver mejor el nudo - ya había practicado años antes con un juguete de esos para niños listos, que consistía en hacer a propósito un nudo dentro de un cubo que no se podía abrir para luego desatarlo desde fuera. No pregunten más al respecto, es complejísimo explicarlo de forma literaria, mis disculpas -. Tensó unas cuerdas y rompió otras hasta desenvolverse en una caída hacia el vacío y directa contra el suelo. ¡Quién le iba a decir a ella que los hilos entonces vendrían de otra parte! ¡Quién tendría el valor de advertirle que ya no serían los de la manipulación, sino una serie de cuerdas que ella misma se puso para no sobrepasarse!

Y ahora que decide romperlas, que se busca hacia un lugar donde respirar sin gargantillas, que se le descubre la posibilidad de observar sus nudos de bondage, tendrían que haberla visto tan mujer ya, tan adulta, oh tan sexy y seductora - ¡a follar, a follar! Como cerdos y llamándola guarra, que se lo cree, se cree de veras que no vale más que la asfixia que merece, dios qué mojada se pone la muy -, y se da cuenta de que no merece la pena, de que hay otros modos y no necesita esas cuerdas que ella misma, ¡ella sola buscando seducir y mantener!, se ha puesto.

Hacía años, esta niña odiosa, esta adolescente rebuscada, esta mujer mancillada, escribió algo sobre despegar, sobre tener alas. Ahora descubre que nunca las tuvo ni las tendrá y que pide el encuentro de dos líneas paralelas: en el infinito, sí, un lugar inalcanzable. ¡Alas, para que os quiero, si tengo pies para correr!

Estira y estira y se le abre la piel en mil estrías y al final las cuerdas se rompen y jadea y llora. "¡Mala, mala!", le gritan de fondo. Se lo cree, como siempre, pero no como siempre: ahora sólo un rato, ahora sólo un poco. Ni mala ni buena. Ni diosa ni súcubo. Ni reina ni esclava. Mujer que camina con caderas anchas y vello en axilas y piernas. Mujer sin camino ni alas en la espalda ni necesidad de volar. Caminante no hay camino se hace camino se hace camino al andar y camino tú me llamas y yo voy y me niegas que me vuelva y te sigo por el suelo como una briza de hierba: toma este vals que se muere en mis brazos y no, no, no me lo devuelvas, que mi cintura se quiebra, que se me dislocan los tobillos y se me salen los fémures de la cadera y así no hay quien camine, ¡no hay quien pueda!

Así se marcha la mujer nueva. Mírense a sí mismos antes de arrojarle la primera piedra.

24 ene 2019

Palos de ciego


Has sido una chica mala.
Has sido una chica muy, muy mala.

Podrías haberte contenido, haberte silenciado:
tú misma sabes
cómo amordazarte,
demasiados años de práctica
demasiadas ocasiones,
hostias, si aún lo haces,
hija de mil hienas,
triste escoria:
te aprietas el cuello y se te calienta el vientre.

Pero hablaste e hiciste,
hiciste antes de hablar,
hiciste deprisa
hablaste despacio,
creyendo saber pero nunca sabes
aún no sabes
ni quién eres.

(Te dice un profesor, un maestro,
que lo importante no es quién eres,
sino qué haces,
pero si aceptas esa narrativa
no eres más entonces
que lo peor
lo peor
lo peor que ha caminado
sobre esta Tierra).

Y ahora, ¿qué estás haciendo?
Palos de ciego
un día esto y al siguiente aquello.

Rompes corazones.
Los haces añicos.
Te vas odiándote
te vas sin irte
como si así ayudaras.

Rompes corazones:
los pedazos te los clavas
y te llamas mártir.

Dentro de un mes, una semana, un día,
nos veremos.

Dentro de un mes me cuentas
a quién has hecho daño.

5 jun 2018

Radiografía


No os equivoquéis conmigo: soy más feliz de lo que aparento cuando hablo sin tapujos de mi depresión, y me hundo entre las horas vacías aunque haga reír con cada broma sobre arrojarme a las vías - a veces, se me ocurre, me pienso, veo mi piel esparcida y rota en las vías, quiero que la gente grite y cien bocas en la estación se abren con sorpresa en plena hora punta cuando salto, como mucho diez brazos se estiran hacia mí para agarrarme, pero es tarde, tan tarde, yo que no sé golpear los muros habré saltado por última vez con la intención de no volver a sentir estos moratones que nadie ve, estas quemaduras en mis órganos y ojalá abrasarme con el alcohol en las noches de fiesta que mi cuerpo joven necesita, las noches de fiesta en las que ella corre hacia mí y recuerdo todas las veces que ha corrido hacia mí, todas las chicas que he besado aunque sólo de ella quedó el tacto, y la abrazo y me agito y bailamos aunque nunca he sabido bailar, y ojalá, decía, ojalá abrasarme los intestinos con alcohol y que el mareo no me importara, pero soy incapaz, lo siento, siempre incapaz de salir de mí misma, siempre conviviendo conmigo misma, mis sesos aplastándose contra el hueso frontal para resquebrajarlo y esparcirse desde mi frente y por fin salir de este esqueleto que jamás podrá contenerme pero me contiene, porque yo soy la hija salvaje de Walt Whitman y por tanto soy inmensa y contengo multitudes, y los sesos brotan de mi frente entre estas cejas que he aprendido a amar, brota la sangre, el hueso abierto, mientras en mi rostro se dibuja el éxtasis de Santa Teresa.

Pero no os equivoquéis conmigo: no quiero morir. Por primera vez, no quiero morir. En este pulso constante que en ocasiones pierdo pero siempre retomo he conseguido aguantar lo suficiente con mis brazos delgados para agotar a mi contrincante, y no lo venzo, creedme, no lo venzo, pero hay un equilibrio más perfecto entre su fuerza en la mía, su fuerza que me insiste en lo de arrojarme a la vía y la mía que se mantiene en el andén e incluso tiene miedo, mis constantes paranoias, de que algún loco me empuje. Hay muchas cosas que hacer ahora que la vida está llena de brisas que acarician la piel, demasiadas personas con la que hablar y a las que tocar y sobre las que apoyar un rato la cabeza - recuerdo, entonces, aquella vez en un autocar cuando la química era irresistible y se acababan las clases y pasamos de hablar a mantenernos en silencio, mi cabeza en aquel hombro y sus dedos entrelazados con los míos y no deberíamos, pero podíamos, y pasamos así la última hora que nos vimos pese a jurarnos que seguiríamos hablando en verano, que no acabaría ahí, aunque acabó ahí. Espinitas clavadas, las llaman, en este esternón que parece ya el tallo de una rosa, obviamente, siempre las rosas. Bajo mi piel brotan las flores que he cultivado rompiendo el espejo de la falsedad, agarrando el pedazo afilado de las ganas de vivir, pese a todo, ganas de vivir, abriéndome los músculos para escarbar hasta dar con los tallos y los pétalos y sacarlos, tirar de ellos entre gritos y lágrimas - la psicóloga sólo me ha abrazado dos veces - hasta volverme la versión de mí que puedo ver entre las grietas de mi nuevo espejo, donde he encajado el pedazo ensangrentado, los coágulos oscuros mejor pegamento que cualquiera que podáis comprar jamás por irresistibles ofertas, sabré yo, que me he vuelto a despedazar para darles esos coágulos a gente más rota de lo que jamás estaré yo.

Y no os equivoquéis conmigo: no fue por santidad o altruismo, esta Santa Teresa es la más egoísta que jamás conoceréis. Hundo mis uñas que no arañan entre mis pechos y estiro la piel hasta romperla y me lleno de heridas las manos al pasarlas cerca de mi esternón espinado para sacar este corazón de diamante que pretende ser de cristal, o quizás sea al revés, y se lo ofrezco a la gente para que me amen, dios, amadme por favor, haré todo por vosotros para que me améis, amad a esta muchacha que teme y teme y teme y abrazad este cuerpo perfecto por fuera, sentid entre vuestros brazos el calor abrasivo que surge de mi pecho y mi estómago y a la vez el frío de mis manos, dejad que el mar salado de mis lágrimas os empape y se cuele por vuestros poros y llorad conmigo cuando entendáis que lo hago sin querer, que este altruismo del que gozáis no es más que mis ganas de amar y ser amada, que soy una enamorada del amor, de todos los tipos de amor, que podréis sentir la forma ancha de estas caderas fértiles pese a todo y a la vez apoyar la cabeza en mi pecho como un niño que necesita consuelo. Madre, amiga, amante, no importa. Lo que necesitéis, de verdad, eso digo, mientras sé que no podré ser nunca la exactitud de lo que todo el mundo necesita porque mi forma es la que es, soy la que soy, y nadie más.

Una última vez os pido que no os equivoquéis conmigo: pese a todo, siempre pese a todo, soy aquella que corre bajo las tormentas de verano sin esperar que un rayo termine de por matarla, soy la que en los sueños lúcidos decide volar por encima de todo, soy la que os sacará sonrisas porque sabe cómo sacárselas a sí misma, la que encontraréis venciendo una y otra vez el miedo pese a todo, siempre pese a todo. Soy una mujer de otoño que observa con lástima cómo caen las hojas pero sabe disfrutar de los tonos cálidos y de llevar una chaqueta encima del vestido de verano, una mujer de otoño que sabe que las épocas cálidas volverán, y mantengo el buen ánimo durante el invierno pese a todo, siempre pese a todo. Todo lo que está roto en mí - qué coño fue aquel beso, por qué tuviste que dármelo, por qué me dejaste sola en aquella fiesta, y de niña era asquerosa para tanta gente pero supongo que no para ti, ¿verdad?, para ti no. Ojalá te hubiera resultado asquerosa, sería más fácil hablar de eso, la soledad me ha acompañado desde que nací, la muerte siempre a mi lado porque no quise llorar y casi me ahogo, niña de mirada fija y hundida en sus dibujos, niña mancillada -, todo lo que está roto en mí - y tú a quien ahora amo porque he podido desaprenderte por qué tuviste que arrastrarme como un mueble, sé que no había otra opción pero me sentí un objeto durante mucho tiempo, lloraba sola en las noches y por las mañanas te sonreía, excepto aquella mañana, ¿recuerdas? Sobre todo lloré cuando vi mi carta en la basura, y entiendo que no quisieras quedártela, pero joder, joder, me costó muchísimo, no la tires por favor guárdala en una caja oscura que jamás volverás a abrir pero no la tires, aún me entran ganas de llorar cuando recuerdo que la tiraste -, todo lo que está roto en mí se ha llenado de pétalos y enredaderas, de tallos y fruto, he crecido para convertirme en árbol naciente y estiro los dedos hacia el cielo como si pudiera tocar el universo, y me arrodillo sobre estos asfaltos y se me manchan los dedos al tocarlos pero siento bajo ellos el palpitar la tierra, y truena la tormenta de verano y la ropa se empapa y sonrío, sí, sonrío pese a todo, siempre pese a todo. 

1 jun 2018

Por qué odio el invierno


A mí también me aplasta el verano contra el sofá:
el calor se tumba, pesado, sobre mí, y cuando salgo a la calle también el sol decide fundirme la piel a base de abrazarse a mí aunque lo rechace.
Claro que luchar contra el termómetro se vuelve imposible, que los helados y la ropa ligera se quedan escasos, que las piscinas nunca fueron de mi agrado y el mar, ah, el mar amado, me provoca tal respeto que sólo con verlo de cerca me encojo.
Pero Dios, cuando llega septiembre, cuando veo el atardecer cayendo cada vez más pronto, arrancándome la luz aunque la garre, impasible ante mi petición de cinco minutos más, por favor, sólo cinco minutos más.
Cuando salgo en pantalón corto y llego a casa con las piernas frías, y a la noche otra vez acudo a las chaquetas, y ya no me vale con dejarme caer sobre la cama sino que tengo que abrirme paso entre las sábanas.
Cuando eso pasa, siento el invierno echándome de las calles hacia casa. Me imagino tiritando bajo las mantas al acostarme, demasiado caliente al despertar, el pasillo hacia la cocina un glaciar que rechaza mi piel tibia que se pone primero roja y luego azul en la calle, roja de nuevo en el metro, las uñas moradas en clase.
El invierno de manta y peli, de familia a la que no sé mirar a los ojos, de no querer salir de casa, de lugares abarrotados, de ropa sobre ropa y nunca es suficiente porque el frío aún se cuela hacia dentro, hacia dentro.
Pero no os confundáis: no soy una mujer de verano. Nací en otoño, camino a.
Es sólo que en el tedio estival, con sus días estirados a lo ancho como cualquiera sobre el sofá, puedo olvidarme de esos árboles pelados del invierno que tanto hablan sobre mí.

24 may 2017

Rendidos


Que alguien grite que ya está,
que nos rendimos.
Alguno de nosotros, ahora,
bien alto: nos rendimos.

Que no basta con nuestra piel
contra la pared, tiras de dermis
ahí, en la acera, en las vallas,
en un paso de cebra.

Que no es suficiente la ira
ni la risa para cubrirla,
ni el hastío que quiebra
estas espaldas desesperadas.

Que está bien, no valemos,
nunca lo haremos,
no hay luz si nacimos
para soplar las velas.

Que haremos lo que podamos
con ese peso de los santos.
La historia es cíclica
y nos ha tocado ser Atlas.

Que nos arrojamos al suelo
a veneraros si hace falta,
somos el asfalto cuyos baches
son vértebras que sobresalen.

Que la oscuridad de una habitación
en la más cerrada de las noches
es la que verá el astronauta
al que ahora decís que no valdrá nada.

Que está bien, no lo entendemos,
no hemos sufrido, somos blandos,
y como un mártir se arroja otro más
por la ventana al no ver puertas.

Que si alguna llora en una esquina
por cualquier cosa tachada de tontería
es su culpa y sólo suya,
nada tiene que ver la odiosa lengua.

Que hemos aceptado que el humo
nos llenara hasta la pupila,
y no podemos sino refugiarnos
en el resplandor de una pantalla.

Que da igual, da exactamente lo mismo,
si ante la promesa de que al partirla
abrazaríamos al que responde al otro lado,
lanzaríamos el puño dispuestos a sangrar.

Que vivimos llenos de sanguijuelas,
que caminamos como ánimas
desde que al dar los primeros pasos
nos decís que no tan rápido.


Que está bien, de verdad,
es una promesa: nos hemos rendido,
alguien lo grita desde el vacío
y  ni con esas os entra hasta el tímpano.

3 mar 2017

Amapolas


El borrón del espejo se ha vuelto claro tras limpiar el vaho cientos de veces y pringarlo con las amapolas. Han surgido en mis brazos, raíces y tallos rojos bajo la dermis.

Me descubro llena de rocas afiladas, el mar chocando contra mis huesos desde antes de nacer, mi pecho apenas un esternón marcado y unas pocas costillas que intentan abrazarme.

Las constelaciones y nebulosas de mis muslos se aferran al músculo para que la negrura a mi espalda no se las lleve.

Lo arrastra todo, todo. Un mundo deformado por esa gravedad que tienta como un macho cabrío entre dunas.

Hundo los dedos en los pétalos muertos de mis amapolas y acepto la mugre de los pies también en mis rodillas.

Al cerrar los puños mi esqueleto crece y resquebraja la piel, miles de estrías que retuercen los labios en una mueca. Tengo rotos los colmillos.


7 nov 2016

Intercambio


Tú, que has nacido cerca del mar de invierno, revuelto y poderoso ante las tormentas, oscuro, capaz de tragarse hasta al más experimentado de los marineros; enséñame qué hacer cuando el oleaje me brota en el cráneo y me agita las piernas, cuando se extiende bajo mi piel y choca contra las piedras afiladas que intentan retenerlo. Dime cómo hago para que no me arrase por dentro, cómo puedo dejarlo salir sin que devaste también cada centímetro a mi alrededor. Dime cómo ser el viento que aleje la tormenta, la luna que meza las aguas, y el marinero que vuelve a puerto, calado y vivo hasta los huesos.
A cambio yo, que he nacido en el otoño de la ciudad, dice mi madre que durante un día extrañamente caluroso, pero otoñal al fin y al cabo, te prometo que sabré decirte qué hacer cuando las hojas se te desprendan y tirites ante las ráfagas de aire frío, los brazos ramas que se quedan desnudas y parecen pegaditas al tronco, temerosas. Te diré la manera de enfrentarte a la lluvia que resbale por las mejillas de tu corteza, cómo recuperar a los pájaros que se fueron del nido o rellenar el hueco de tu tronco, ahí, en tu pecho, de nuevo. Al final podrás abrir tus brotes a ese sol que siempre vuelve y sentir el calor que creías perdido.

13 ene 2016

Escarpado


La olas rompen frente a un acantilado.
El acantilado se rompe frente a las olas.

No me importa quién sea el mar, no me importa quién sea la roca.
Quizás estamos al borde del acantilado, quizás a la deriva en el agua.

¿Reímos? No lo sé. Dime tú si lo hacemos.
¿Nos rompemos? Una y otra vez, sin parar.

Rompemos a reír, rompemos a llorar.
Nos rompemos el uno al otro con confianza.

¿Me dejas romperme ante ti? Algo así dijiste, pero,
¿puedo reír a carcajadas y llorar a gritos sin preocuparme?

Últimamente quiero ser honesta y resquebrajarme frente a alguien.
Lo hago frente al espejo porque hay cosas que no pueden salir de aquí.

Pero, ¿puedes romperte frente a mí?
Hay algo que implora por un momento así.

Quizás si te rompes tú, me anime yo también.
Es probable que pienses eso mismo con otras palabras.

No sé si soy la roca afilada tras años aguantando el choque de las olas,
o esas olas que buscan romper la roca para romperse ellas también.

Probablemente sea ambas al mismo tiempo, sea este paisaje.
Probablemente lo seamos los dos.

Por eso no me importa, en realidad, aunque me lo pregunte.
Sólo quiero que nos rompamos todavía un poco más.

Así, quizás las olas rompan el acantilado,
y sus rocas, al caer, formen un lago donde nada se rompe.

17 ene 2014

Diecisiete de Enero - Trichos-trylos-mania.

A todas mis pestañas perdidas,
y a mis ojos,
os debo un disculpa.
Siento tener esta extraña manía,
y arrancaros.
Siento que tengáis que crecer
una y otra vez
cuando os he quitado.
Lo siento por mi ojo izquierdo,
el que más sufre,
y también por el derecho.
Me gustaría poder controlarlo,
y lo intento,
pero es muy complicado.
Pero sabéis que es a temporadas,
que en un mes
estaréis perfectos;
aunque igualmente lo siento.
Y ahora es un propósito no haceros
lo mismo
otra vez más.
Ahora es un propósito que esas
pestañas aguanten
y que crezcan las nuevas
y no quitar ninguna más.
Y espero que la manía no aparezca,
de nuevo,
para arrastrarme
y llevaros consigo.
Mientras tanto, una vez más,
os pido perdón,
y ruego que crezcáis deprisa.
Tenéis una dueña rara,
pero que, bueno,
al menos, lo intenta.

10 ene 2014

Diez de Enero - Mierda pa ti.

Qué hostiazos me pegas, realidad. Y qué bonita eres.
Qué manera tienes de alzarme y tirarme.
Qué forma de arrastrarme por tierra y luego sanarme.

Ira, comprensión y tristeza arremolinándose dentro.
Una espiral de subnormalidad profunda
con la que podría acabar en menos de un segundo.


Pero, ¿sabes? Ahora estoy molesta. Lo estoy.
Yo, la que nunca se molesta.
Yo, la que sirve de depuradora de aguas fecales.

¿El motivo? Absurdo, lo sé. Pero me toca la moral.
Estaba ilusionada, maldita sea. Lo estaba.
Quería pasar un tiempo mejor que el resto del mismo.

Y ahora estoy aquí pasando un tiempo normal,
o incluso peor que el resto.
Qué divertido. Qué gracioso. Mira cómo me parto.

Mira cómo me rompo. Cómo con un roce
se abren grietas en la porcelana.
¿Eh? Sí, claro que exagero. Siempre lo hago.

Y además te atreverás a reír, a decir que no lo haga.
Que tampoco es para tanto.
Lo peor es que tienes razón, pero me seguirá molestando.

Te quejarás. Te quejarás de que me haya molestado.
Luego, más tarde, lo harás.
Pero estaré bien. Ya habré soltado lo mío en otra parte.

Queridos lectores, cuánta gilipollez aguantáis.
Cuánta tontería por mi parte.
Pero a veces, y disculpadme, a veces me canso.

A veces decido tirar un poco las armas al suelo,
y me hago el hara-kiri un rato,
y me abofeteo para no autocompadecerme.

Y en realidad no es la realidad la que pega hostiazos.
Soy yo misma, a mí misma.
Espabila, despierta. Todo estará bien en un rato.


Lo suficientemente bien como para seguir depurando.